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lunes, febrero 23, 2026

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El Museo Balenciaga ha querido rescatar de la invisibilidadía las mujeres que elaboraron las piezas que hoy son objeto de culto a trav s de un proyecto que re ne testimonios, objetos y documentación sobre los talleres del famoso modisto espa ol, de los que salieron marcadas por la obsesi n de la perfección.

Es la impresi n que le queda a Loli Lastra, quien trabaj en el taller de San Sebasti n (norte de Espa a) durante cinco a os y que este viernes particip , junto con otras antiguas trabajadoras, en la inauguración del proyecto ‘Las manos que cosen’.

Tras diez a os de investigación, este archivo cuenta con más de 500 registros de testimonios, 25 objetos, 260 documentos y fotograf as, además de 10 piezas audiovisuales, que a partir de ahora est n disponibles en la web lasmanosquecosen.com.

La perfecci n

«Entrabas de ‘chiquita’ con 14 a os para hacer los recados, picar cuellos, hacer forros y ojales y luego pasabas a ayudanta y a oficiala, aunque a m no me dio tiempo a llegar a esa categor a porque estuve hasta los 19», señala Lastra.

Reconoce que no ve a al dise ador Crist bal Balenciaga (1895-1972) porque no se acercaba al taller. «Si tenía que ir era cuando no estaba nadie. Ve a los trajes que quer a revisar y si no le gustaban te los encontrabas sueltos al día siguiente para rehacerlos de nuevo», sostiene.

«Lo que nos ha quedado es ‘un hacer bien las cosas’, la perfección, algo que marca si te lo han enseñado desde peque a», afirma.

Su compa era Marga Urdanpilleta, que lleg a oficiala de sastrer a, recuerda que lo «pasaban bomba», pero que es imposible trabajar como entonces, cuanto tardaban un mes en hacer un vestido o una tarde para coser un dobladillo.

«Ya no se puede hacer así las cosas», apunta Urdanpilleta, que ha atesorado durante a os peque os retales de telas, una de las mayores obsesiones del modisto de Getaria, que finalmente ha llevado a una tienda de su barrio.

Para llevar a cabo la investigación de ‘Las manos que cosen’ el Museo Balenciaga ha recopilado testimonios de quienes trabajaron en las sedes de San Sebasti n, Madrid y Par s.

El resultado ha posibilitado conocer detalles sobre la organización del trabajo, la trayectoria profesional de las empleadas, el ambiente y tambi n su «particular percepción del modisto», explica el director de colecciones del museo, Igor Uria.

Lealtadía la marca

El 93 % de las trabajadoras eran mujeres, que comenzaban en los talleres a una media de edad de 14 a os en Espa a y de 18 en Francia, donde la regulación de la formación motivaba que se incorporaran más tarde.

«La estancia en las casas de Balenciaga les abr a las puertas a otras marcas de alta costura», señala Ur a, quien resalta la «lealtadíabsoluta» que las trabajadoras sent an con la marca: «75 a os despu s del cierre todavía siguen diciendo con orgullo ‘yo soy Balenciaga».

El director de colecciones del museo incide en el valor emocional que tiene el proyecto, que recoge detalles como el saquito que las trabajadoras confeccionaban para los alfileres, los nombres de las maniqu es o contratos de trabajo firmados en los a os 30.

«No era de los que mejor pagaba, pero a pesar de ello segu an en la casa», indica Uria.

Además de las costureras, otras profesiones imprescindibles en el universo Balenciaga, que confeccionaba 200 modelos por temporada, eran las vendedoras y las maniqu es, que trabajaban a tiempo completo y mostraban los vestidos con un n mero en la mano.

[ El Museo Balenciaga homenajea el trabajo de las mujeres que posibilit la obra del maestro publish

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