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Cuando me quise comer al mundo… pero me atraganté

Mariana Peralta Zamora
4 Min de Lectura

ESPEJOS DE LA REALIDAD

Cuando era niña, cada vez que subía a un avión, siempre le decía a mi mamá con la mirada somnolienta: “Despiértame cuando traigan la comida, pero que no se te olvide, por favor”. Desde pequeña, comer ha sido una actividad que disfruto plenamente; ya sea agregándole salsa a los tacos o preparándome una quesadilla de jamón con queso, mi mente se sumerge en un estado de trance donde todo a mi alrededor se desvanece.

El año pasado estuvo plagado de momentos complicados. Me quedé en una mentalidad post pandemia, sin ganas de salir y acostumbrada al encierro. Pronto comenzaron las preocupaciones, ya que evitaba cualquier tipo de salida, e incluso recuerdo que nunca me sentía saciada; mi estómago era un agujero negro que absorbía todo lo que encontraba, sin dejar escapar ni siquiera la luz, o en este caso, un pan dulce.

Meses después de la “intervención” —básicamente una charla con mi madre y unas semanas en el departamento de mi hermano en CDMX— me propuse ser más activa. Empecé a seguir rutinas de ejercicios en una plataforma recomendada por mi hermana (que sigo usando hasta hoy), y poco a poco ajusté mi alimentación. 

Sentía cierta ridiculez al respecto, así que al principio no se lo conté a nadie. Me avergonzaba no reconocer mi cuerpo, pero también me avergonzaba preocuparme por ello. Quería perder peso, pero ni siquiera quería admitir ante mí misma que quería hacerlo.

Descargué una aplicación para registrar los alimentos que consumía y comencé con ejercicios usando las pesas más ligeras que encontré. No compraba nada sin revisar la tabla nutricional. Era un equilibrio delicado: no quería caer en la cultura tóxica de la dieta y la restricción alimentaria, pero tampoco quería volver al ciclo descontrolado de comer en grandes cantidades. 

Empecé a ver resultados tras unos meses; mi claridad mental regresó y mi percepción cambió. Mantuve mis hábitos saludables y, pronto, “Pachis” —el apodo de mi infancia— regresó. Me sentí prácticamente igual que siempre en toda mi vida; no era una Mariana nueva, sino la que ya conocía pero que no se había presentado durante algún tiempo.

Hace unos años visité la clínica 32 del IMSS en Pachuca, donde en el consultorio tenían enmarcada una imagen de una persona delgada queriendo salir de un cuerpo gordo. No era la primera vez que veía esa imagen, desde niña circulaba en las cadenas de correos de Hotmail. 

Nunca me gustó verla, y menos durante una cita médica. La “Pachis” que conocía era exactamente lo opuesto a esa imagen. “Pachis”, “Maco”, “Chewbacca”, “Aunty Mari”, “Malli”, “Marisol”, representan las cualidades que más aprecio en mí misma: un apetito alegre por la vida, una curiosidad voraz, el deseo de probarlo todo y saborear cada experiencia. 

Lo hago con todo lo que realizo, desde jugar videojuegos hasta escribir este texto; mi hambre de todo me recuerda que la vida es para vivirla, solo debo tener cuidado de no atragantarme. Por ahora, seguiré pidiendo que me despierten si la comida está servida, con la misma emoción que cuando tenía seis años, ya sean manzanas con yogur griego, o una rebanada de pizza con orilla de queso.

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