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miércoles, marzo 11, 2026

Los que tienen derecho de incendiar La …

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LAGUNA DE VOCES

Con una facilidadíasombrosa olvidamos que fuimos j venes en alg n momento de nuestra existencia, y que por lo tanto so bamos un mejor pa s, irreal por supuesto, pero fincado en la estructura de la esperanza. Practic bamos sin el menor esfuerzo, la idea de que el poder, quien quiera que lo encarnara en esos tiempos, deb a caer, hacerse polvo para de ah , de las cenizas, dar paso a un renacimiento en el que tampoco atin bamos a entender siquiera la posible identidad de qui n lo encabezar a. Nada más alejado de los ideales revolucionarios que la posibilidad de llegar alg a al poder, porque ste corrompe, pudre lo que toca, además que, para esos momentos de esplendor y gloria, cada uno de los que sosteníamos como principio fundamental de la existencia humaña la igualdad, est bamos ciertos que descansar amos en alg n cielo de los justos, o por lo menos los so adores, o por lo menos muertos para que la decadencia de la vejez nunca nos alcanzara.

No le tengo la m nima fe a quienes, pasados los 50, est n ciertos que uno les puede creer que son los mismos de cuando los 18, 20, tal vez los 25. Ser a un perfecto idiota si así lo pensara. La revolución en alguien cercaño a la tercera edad es más producto de un rencor vivo contra la vida, que un af n de verdadera justicia social.

Los verdaderos revolucionarios mueren en su lucha, es más, deben morir, igual que los amorosos que entregan incluso su futuro mismo a cambio de nada. Pensar siquiera en sacar provecho de lo que hicieron es sucio, decadente. 

Por supuesto no todos los idealistas son difuntos a tempraña edad, pero lo que de ellos queda poco se asemeja a la incansable b squeda que tuvieron, y si acaso algo queda, es una burda caricatura.

Tampoco enseñan nada, porque lo que cada uno tiene en alguna etapa de la existencia es inexplicable, no se entiende, y por supuesto no se puede dar c tedra de lo que no se sabe nada, como no sea sentirlo, y a sentir no se educa a nadie.

Por eso no conf o en los revolucionarios y revolucionarias a osos y a osas. Son una simple máscara de lo que alg n tiempo fueron, pero ya no son, simplemente dejaron de existir y el mejor futuro que el eterno les hubiera concedido, es reposar en el recuerdo amable de alguien que los admirara y extra ara.

Pasado el tiempo queda poco de la belleza, y tambi n de quienes practicaron la idea revolucionaria. En el primer aspecto, la vejez extingue lo que fuimos, que conste fuimos, y apenas queda un remedo colgante de los hermosos ojos de las mujeres que amamos y tal vez nos amaron. En lo segundo es la misma cosa, aunque todavía peor, porque el que tuvo ideales, ideales reales, solo busca qui n se la ha de pagar por dejarlo viejo y sin t tulos nobiliarios de adalid de la justicia.

Los j venes de edad -porque eso de que la juventud está en la mente es una falacia- son los nicos que tienen el derecho justo de hacer lo que hoy hacen, de querer echar por tierra todo lo que encarne poder, venga de donde venga. Son los nicos con denominación de origen para exigir que arda la tierra, los cielos, los mismos infiernos, y que de ello renazca un mejor ser humano.

Los otros, los que de viejos juran que dar an la vida por la revolución, son mentirosos, porque si de j venes nunca lo hicieron, por supuesto que ahora menos.

Mil gracias, hasta ma ana.

peraltajav@gmail.com

@JavierEPeralta

– Los que tienen derecho de incendiar La Tierra publish

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