PEDAZOS DE VIDA
El cielo nublado se acopló perfectamente al miserable día arrancado de su existencia. Ahí estaba él, cortando el cabello a don Chano, con el modelo de siempre, el que había utilizado en los últimos 30 años, aunque a la barbería de Kevin había llegado hace apenas cinco, siempre será difícil para un viejo confiar en un chamaco, sin embargo, no le había quedado de otra y así fue como el septuagenario le dio la oportunidad al nuevo barbero de la colonia tras la muerte de don Fausto.
Dentro del pequeño local, el olor a loción, talco y cremas flotaba en el aire. No había sido el mejor día para Kevin, en la mañana discutió con su esposa porque el dinero ya no alcanzaba para mantener la casa. El gas se había terminado y tuvo que bañarse con agua apenas tibia, mientras el frío de un día nublado se le metía en los huesos.
La garganta comenzaba a sentirla rasposa y con ella también se gestaba un dolor leve detrás de los ojos. Sin duda, un resfriado se abría paso lentamente. Tras acabar con don Chano se disponía a cerrar, sin embargo, llegó un cliente más, no lo había visto nunca, y nadie sabía cuántas barberías había recorrido aquel hombre con su costumbre de nunca quedar conforme.
Aquel hombre, que no rebasaba los 35 años de edad, pedía cortes imposibles: degradados voluminosos, copetes abundantes, estilos de revista. Pero su cabello era fino, escaso, rebelde. Ningún corte podía parecerse a lo que él imaginaba, así había recorrido barberías por todo el estado, en cada comunidad, en cada localidad, en todas las colonias y al final, terminaba con un casquete corto.
Aquella tarde, la noche cayó con las exigencias del cliente, con un resfriado que parecía fortalecerse a cada minuto y con el agotamiento de la paciencia del peluquero: cortar aquí, rebajar allá, volver a emparejar, levantar volumen donde no había.
Las tijeras sonaban mientras el cliente contemplaba cada movimiento en el espejo, frunciendo la boca. Haciendo alguna mueca, abriendo los ojos, sin otra intención que mostrar que no estaba satisfecho. Más corto aquí. No, no así. Creo que arruinaste el lado.
Kevin tomó la navaja y la pasó varias veces por el mismo lugar, con movimientos lentos y precisos, afinando la línea del cuello. El filo reflejaba el brillo de las luces led dentro del local. Y de un solo tajo, limpio, certero… la garganta quedó abierta, y las quejas concluyeron para siempre. Tras la situación, el silencio que había querido tener desde la mañana, la paz de no escuchar más que el acelerado corazón y la inquietante respiración.
Ahora, vendría lo difícil: esconder el cuerpo, limpiar la sangre, cerrar la cortina antes de que alguien entrara. Kevin tragó saliva. La navaja pasó por el mismo lugar. Un movimiento más. Uno solo.
De pronto imaginó la puerta abriéndose, clientes entrando, la policía, las sirenas, el final de todo. Respiró profundo. Guardó el impulso en el fondo de su pecho. Terminó el contorno con cuidado. Luego aplicó la loción, que hizo refunfuñar al cliente como siempre. Retiró la capa de corte…
El hombre se miró en el espejo con atención… y antes de pagar, hizo una mueca de desacuerdo.
—Creo que quedó un poco corto de este lado.
Julián lo miró en silencio mientras la fiebre comenzaba a hacerlo sudar. El cliente salió de la barbería sin saberlo. Aquella tarde, aquel inconforme cliente, estuvo a un filo de navaja de no volver a quejarse nunca más.




