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martes, marzo 10, 2026

La mujer fuerte también se cansa

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El 8 de marzo ya pasó, vimos las consignas, las marchas, las cifras y los discursos. Pero hoy quiero hablar de algo más íntimo, no desde la fecha ni desde lo político, sino desde lo psicológico. 

Quiero hablar de la mujer fuerte. Esa mujer que puede con todo, la que resuelve, organiza, trabaja, cuida, contiene y entiende, la que no se rompe, o al menos, no frente a nadie. Socialmente esa mujer es admirada, incluso celebrada, pero psicológicamente casi nunca hablamos del costo de sostenerlo todo.

Porque sostenerlo todo tiene un costo, a veces no se nota al principio, incluso puede sentirse como orgullo y suena a un “yo puedo sola”. Pero hay una pregunta incómoda que pocas veces nos hacemos: ¿en qué momento dejó de ser una elección y se volvió una obligación?

Muchas mujeres no eligieron ser fuertes, les tocó. Les tocó porque alguien en casa no estaba disponible emocionalmente, porque mamá estaba triste, porque papá estaba ausente, porque había que cuidar hermanos o porque alguien tenía que ser la madura. Entonces aprendieron a funcionar.

Y aquí vale la pena detenernos en esa palabra: funcionar, porque no es lo mismo que estar en paz. Funcionar es adaptarse, resolver, seguir adelante, aunque estés agotada. Cuando una niña aprende que su valor está en resolver, crece creyendo que su identidad depende de sostener, no de sentir ni descansar.

Cuando no puedes fallar, tu sistema nervioso vive en alerta, no es metáfora, es biología. Si equivocarte generaba crítica, conflicto o abandono, tu cerebro aprendió que fallar era peligroso. Entonces el cuerpo se organiza para prevenir el error: anticipa, calcula, se adelanta, se hiper responsabiliza.

Vivir así es agotador, porque además de la carga práctica, aparece la carga emocional: escuchar a todos, contener a la pareja, mediar en la familia, anticipar necesidades que nadie más ve. Y muchas veces nadie pregunta ¿y tú cómo estás?

Ese es el problema de ser competente, la gente deja de ofrecer ayuda y entonces aparece algo silencioso, la sensación de no estar sostenida por nadie. A veces eso también se refleja en las relaciones, hay mujeres que no se vinculan desde el deseo, sino desde la responsabilidad. Se sienten atraídas por personas rotas o por historias difíciles, porque su identidad se construyó alrededor de resolver. Si valgo por lo que arreglo, entonces siempre habrá algo que arreglar.

Pero no todo trauma es una gran historia. A veces son micro traumas: frases como “tú puedes sola”, “no exageres”, “eres fuerte”. Parecen halagos, pero cancelan la vulnerabilidad 

Desde EMDR sabemos que muchas respuestas actuales no vienen de recuerdos claros, sino de memoria implícita: sensaciones que el cuerpo guardó para sobrevivir emocionalmente, culpa cuando descansas, ansiedad cuando alguien cercano se desregula, urgencia por resolver todo.

Por eso muchas mujeres no recuerdan cuándo decidieron ser fuertes, simplemente un día ya lo eran. La fortaleza no es el problema, el problema es no poder dejar de ser fuerte. La fortaleza sana incluye vulnerabilidad, descanso y pedir ayuda. La fortaleza traumática, en cambio, es rígida y vive con miedo constante a fallar.

Entonces quiero dejarte una pregunta incómoda: ¿eres fuerte porque quieres o porque aprendiste que no había otra opción?

Tal vez la revolución más íntima no es demostrar que puedes con todo.

Tal vez la verdadera revolución es permitirte no hacerlo.

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