LAGUNA DE VOCES
Fue justo cuando un diminuto rayo de sol se coló por una rendija de los postigos de la ventana que da a la calle, cuando el abuelo Aureliano se dio cuenta que un muerto se había colgado de sus espaldas. Apenas una fracción de segundo, un espacio tan pequeño que no pudo hacer nada, dijo a su hermana Eduviges, al tiempo que lamentaba una y otra vez, no haber hecho caso a su madre, que siempre le dijo tuviera cuidado cuando amaneciera todo soleado en un pueblo donde rara vez escampaba, luego de lluvias interminables. Mañana, tarde y noche, no dejaban de escucharse las chorreras que caían de los tejados de teja color ladrillo. Así que siempre pensó que eran bastante inútiles las advertencias, porque en días nublados que parecían eternos, ni sol, ni rayos, ni difuntos que quisieran meterse a las casas.
Pero de seguro el difunto espiaba su casa, hacía gala de paciencia, porque estaba decidido que alguien de su familia pagara por haber muerto tan joven, en un pueblo donde muy de vez en cuando todos se espantaban cuando amanecía el cuerpo frío y morado del victimado. Había pasado casi un siglo cuando vio la oportunidad en el niño, tataranieto del que lo había mandado al otro mundo una noche que regresaba de ver a la mujer más hermosa que haya existido en esas tierras. Todavía le dijo que pelearan en igualdad de condiciones, así que dejó que sacara su arma, un revólver viejo pero que mataba, de eso estaba seguro.
Ocurrió que se tropezó con una piedra, igual que la canción, y se fue de cabeza contra el filo de un escalón. Y ahí quedó, con los ojos fijos en el rostro de su enemigo, pero hasta eso que lo perdonó, porque no había sido su culpa.
Todo cambió cuando se dio cuenta que no había visto ni luz, ni túnel, ni nada. Seguía con alma en pena por todas las calles sin que nadie lo viera, sin que nadie se diera cuenta de que su cuerpo, enterrado en el panteón municipal, ya hasta polvo era, pero él no se podía ir a ninguna parte. Y nada más de pensar que ese penar era por tiempo eterno, empezó a pedir piedad por algo que nunca había hecho, porque ya hasta su enemigo había muerto y completo, sin estas cosas de ser ánima trabada entre vivos. La mujer hermosa era un recuerdo lejano, lejanísimo.
Hasta que le contaron que, si lograba agarrarse del primer rayo de sol, en una de esas escasas mañanas soleadas de estas tierras, y lograba pasar entre los postigos de la ventana de una casa, y se topaba con una persona madrugadora, entonces tenía asegurado su pase al más allá, donde van a descansar los que se mueren.
No sabía que habría de consumar su venganza en un tataranieto de su enemigo, y por eso, despreocupado y sin temor alguno, se colgó de ese rayo brillantísimo, deslumbrante, el indicado para devolver al eterno descanso a quien nunca lo había tenido.
Debía ser la sombra del pobre mortal que se cruzara en su camino, y en eso se convirtió. No dejó a Aureliano durante los siguientes cinco años. Vio que se hacía flaco como un esqueleto, que sus parientes lloraban, nada más de pensar que iba a morir a causa del hombre ya casi sin piel que traía colgado de la espalda.
El hecho es que día que pasaba, sentía más cercana la posibilidad de abandonar este purgatorio, o lo que fuera, y ver en cualquier momento la luz cegadora que lo atraería para dejar estas tierras de Dios, pero también de nadie.
Luego se le dobló el corazón, cuando vio que el pobre hombre lloraba día y noche, que se despedía de sus tres hijos, dos niñas y un varoncito, a los que encargaba a su mamá, y que estuvieran listos para no permitir que se quedara hasta la eternidad en espera de un rayo y otro como él para seguir una venganza sin sentido.
Y ahí, justo ahí, en esa hora y en ese lugar, dijo que nada más hermoso que un sol brillante, alegre; que nunca culparan a ese bonachón personaje del cielo, porque no era culpa de él que un difunto se colgara de un rayo para fastidiar a una persona, a él, que ya se iba.
Sucedió entonces que la noche se iluminó de repente, que las estrellas aparecieron y que el pobre difunto que llevaba a sus espaldas, bajó con parsimonia, con alegría y se encaminó a una luz brillantísimo, no sin antes pedir disculpas por todas las molestias causadas.
Aureliano pudo respirar, llenar los pulmones, y decirle gracias al difuntito, porque después de todo se había portado bien, legal como pocos.
Mil gracias, hasta mañana.




