RETRATOS HABLADOS
En tiempos como los que vivimos, recurrir a la filosofía para intentar cuando menos explicarnos lo que sucede, es una necesidad constante. Por eso es preciso recordar a Immanuel Kant, porque sus reflexiones no fueron diseñadas para tiempos de paz, sino para la estructura misma de la voluntad humana.
En el núcleo de su pensamiento reside la autonomía moral: la capacidad del ser humano de dictar sus propias leyes a través de la razón, sin someterse a deseos ciegos o dogmas externos. Sin embargo, frente al panorama actual de desastre ecológico y deshumanización, su tercera gran pregunta, ¿qué me es permitido esperar?, parece chocar contra un muro de pesimismo.
Kant propuso que no es el sujeto quien gira en torno al objeto para conocerlo, sino que el objeto se ajusta a las estructuras de nuestra razón. Hoy, esta «Revolución Copernicana» ha llegado a un paroxismo técnico: el mundo ya no es algo que contemplamos, sino algo que consumimos y moldeamos a nuestra imagen. Kant celebraría la soberanía del entendimiento, pero quizás lamentaría que hayamos confundido la libertad —que es la obediencia a la ley moral— con el mero arbitrio de dominar la naturaleza.
Así las cosas, la humanidad se ha convertido en un medio y no en un fin, contradiciendo el segundo imperativo categórico. Si la ética del deber parece un absurdo hoy, es porque hemos sustituido la razón universal por una racionalidad instrumental de mercado. Para Kant, actuar por deber no es seguir una orden externa, sino reconocer que nuestra dignidad reside en no ser piezas de una maquinaria.
La Libertad Humana: No es hacer lo que se desea, sino tener la fuerza de actuar según principios que desearíamos ver convertidos en leyes universales.
El Uso Crítico de la Razón: Es el único antídoto contra la barbarie. Renunciar a él es renunciar a nuestra condición humana.
¿Qué podemos esperar?
Si concluimos que la respuesta es «nada», estamos cayendo en lo que Kant llamó la «minoría de edad» autoinducida. La ética del deber es, precisamente, la exigencia de actuar como si nuestras acciones pudieran salvar el mundo, incluso cuando la evidencia sugiere lo contrario. La esperanza en Kant no es un optimismo ingenuo, sino una necesidad de la razón práctica para no sucumbir a la parálisis.
La crisis del planeta no confirma que la ética sea inútil, sino que nunca hemos sido lo suficientemente valientes para aplicarla con rigor universal. La razón no vive sus últimos días; simplemente, que volvamos a usarla para tratarnos, una vez más, como fines en nosotros mismos.
Para Kant, la Paz Perpetua no es un sueño utópico, sino un imperativo de la razón. No se trata de que los seres humanos se vuelvan «buenos» por naturaleza, sino de organizar el Estado y el derecho de tal forma que incluso una «nación de demonios» se viera obligada a actuar con justicia para sobrevivir.
Si decidimos ir por el pensamiento de cada uno de los filósofos que han escrito el pensamiento de la humanidad, descubriríamos, con seguridad, una luz en medio de tantas tinieblas, un esperanza justa que nos lleve a concebir esperanzas reales en que todo este horizonte lamentable y desalentador, efectivamente caminaría a su salvación porque transitar hacia la nada, para fortuna nuestra, todavía espanta hasta a los más ignorantes, que hoy se regodean en el poder que les autoriza a decir quién vive, quién muere.
Kant nunca fue un pensador cándido e inocente. Conocía la raíz del ser humano a tal grado, que no dudó en asegurar que sobrevivir, a veces, es la única razón para ser justos. Y tenía razón.
Mil gracias, hasta mañana.




