¿Y si no pasa nada?

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Hoy quiero empezar con algo muy simple, pero profundamente incómodo: ¿y si no pasa nada? No si se arregla, no si responde, no si se aclara. No. ¿Y si no pasa nada?

Estamos acostumbrados a vivir esperando resolución, a que algo se acomode, a que alguien nos dé una respuesta, a que la historia tenga un cierre claro. Como si la vida, en algún punto, estuviera obligada a explicarse, pero muchas veces no hay cierre, no hay claridad y no hay respuesta inmediata. Y eso descoloca, porque no nos enseñaron a no saber, nos enseñaron a resolver.

Desde pequeños, si algo no entendíamos, alguien lo explicaba; si algo estaba mal, había solución. Pero la vida emocional no funciona así. No todo se entiende al momento, no todo se cierra, no todo tiene respuesta. Y cuando eso pasa, el sistema se altera.

La incertidumbre no es solo no saber, es no tener control, no poder anticipar, no poder garantizar. Y nuestro cerebro, que está diseñado para predecir, se activa cuando no puede hacerlo. Aparece la ansiedad, la hipervigilancia, la urgencia de hacer algo, porque, para el sistema nervioso, la incertidumbre se parece al peligro.

Por eso empezamos a sobrepensar, a analizar cada detalle, a buscar señales donde no las hay. No porque seamos intensos, sino porque estamos intentando regularnos y queremos certeza, pero muchas veces no buscamos claridad, buscamos calmar la incomodidad.

Y ahí está el punto: tratamos la incertidumbre como si fuera un problema, cuando en realidad es parte de la experiencia humana. Lo que no sabemos es qué hacer con lo que sentimos cuando aparece.

Esto se vuelve más intenso en los vínculos, porque ahí, la incertidumbre toca directo: qué somos, qué significa esto, hacia dónde va. Y cuando no hay respuestas claras, el cerebro se engancha, no necesariamente a la persona, sino a la duda, al “tal vez”, a la posibilidad.

Entonces intentamos controlar, pensamos más, analizamos más, nos adelantamos, pero controlar muchas veces es una forma de no sentir. Mientras tratamos de resolver, evitamos quedarnos en lo incómodo.

Y aquí está lo esencial: resolver no es lo mismo que sostener, resolver quita la incomodidad, sostener implica poder estar con ella. Sostener no es aguantar, no es reprimir ni hacerse fuerte; es permitir lo que está pasando sin reaccionar de inmediato, es notar lo que se activa sin convertirlo en acción impulsiva. Es poder decir: no sé qué significa esto y aun así estoy aquí.

Una persona que sabe sostener la incertidumbre no es alguien a quien no le importa, es alguien que sí siente, pero no se desorganiza por dentro, que puede esperar, que no convierte cada silencio en una historia, que distingue entre lo que pasó y lo que está interpretando.

Porque el problema no es el silencio, es lo que hacemos con él. Y algo importante: la vida no se vuelve más clara, tú te vuelves más capaz de habitar lo que no es claro, más capaz de estar en el proceso sin perderte, sin exigir respuestas inmediatas para sentirte en calma.

Por eso, cuando aparezca la urgencia de saber, de definir o de resolver, haz una pausa. Pero una pausa real. Nombra lo que sientes, regresa al presente, separa hechos de historias y, sobre todo, no actúes inmediatamente.

A veces no necesitas resolver, a veces necesitas sostener. Y entonces la pregunta cambia: ¿esto que estoy sintiendo es necesidad o urgencia?

Y quizá, solo quizá, puedas quedarte un poco más ahí. No para sufrirlo, sino para aprender a sostenerlo. Porque en ese espacio… es donde dejas de reaccionar y empiezas a elegir.

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