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sábado, marzo 7, 2026

Pequeñas luces propias

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LA RULETA

El despertador suena a las 05:47, pero ella ya estaba despierta. Antes de levantarse, repasa la lista mental: colegios por visitar, correos sin respuesta, pagos pendientes. Aún no amanece y ya siente que llega tarde.

Prepara café, revisa el celular: un cargo no exitoso. Suspira. “Luego lo arreglo”. Siempre luego.

Sus dos perritas la siguen como si el mundo empezara y terminara en ella. Les sirve croquetas, les rasca detrás de las orejas. Son los únicos minutos del día en los que nadie le exige nada. Cierra la puerta con esa culpa pequeña de quien siempre sale corriendo.

En el tráfico piensa, sobrepiensa. El semáforo se vuelve oficina y confesionario.

En el trabajo cambia de piel sin notarlo: vendedora, diseñadora, promotora. Responde mensajes, arma publicaciones, hace llamadas. Sonríe incluso cuando el cansancio le aprieta la mandíbula.

Por la tarde revisa cuentas. Lleva dos años comprometida, soñando una boda sencilla y posible. Hace números. No dan. Cierra la calculadora como quien cierra una puerta.
“No ahorita”.

Más tarde, mientras maneja de regreso, la alcanza otro pensamiento: sus padres. El duelo que no tuvo tiempo de vivir. Las palabras que se quedaron sin decir, las visitas que ya no serán. Ese hueco que nadie ve, pero siempre viaja en el asiento de atrás. Le dura dos semáforos, el tercero se pone en verde y alguien toca el claxon.

En casa la reciben dos colas agitándose. Se sienta en el piso y las abraza. Respira. Se recarga.

Luego toma el celular.

Marca.

Él contesta casi al primer tono.

No necesita contarle todo; él ya sabe leer sus silencios. Le pregunta cómo le fue, le celebra las pequeñas victorias del día. Es ese hombre que ha estado en cada logro y también cuando todo se cae, el que escucha sin prisas, el que sostiene cuando ella ya no puede más.

Hablan del día, de planes, de esa boda que todavía posponen, pero siguen imaginando juntos.

—Algún día —dice ella. 

—Algún día —responde él.

La noche cae, pero su mente no descansa. Facturas, pendientes, la casa a medias. Podría rendirse. En cambio, abre la computadora. Busca otro proyecto, otra idea, otra forma de que todo alcance.

Mientras escribe entiende algo: no ha tenido tiempo de vivir muchas cosas —ni el descanso, ni el duelo completo, ni los planes perfectos—, pero sus sueños siguen ahí. Un hogar, una boda, un hijo, estabilidad. No los ha soltado; sólo los ha pospuesto.

Entonces comprende que la vida no se resuelve de golpe. Se arma a pedazos: con llamadas nocturnas, con intentos diarios, con dos perritas moviendo la cola al volver.

Nada espectacular. Nada ruidoso. Sólo destellos.

No necesita tenerlo todo claro. Le basta entender lo que sí tiene: levantarse temprano, seguir intentando, cuidar a los suyos.

Son sus propias luces.
No alumbran el mundo entero,
pero sí el siguiente paso.

Y a veces, eso es suficiente.

Mañana volverá a empezar.
Y volverá a encenderlas.
Porque hay mujeres que esperan que amanezca,
y hay otras, como ella,
que aprenden a caminar
con pequeñas luces propias.

Laura Sandra Orozco Osorio. Licenciada en Administración de Empresas con amplia experiencia en el sector educativo. Ha liderado por más de 15 años estrategias de ventas, vinculación institucional y marketing digital, impulsando el posicionamiento y crecimiento sostenible de proyectos culturales.

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