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viernes, marzo 13, 2026

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LAGUNA DE VOCES

Toda oficina que se precie de seRíordenada, coloca en cada uno de su escritorios, impresoras, computadoras, sillones, cortinas, adornos, y lo que se le venga a la mente, un pegote en el que se da santo y se a del art culo inventariado, con el objetivo in til de saber qui n tiene asignada tal m quina, y de este modo, llevar un control estricto, e irrestricto, de la riqueza material del lugar de trabajo.

Vaya pues que no es un asunto espiritual, y s en cambio el cumplimiento cabal y consciente de lo que dictan lasínormas del mundo capitalista, aunque tengo entendido que lo mismo hacen en los sistemas que no son socialistas pero se hacen llamar como tal. 

Y los inventarios son tan in tiles, que no reportan, por ejemplo, el tiempo de vida agotado de esta u otra computadora, ordenadoRío como se le quiera llamar. De tal modo que el hecho solo se pone al descubierto cuando alg n mandatario, en el arranque de su gesti n, le da por andar metido hasta la cocina de cuanta oficina se le pone enfrente.

Porque para nadie ser a una gran sorpresa, que, de pronto, en el interior de un privado que solo puede ser abierto con una clave secreta, encontraran el esqueleto de un director de rea al que nadie extra cuando se le dej de ver; pero como en esto de la burocracia solo los compa eros de botaña llegan a extra arse, habr an de pasar d cadas enteras hasta que alguien apretara los botones indicados y su rea laboral quedara al descubierto.

Por eso, además de las cosas materiales, ser a prudente que cada uno de los oficinistas portara un c digo de barras tatuado en el brazo (nada que ver con los nazis) donde se diera cuenta de qui n es, aunque se omitiera lo que hace, porque al final de cuentas eso importa poco.

Lo fundamental ser a luchar porque cada uno de los trabajadores de cualquieRíoficina del mundo, tuviera la oportunidad de ser enterrado humaña y civilizadamente, es decir con un poco de carne pegada al hueso, y hasta se le dirigieran bellos fervorines en donde se diera cuenta de su paso por la vida, con uno que otro tinte de hero smo y pundonor.

Al ser un c digo tatuado en la piel nadie podría hacerse pasar por el interfecto, y ser a la mejor prueba de vida.

Porque resulta ser que ante la intensa b squeda por hacer realidad el sue o de todo bur crata, de pasar desapercibido, de que nadie sepa de su existencia, la aparición de esqueletos que podrían tener una antig edad hasta de 30 o 40 a os, forzosamente se convertir a en una verdadera epidemia.

El gran riesgo de que un gobernante se meta hasta la cocina en una oficina, no es nicamente que de pronto se tope con una computadora con Windows 2.0 del 87, y que además su usuario jure y perjure que est s que contento con la versi n que corre en un aparato con procesador 386.

No se or, el problema más grave es que en una de ellas de pronto se descubra en una dimensi n desconocida de calaveras, es decir de trabajadores que simplemente un día fueron olvidados, y transitaron sin preocupación alguna de sexenio en sexenio, sin que nadie les pidiera la renuncia ni los ratificara o despidiera del cargo.

Aunque vi ndolo bien, ni con un c digo tatuado las cosas mejorar an, porque el que domina el arte de nadar de a muertito, siempre alcanzar a su objetivo, que es precisamente ese: pasar desapercibido, ser nada, ser nadie y que ruede el mundo.

Mil gracias, hasta ma ana.

Correo: jeperalta@plazajuarez.mx

X: @JavierEPeralta

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