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martes, febrero 24, 2026

Un mar de diferencia

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LAGUNA DE VOCES

Era mi pueblo, pero para ser más exactos, era el pueblo de mis padres, de mis hermanos mayores, de los recuerdos de mi hermano menor, de la historia que debe empezar en alguna parte. Pero sí, era mi pueblo.

Al paso de los años, esos que tanto terminan por doler, queda la posibilidad de recordar; de empezar esa larga tarea de los que tienen, como única oportunidad, la memoria, selectiva, parejera; es decir, no selectiva, sino democrática, que no tienen ni tiempo de vestir con otras ropas a la tristeza, a la pobreza, y, sobre todo, a la necesidad de querer entender la vida.

Así que se aprende a enfrentar la mayor parte de lo que nos presenta la existencia y comprender que, después de todo, solo se ha tratado de constantes ensayos para un algo que nunca acabamos de comprender, en qué habrá de consistir. Pero resulta divertido este juego de apostar y equivocarse, para empezar de nuevo la mágica historia de que, a la próxima, habrá mejores posibilidades. De qué, pues nadie sabe, y sin embargo en algo disminuye esa constante pregunta del para qué, del por qué, del qué sentido.

A mi padre le causaban gran admiración las fuerzas armadas, el Ejército pues, y lo escribo con mayúscula porque entiendo, al menos ahora, que nadie está dispuesto a dar la vida por nada, como no sea los que tienen la certeza, real o inventada, de que es posible ganarle la partida al mal, y por mal uno entiende que son los que lastiman a los que no pueden defenderse, a los que les tienen miedo, a los que aceptan el sufrimiento como don de vida.

Por eso, en estos días tan raros, tan de angustia, entiendo un poco lo que decías, porque está claro que no te referías a los militares corruptos, a los que venden, sin pagar impuestos, gasolina; a los que pactan con los narcos. Te admiraba la gallardía de los que, en esos tiempos, cuando hiciste el servicio militar, hablaban de la patria de Ramón López Velarde, no poéticamente, pero sí en los hechos; en que siempre estaban dispuestos a sacrificar lo fundamental, que es la vida, por un semejante. Porque siempre tendrá más valor el actuar, que todas las palabras, así suenen bien, se escriban bien.

Ese era mi pueblo, no el que viví, porque buena parte la pasé en una ciudad de la que nunca conocí nada, como no fuera ser agandallado con trompadas en la boca y amenazas diarias en la primaria y secundaria. Sin embargo, ese pueblo resultaba ser la mejor forma de empezar a comprender lo que finalmente puede aceptar.

A quién carajos le importa lo que me haya pasado, lo entiendo. 

Lo central es que, de alguna manera, llega el recuerdo de mi padre y la necesidad de querer entender a los que se enfrentan con lo más refinado de la maldad. Los que ordenan ejecuciones, que ni la Santa Inquisición; los que disponen de vidas como canicas en un juego de niños; los que entienden a la perfección el verbo “eliminar”, y eliminan, con vocación, con un casi don divino. 

Por supuesto que no son todos, los militares, que causan una sentida solidaridad a lo que hacen porque, alguien me dijo con sinceridad absoluta, se trata de vocación, de profunda vocación, que luego, ya fuera de las fuerzas armadas, los convierte en elementos del cuerpo de bomberos, en auxiliares de ambulancias, en servir. De esto se trata, siempre se ha tratado de eso: de servir.

Y de alguna manera entiendo que no es lo mismo decir: “lealtad, defensa y sacrificio por la patria”, que decir: “no mentir, no robar, no traicionar”. 

Hay un mar de diferencia.

Mil gracias, hasta mañana.

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