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lunes, marzo 2, 2026

Una civilización agónica: el turno es de los Verdugos

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RETRATOS HABLADOS

La historia no avanza; simplemente se muerde la cola. Lo que hoy atestiguamos en el tablero internacional —desde las teocracias asfixiantes hasta los mesianismos populistas— no es una evolución política, sino la agonía de la razón. Vivimos bajo la trágica condena de creer que la violencia es el único esperanto posible entre los seres humanos.

Desde la óptica de Santo Tomás de Aquino, el Estado existe para el bien común, una idea que hoy parece un mal chiste frente al régimen criminal de Irán. Sin embargo, la tragedia alcanza su cenit cuando la supuesta «redención» de ese pueblo no proviene de la justicia, sino de caer en las manos de otro personaje de psique enferma y autoritaria como Donald Trump. Es el «Leviatán» de Thomas Hobbes en su versión más grotesca: aceptar a un lobo para que nos proteja de otros lobos.

Baruch Spinoza identificó hace siglos que las «pasiones tristes» (el miedo y el odio) son las herramientas predilectas de la tiranía. Hoy, esas pasiones nos tienen atrapados. Como bien señaló Bertrand Russell, el fanatismo —ya sea religioso en Oriente o personalista en Occidente— es el suicidio de la inteligencia. Estamos renunciando a pensar para simplemente elegir a nuestro próximo verdugo.

En México, el panorama no es distinto. Tras el descabezamiento de estructuras criminales como la de «El Mencho», el silencio sepulcral que emana tanto de las organizaciones delictivas como de las oficinas de gobierno no es señal de paz. Es el vacío que precede a la tormenta, la tensa calma de una sociedad que ha normalizado el horror. Es la repetición de un algo que no para de suceder mientras nosotros, como el Sísifo de Albert Camus, seguimos empujando la piedra del caos montaña arriba, solo para verla rodar de nuevo.

La verdadera rebelión, nos recordaría Camus, no es sumarse al coro de la violencia. La rebelión es decir «no» a la dicotomía criminal. Es negarse a aceptar que la única forma de convivencia sea el exterminio o la sumisión. Si la civilización está muriendo, es porque hemos perdido la capacidad de imaginar un orden que no nazca del cañón de un fusil o de la soberbia de un tirano.

Hoy, más que nunca, romper el silencio y rechazar a los «salvadores» de manos manchadas es el único acto de cordura que nos queda. Si no lo hacemos, seguiremos siendo los espectadores pasivos de nuestro propio naufragio.

Porque, entendámoslo, no hay “salvadores” cuando es la violencia elemento constante en todos los casos, cuando verdaderos enfermos mentales toman las riendas del mundo y no solo amenazan, sino que masacran en su guerra contra los que ya calificaron como los “malos” a civiles, a niños que nada tienen que ver en esa historia absurda.

No hay salvadores terrenales. Esos nunca han existido en términos reales. 

Los únicos reales son los que te pueden salvar el alma, pero a veces, casi siempre, logran disfrazarse para erigir las armas y el crimen, como bálsamos para el dolor.

Mil gracias, hasta mañana.

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