02 de noviembre, el año es 26

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RETRATOS HABLADOS

Cada uno de los muertos que conozco nos trae esperanza de que, en la vida que dejaron hace poco o mucho tiempo, nos vaya bien a los que permanecemos en ella. También de que hagamos todo lo posible para mantener la confianza, la certidumbre en cada una de las personas que amamos y nos aman, incluso también en quienes no conocemos de manera cercana, porque al final del día, lo sabemos, abordamos el mismo transporte con diferencia de años, a veces incluso meses o días. Y como tal, haremos el mismo trayecto, pararemos en similares poblados, aunque algunos bajaran antes, tal vez porque en este único espacio mágico que nos queda, y que es la muerte, cada quien tiene asuntos que cumplir antes de llegar al final del camino.

Por eso heredé con felicidad la creencia de mis padres, abuelos, hermanos, de que un día al año regresan físicamente a nuestra casa, porque el resto de los días del año están, de un modo u otro, para acompañarnos en esos momentos difíciles, complicados que nos presenta la existencia, y es por eso que logramos seguir en el camino luego que nos palmean la espalda, nos infunden la esperanza, esa que tanta falta hace siempre.

Pero todos los 2 de noviembre llegan, se sientan a la mesa de la familia y son capaces de platicar con cada uno de los que se quedaron tristes, pero ciertos, de que la vida, lo que llamamos vida, sigue su curso interminable.

Hoy hablamos de sus almas, esas que estamos seguros se anidan cerca del corazón, al que tantas labores amorosas le adjudicaron, hasta que las Ardillas de Navidad, ya próximo su arribo, confirmaron que a las personas que amamos, debemos decirles que las queremos no con todo el corazón, sino con todo el hígado, que además de filtrar las bebidas espirituosas con tanto esfuerzo, es el que sí resiente las buenas y malas emociones.

Pero es asunto de almas el de hoy, aunque siempre habré de creer que, de algún modo, hoy llegan completos y el alma ocupa el espacio más importante del cuerpo, porque es la luz que enciende la serie de foquitos que llevan cada ramificación nerviosa. Dirán que es el cerebro, pero ese también queda seco y sin funciones. No así el alma, que llega puntual, junto con nuestros difuntos, para platicar, ahí sí, alma con alma.

En mi casa, como en la de casi todos los habitantes de este país, colocamos las fotografías de nuestros difuntos, y uno los mira, les encuentra la mirada que nos heredaron, la confianza con que asumieron su partida, porque sabían, vaya si lo sabían, que nos volveríamos a ver.

Por supuesto la pregunta es constante, ¿qué pondrán en la ofrenda cuando ya no esté? 

Si he de ser sincero, espero que le den valor especial al pan, a las conchas de chocolate, un café que no sea instantáneo, porque es lo que más he disfrutado desde niño sin que me haya causado problemas de tristeza o remordimiento. Sí, que sea una buena dotación de pan, aunque he de confesar que el que hacen por estas fechas, todo bofo y atascado de dulce, a estas alturas ya no me gusta tanto como en los años de infancia y juventud.

Y por supuesto, que haya alguna forma de que mi incorporación al altar de este 2 de noviembre, se aplace todo lo que sea necesario, porque como dice el clásico, “todavía tengo muchas cosas qué hacer”.

Así que esa es la fórmula: “ponte a hacer lo que todavía tienes qué hacer, porque como simple forma de escaparte, ya estuvo suave”.

Mejor ir por ese camino, y es que, en una de esas, por aplazar todo, ni a ofrenda de pan con café llegamos. 

Abrazo a los difuntos del camino que nos tocó recorrer a su lado. Siempre resulta reconfortante escucharlos, y saber que la esperanza nunca ha de perderse.

Mil gracias, hasta mañana.

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