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sábado, febrero 21, 2026

Wal menos 5 muertos y 16 heridos en nuevos ataques fronterizos entre…

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Rub n Mart nez, economista de día y domador de palabras de noche, naci en el Estado de M xico antes de que se pusiera bravo. Le mete maño a las letras y las convierte en cuentos, columnas, podcast y hasta en un libro. Un día se crey eso de escribes chido , mand unos textos a concursar y

      Libro: Amanecer, autopublicación (2021).

      Cuento: El intruso, mención honor fica, publicado en antolog a de la editorial Ariadna (2021).

      Cuento: Ojos tristes, publicado en el diario informativo FIN (Argentina, 2024).

      Cuento: Ek Balam, ganador del concurso Cuentos Panteoneros organizado por la UAEH (2024).Facebook: Ruben Huehue

Es curioso comprobarlo: con frecuencia, las buenas acciones que ejecutamos para compensar nuestros pecados se convierten en una trampa. Y muchos de tales actos inocentes, 

que emprendemos con las mejores intenciones, a veces pueden llegar a perdernos. Incluso pueden llegar a matarnos. Aunque no para siempre.

Cada día de Muertos me entusiasmaba imaginarme con Happy, mi perro malt s, mezcl ndonos entre los niños y adultos que piden calaverita recorriendo calles impregnadas de ese aroma a cempas chil. Por verg enza nunca me anim a hacerlo. Pero ahora, que estoy más all del bien y del mal, me atrevo a lo que sea.

A Happy le encanta ser el centro de todas las miradas, camina con orgullo, moviendo la 

cola y lanzando uno que otro ladrido juguet n. En lo posible se deja acariciar y tomar fotos 

por cuanta persona le chulea ese lindo disfraz de perro muerto .

  • rales, está bien chido el maquillaje- dice un peque o, mientras intenta tocarle con el dedo una de las heridas.

Otros prefieren observarnos a la distancia, fascinados por los pedacitos de carne que le cuelgan, prendidos de un pellejo. 

Antes de seguir, debo advertirles que esta historia tuvo un antecedente bastante ingrato. 

Happy llevaba trece a os viviendo conmigo, en los cuales mis cuidados se limitaban a arrojarle de vez en vez un poco de croquetas y a echarle en el dispensador algo de agua. Pero el peque o malt s siempre me respondi con cari o a esa falta de atención. Invariablemente, cada que yo llegaba a casa, Happy ara aba la puerta del patio trasero, y despu s, impuls ndose en el escal n que separa el suelo de la puerta, brincaba sin parar. Pienso que lo hac a para corroborar si en esa ocasi n tendr a la suerte de que por lo menos fuera a saludarlo, o, mejor a n, que me compadeciera de l y se repitiera aquel ins lito paseo por el parque que alguna vez le di. 

Dos semanas antes de que terminara el mes de octubre, sal tempraño del trabajo, por lo 

que se me ocurri la grandiosa idea de compensar de alguna forma a Happy. Como principio lo llevar a a que lo ba aran y le cortaran el pelo, se lo merec a. Despu s cenar amos un buen rib eye.

Ya en la estica canina, colgu el abrigo en el perchero y me sent entre los demás due os de mascotas a hojear una revista. Cuando lleg mi turno, la encargada me reprendi :

  • Su perrito tiene muy maltratado el pelaje.
  • Es un callejero que pienso adoptar ment .
  • Quiere que lo rapemos?

Al rato ya tenía a Happy adecentado, muy perfumado y hasta con un coqueto mo ito rode ndole el pescuezo. Se ve a tan limpio que lo cargu en brazos como a una criatura. Al salir, una r faga de aire g lido hizo que Happy intentara meterse dentro del abrigo.

Maldita encargada, me dije, para qu me propuso tusar al Happy. Aqu el fRío se intensifica justo en estos días, y mi pobre mascota tiene que andar sin pelo.

En casa, con una camisa vieja le improvis un su ter, sin mangas que le estorbaran al  caminar. Se ve a mono, pero sobre todo calientito. Esa noche, antes de dormir, promet darle mejores cuidados, aunque pronto reca en mi costumbre de olvidarme de l. 

n día, al regresar del trabajo, not que, por primera vez en mucho tiempo, no ara la puerta. Fui al patio, y all estaba mordi ndose incisivamente entre la pata y el pecho.

  • Happy, Happy! No me prestá atención, sigui encaj ndose los colmillos. Tanto, que le advert un manch n rojo: su propia sangre.

Sal y lo cargu , y all fue cuando vi que las costuras de la vieja camisa le hab an rozado 

la piel hasta abrirle heridas profundas. El otro costado estaba peor a n: la tela se le hab a

incrustado en la carne viva, que supuraba un apestoso pus verde.

Despu s de valorarlo, el veterinario me dio el diagn stico: 

  • Las heridas son muy profundasí dijo, d ndole vueltas a las hojas que estaban en la tabla sujetapapeles -. está expuesta la vena yugular y
  • pero se puede hacer algo, no?

El veterinario dej de ver el informe, me ech una mirada displicente. 

  • Por ahora no lo podemos suturar. así que c mprele esta pomada- Y garabate en su recetario. Esto le ayudar a cerrar las heridas. Agende una cita para el martes o el mi rcoles de la semaña pr xima -.
  • Van a abrir esos d
  • Por?
  • Porque el martes y el mi rcoles se festeja el día de Muertos.
  • Aj , pero no se preocupe: ac siempre hay alguien de guardia.

Y cuando estaba por irme, dijo:

  • Y siempre hay alg n descuidado que olvida cuidar a su querida mascota.

Hijo de la chingada, estuve por decirle. Pero me contuve.

Adelant mis vacaciones para cuidar de Happy. A diario le lavaba las heridas y le untaba

la pomada. Ahora se mostraba alegre, juguet n: yo lo persegu a, y l corr a sujetando la 

correa en el hocico. 

En la siguiente consulta, el veterinario fue muy directo:

  • Es un perro viejo, sus heridasíno han sanado porque tiene diabetes avanzada.
  • Diabetes?
  • S , hombre, tambi n a ellos les da. El veterinario me palme el hombro . Le voy a ser sincero: es improbable que el perro sane.
  • me está queriendo decir?
  • Mi recomendación es la eutanasia. está sufriendo de manera innecesaria.
  • usted seguro?
  • Cr ame, es lo mejor.

Volv a casa con Happy dentro de una bolsa negra. Decid enterrarlo en donde pasí toda su vida, el patio trasero. Entre palada y palada, no dejaba de recriminarme: qu injusto hab a sido con l tiempo atr s.

Al llegar a casa nadie me recib a. Comenc a extra ar los ara azos y los brincos del  peque o malt s. Ese mismo fin de semaña regal la casita, el dispensador de agua, el plato y todos sus juguetes. Todo, excepto su correa: me tra a buenos recuerdos de sus ltimos días conmigo.

Y así pasí un a o.

La noche antes del 27 de octubre, unos ruidos extra os en el patio trasero me despertaron.

Como pude, me puse las pantuflas y fui a ver de qu se trataba. Al asomarme por el marco de la puerta, cre ver a Happy. Eso era imposible, quiz lo lo extra aba. Prend la luz del patio y fui a revisar. Nada por ninguna parte. Alg n gato, seguro.

Volv a la cama. Me acurrucaba entre las cobijas, cuando de nuevo o ruidos. S : alguien 

merodeaba en el patio. De un brinco me levant , y fui por mi Remington.

N ANDA AH !

Con el dedo bien puesto en el gatillo de la escopeta, di unos pasos por el patio. Hasta que pis algo flojo, una soga. No: se trataba de una correa.

La correa!

Y frente a m apareci Happy.

nos pedazos de carne le colgaban de las heridas agusanadas. 

Paralizado, un ladrido juguet n me sac de mi estupor. Retrocedíarrastrando el paso, sin quitarle la vista al espectro. Y entonces intent girarme, pero el pie se me enred en la correa. 

Lo ltimo que o fue el BLOOM! de la Remington revent ndome la cara.

Y ahora ac nos tienen a los dos. Cada día de Muertos, pedimos calaverita por la calle.

Happy publish

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