DES-prográmate y Ámate
El 27 de febrero es el Día Mundial de las ONG, pero no quiero hablar de organizaciones ni de cifras, quiero usar esta fecha como excusa para hablar de algo más íntimo: la necesidad de ayudar. Porque ayudar es hermoso, pero también puede convertirse en una trampa emocional muy sofisticada.
La diferencia entre ayudar y salvar no es semántica, es psicológica. Cuando ayudas, acompañas, cuando salvas, intervienes. Pero la diferencia real no está en lo que haces, sino en lo que sientes; ayudar implica reconocer que el otro tiene recursos, que puede atravesar su proceso, sin embargo, salvar parte de una premisa silenciosa: sin mí no puedes.
Y esto no siempre nace de la arrogancia, muchas veces nace del miedo. Hay personas que crecieron sintiendo que su valor dependía de resolver lo que nadie más resolvía, niños que se volvieron adultos emocionales demasiado pronto, y hoy, cuando alguien cercano sufre, su sistema nervioso no dice “voy a acompañar”, dice “tengo que arreglar esto ya”.
Salvar genera adrenalina, te hace sentir necesario, te da un rol claro. Ayudar, en cambio, es incómodo, porque implica tolerar que el otro se equivoque, que aprenda, que viva consecuencias que tú no puedes evitar. Salvar calma tu ansiedad, pero no necesariamente fortalece al otro.
Por eso, muchas veces, salvar es una forma inconsciente de control, no porque quieras dominar, sino porque te cuesta tolerar la incertidumbre. Y aquí aparece el llamado “síndrome del salvador”: personas que construyen su identidad en el caos. Se vinculan con quien necesita rescate, se posicionan donde siempre hay incendios que apagar. Porque cuando todo está en calma, no saben bien quiénes son.
Si en tu infancia solo recibías reconocimiento cuando eras fuerte o útil, tu cerebro asoció amor con desempeño. Entonces hoy ayudas para sentir que vales, y eso tiene un costo. Porque cuando el otro mejora, puede aparecer un vacío inesperado. No porque seas egoísta, sino porque tu identidad estaba sostenida ahí.
A nivel social, esto se amplifica. Vivimos expuestos a causas urgentes todos los días, y es valioso que nos importe, pero el activismo sin regulación se convierte en hipervigilancia emocional. El cuerpo no distingue entre indignación y amenaza. El cortisol sube, el desgaste aparece y ayudar deja de ser un acto consciente para convertirse en una reacción impulsiva.
Ayudar no es el problema. El problema es desde dónde ayudas. Ayudas desde la abundancia cuando puedes decir que no, cuando no necesitas reconocimiento, cuando tu identidad no depende de ser indispensable. Pero ayudas desde la carencia cuando temes que, si no das, te dejen de querer.
Hay una verdad incómoda, pero liberadora: no viniste a salvar al mundo, viniste a participar en él. Y participar incluye cuidarte.
Porque cuando ayudas desde la regulación, tu ayuda empodera. Pero cuando ayudas desde el miedo, tu ayuda, ata.
Tal vez hoy la pregunta no es a quién vas a salvar, tal vez la pregunta es si puedes ayudar sin perderte.
Porque el servicio más sano no nace del sacrificio constante, nace del equilibrio. Y eso, aunque no lo parezca, es mucho más revolucionario que salvar.





