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sábado, febrero 21, 2026

Julián, hace frío 

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PEDAZOS DE VIDA

Bebía para poder dormir, para poder trabajar, para poder vivir, bebía por el luto y también por los logros obtenidos (por muy pequeños que fueran), bebía para alcanzar las metas y trabajaba para beber, así fue la vida de Julián. 

En el rastro, la sangre se seca rápidamente en el patio, en la banqueta, en todo espacio que se encuentra a la intemperie, la carne no puede estar expuesta, debe tener un tratamiento rápido y mantenerse en refrigeración. El trabajo es arduo, “El Chalecos” decía que el trabajo “era su gimnasio”.

Julián era un personaje en el lugar, sin embargo, no era del agrado de todos, Aunque fuera crudo,  sus manos eran exactas con el cuchillo, parecía  cirujano de los buenos con bisturí, su mirada se concentraba en el trabajo,  parecía enfocarse en algo más allá de las cosas, algo que nadie más alcanzaba a ver. Se quedaba quieto frente a los ganchos vacíos, y observaba  cómo se balanceaban sin viento. Más de una vez imaginó su cuerpo como el de un cerdo pendiendo de arriba. 

Cuando dejó de aparecer, nadie pensó demasiado en ello. Había desaparecido antes. Incluso algunos de sus compañeros deseaban que se ausentara muchos días más para que al regresar lo corrieran, era bueno pero al final era un borracho que, al entrar en contacto con el alcohol, el trabajo pasaba a segundo término. 

Nunca se casó y por eso los chalanes decían que era “joto”. Una vez, “El Iguanas” se atrevió a insinuar esta situación y el Julián no tuvo que hacer nada, bastó con el silencio y hacer un corte perfecto de la carne, mostrársela al “Iguanas” y decirle, “quizá tenga que afilar bien el cuchillo para que tu carne culera se pueda rebanar como la de este cerdo”. 

El rastro continuó con su rutina de siempre: motores encendidos, canaletas abiertas, agua corriendo hacia las coladeras como si el edificio respirara por ellas. El refrigerador industrial permanecía al fondo, enorme y silencioso, tragándose la carne día tras día. Resguardando la materia que salía para la venta en diversos puntos de la ciudad. 

El alcohol le entumecía los dedos y el frío terminó de apagar la coordinación del cuerpo. Nadie supo exactamente qué ocurrió. Tal vez tropezó con una caja mal acomodada. Tal vez intentó sentarse un momento para recuperar el equilibrio. El suelo húmedo no perdona. Nadie supo el por qué entró al refrigerador, nadie lo sabrá jamás. 

Quedó atrapado detrás de una hilera de contenedores, en un hueco estrecho donde el metal formaba una falsa pared. Un espacio muerto que nadie tomaba en cuenta porque simplemente no se percibía. Cada inhalación parecía romper algo dentro del pecho. El vapor de su boca se volvió cada vez más tenue mientras buscaba apoyo con las manos, resbalando sobre grasa endurecida. Las vibraciones murieron absorbidas por kilos y kilos de carne suspendida. Afuera, los motores trabajaban con un zumbido constante que anulaba cualquier otro sonido. 

Esos momentos debieron ser de un gran dolor, de recordar que a unos metros había ganchos para morir colgado y en cambio, estar atrapado en un rincón  de un cuarto refrigerante, sin mayor dignidad ni gloria. Irte de este mundo con el dolor que roba el hielo, con el sentimiento que te hace temblar en busca de calor, un calor que únicamente encontró en las botellas de alcohol que a menudo bebía.

Fue más de un año después, cuando sucedió. Sí, claro que lo buscamos pero jamás nos imaginamos que estaba aquí dentro, una vez vino un hermano suyo, no sabíamos que tenía familia, vino a buscarlo sin saber que tenía meses sin venir,  en ese tiempo jamás lo encontramos.

La semana que desapareció,  falló el sistema de refrigeración, fue en la noche y nadie se dio cuenta. El agua corrió entre los rieles arrastrando sangre vieja. Algo debió moverse en el fondo, pero nadie estaba allí para verlo. Cuando repararon el sistema, el frío regresó como una orden inevitable. El cuerpo quedó sellado. Eso es lo que creemos, porque de otra forma quizá hubiéramos podido alcanzar a ver parte de su cuerpo o su ropa. 

Los días pasaron encima de él fueron meses en los que los  trabajadores entraban y salían cargando piezas, riendo, albureando, jugando y  también maldiciendo el cansancio. El refrigerador siguió llenándose y vaciándose.

Encima de donde estaba atrapado colgaron cientos de animales abiertos. La sangre goteó durante meses, filtrándose por grietas invisibles. El olor nunca levantó sospechas; allí todo olía a carne.

Pasó un año y como siete meses, el segundo fallo ocurrió durante la noche de verano. El sistema no resistió. El hielo acumulado comenzó a derretirse lentamente. El agua tibia buscó salida empujando restos olvidados hacia adelante. Cajas hinchadas se movieron primero. Luego huesos sueltos. Algo oscuro apareció detrás, liberado poco a poco de la presión que lo había mantenido oculto. El cuerpo salió como si hubiera estado esperando.

Encogido. Deformado por el frío prolongado. La ropa pegada a la piel endurecida. Las manos abiertas hacia adelante, congeladas en un gesto que parecía pedir ayuda o intentar arrastrarse todavía, por eso, te digo que nunca entres aquí, sin avisarle a alguien. 

Este lugar no es para juegos ni bromas, más de uno ha sentido que se queda dentro, dicen que el Julián sigue ahí, pero la verdad, no lo creo. 

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