Un Adulto Responsable
“Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme”
Inocente Pobre Amigo – Juan Gabriel
Una tarde en la que llovía a cántaros, me llamó a su despacho, en cuanto entré, me dijo:
—Cierra la puerta.
Raro —pensé— jamás me había pedido eso antes. Generalmente tiene la política de puertas abiertas. De hecho, las únicas que siempre debían estar cerradas eran la del baño y la principal (por obvias razones). Pero extraño o no, simplemente lo obedecí.
—Ven siéntate.
Lo hice, solícito.
—Te quiero contar una historia, pero debes prometerme por lo más sagrado que hay en tu vida que jamás le hablarás de esto a nadie, ni siquiera a tu mamá o tus hermanos, ¿puedo contar con que guardarás el secreto?
—Sí —respondí entre curioso y asustado.
Entonces vi cómo la cara de mi papá se ponía totalmente seria, jamás lo había esperado de un hombre tan bonachón como él. Que podría enojarse (como todo el mundo) y que se asustaba con facilidad, pero esa cara de introspección me heló la sangre. Se acercó un poco más a mí y sin pensarlo demasiado, lo soltó:
—Tu mamá y yo no estamos realmente casados.
—¿Qué? —alcé la voz sin querer.
—Shhh —me mandó a callar— por algo te estoy diciendo que es un secreto.
—¿Pero, de qué estás hablando? ¿No se casaron antes de que yo naciera? Yo mismo he visto sus anillos grabados. Digo, no sé si eso sea prueba suficiente, porque jamás he visto el certificado, pero me imagino que lo tienes, ¿no es así?
—Sí, el certificado lo tengo, sí, pero hace años que sé que el juez nos engañó.
—¿Qué?
—Cállate, hombre, te estoy diciendo que es un secreto.
—Perdón, perdón, pero me parece sorprendente. Tú, el hombre que se jacta de ser muy honesto, de siempre decir la verdad, ¿mantuvo este secreto durante años?
—Lo sé, lo sé y me da muchísima pena. Pero nunca ha sido un problema, por eso no lo mencioné. El juez vino al salón y nos casó. Cuando regresamos de la Luna de Miel, consulté con el Registro Civil y resultó que no conocían al tal por cuál ese. Sabes que soy meticuloso en todo, porque cualquier otro mortal no habría revisado, pero yo sí. Como yo mismo insistí en casarnos en un salón y no en el ayuntamiento, me dio mucha pena con tu mamá y nunca le dije nada.
—Jajaja, papá, lo siento, pero me da mucha risa lo irónico que es esto. Fuera de eso, no entiendo para qué guardaste el secreto tanto tiempo. Simplemente hubieran ido a casarse.
—Es que, después nos casamos por la Iglesia en el pueblito de tu mamá, y bueno, para ella eso contaba mucho y cedí, aunque sabes que no soy muy católico que digamos.
—Ah, entonces sí están casados. Aunque sea por la Iglesia.
—Por eso te lo estoy contando, no lo estamos. Lee.
Extendió entonces el periódico del día, y me dijo:
—Lee la página de barandilla.
Busqué la sección y ahí había una nota marcada con plumón, la cabeza decía: “Falso sacerdote celebró misa por años en Teopisca, Chiapas”.
—No lo puedo creer, donde vivía mamá.
—Shhh, que te calles, por Dios. Sí, como lo sospechas, leí el nombre y me acuerdo perfectamente, es él, no tengo duda alguna. Siempre pensé que mi sacrificio sería suficiente, pero no. Por favor, te lo pido encarecidamente, no hables de esto con nadie. Porque la aceptación de una de las culpas me vería obligado a aceptar la otra. Ya estoy muy viejo para casarme y no creo que en realidad importe, solo quería que mi pecho no siguiera siendo bodega.
—Te lo juro papá, nunca diré nada.
Pasaron los años y el secreto nunca fue revelado, papá murió sin decírselo a mi madre, y una tarde cualquiera, me senté con mi madre a platicar y sin anestesia, me lo soltó:
—¿Sabías que tu papá y yo jamás estuvimos casados realmente?




