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jueves, enero 22, 2026
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Yo

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Memento

“Eso que tú me pides es imposible, yo sé que no he nacido para rey ni para príncipe, tú quieres admirarme, te has confundido, no sirvo para estar en un altar ni ser tu ídolo… Soy así, así nací y así me moriré”
Soy así – Valentín Elizalde

La palabra “yo” proviene del latín ego, que significa literalmente “yo mismo”, “el que habla” o “el sujeto que percibe”. A lo largo del tiempo, “yo” ha trascendido su función gramatical para convertirse en un concepto filosófico y psicológico central. En la fenomenología y el existencialismo, el yo es conciencia, experiencia y presencia en el mundo. Entonces, “yo” viene del latín ego, y su raíz más profunda apunta al acto de afirmarse como sujeto: el que dice, percibe y se distingue del otro.

Mi Awe murió un trece de marzo, pero para mí, desde una semana antes dejó de ser ella —debo confesar que no recuerdo del todo la fecha, tuve que buscarla—. Para mí partió el día en que le dije su nombre, no reaccionó, giré su cuerpo y en sus ojos ya no me ví. Ya no pronunció mi nombre, ni me dijo “Mijito”, no dijo nada más; su boca solo emitió un balbuceo. Ante su mirada ya no era yo. Ya no era su hijito, no era nadie.

Cargué su cuerpo, llegamos al hospital, entró en camilla, comprendí que me estaba despidiendo de ella. Ya después hice una escena digna de La Rosa de Guadalupe durante su sepelio —o al menos eso dicen—; yo no lo recuerdo, y si no recuerdo, no pasó.

Cuando me preguntan “¿Quién eres?”, la respuesta cambia dependiendo del entorno… para mis hijos soy su padre, en la escuela soy un estudiante, en la chamba soy una pieza más en el godinato. En general soy Carlos, Eusto pa’ la banda.

Existe una diferencia entre el “yo” como me he construido y el “yo” porque el mundo me hizo así. Hace años, para mis hijos yo era mágico; ahora creen que solo le hago a la mamada. El yo no se descubre en el espejo, sino en la mirada que el mundo devuelve. No porque no sepamos quiénes somos, sino porque tal vez estamos siendo. Y tal vez esa sea la gracia: que el yo no es una conclusión, sino una experiencia en marcha.

El “barco de Teseo” es un experimento mental filosófico sobre la identidad que se pregunta si un objeto que ha tenido todas sus partes reemplazadas sigue siendo el mismo objeto. La paradoja surge de la leyenda griega en la que el barco de Teseo, al regresar de Creta, se va reparando hasta que todas sus piezas originales son sustituidas. La pregunta es: ¿sigue siendo el mismo barco o se ha convertido en uno nuevo? La segunda parte la dejaremos para después.

Luego entonces, el “yo” va cambiando —o al menos eso es lo que se espera—: no somos los mismos de la secundaria, ni siquiera quienes iniciamos el año. Vamos cambiando día con día a través de las experiencias.

Hace tiempo un cuate me decía: “Sigo amando a la mujer con la que me casé”, mientras me contaba que estaban a punto del divorcio. Y es que para mí ahí radica la situación: su esposa ya no es la misma de hace veinte años, ha cambiado, y él no se enamoró de esos cambios. Sigue amando la idea que tiene de la mujer con quien se casó, no de la versión actual. Quizá cambiar no sea una opción, quizá sea una obligación, porque ¿a qué venimos a este mundo sino a vivir?

La conseja de hoy:

Arquitecto, ingeniero, doctor, psicólogo, licenciado… dejamos de ser una persona para convertirnos en una profesión. Somos una etiqueta más.

Para mí, la etiqueta más amorosa era la que tenía ante los ojos de mi Virgo: tan solo era “Mijito”.

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