“Un sofisma es preferible a la cruel verdad”.
Taylor Caldwell.
Hay libros que marcan para toda la vida. El máximo homenaje que el lector puede rendirles es volverlos a leer. Cada vez se descubren valores que pasaron desapercibidos la primera vez. Cuando un libro nos cautiva desde el principio y nos conduce con deleite por sus intrincados vericuetos conceptuales o literarios, se transforma en símbolo inseparable de nuestra personalidad, a perpetuidad. Si este fenómeno sucede, normalmente el interés no se queda en el volumen disfrutado: el espíritu, el hambre de letras, exigen más de lo mismo. Así se consagran los autores inmortales.
La Señora Taylor Caldwell (1900-1985), nació en Inglaterra, pero se formó en Estados Unidos desde muy temprana edad. Fue novelista precoz: dicen sus biógrafos que a la edad de doce años, en estado de trance, escribió La Leyenda de la Atlántida cuyo personaje central es Salustra, soberana de la mítica civilización que desapareció bajo las aguas, en algún lugar del Océano Atlántico. Otra mujer extraordinaria que la pluma de Caldwell inmortalizó es Aspasia, hermosa e inteligente hetaira, amante del gobernante griego Pericles, arquetipo de la libertad femenina en la imponente novela Gloria y Esplendor.
La Columna de Hierro es lectura obligada para todo abogado que tenga mínimo respeto por la cultura propia de su profesión. La vida, los discursos, la actividad jurídica y política de Marco Tulio Cicerón; sus pugnas tribunicias con Lucio Sergio Catilina, las cuales inmortalizaron a sus piezas oratorias conocidas como Catilinarias; todo esto en un grueso volumen que no tiene desperdicio. Dentro del mismo universo de la novela histórica, en La Tierra es de El Señor, la autora se ocupa de los primeros años en la vida de Gengis Kan, el fiero emperador de los mongoles.
En los portentosos relatos que se ubican temporalmente antes de Jesucristo, aunque en distintas geografías, se advierte un profundo espíritu religioso. Los protagonistas de todas las jerarquías realizan libaciones y homenajes para honrar en improvisados altares, la vaga idea de un Dios Desconocido.
Los textos que le inspira la figura de Jesús de Nazaret, son descripciones casi cinematográfica, de las diferentes tribus judías, así como de las influencias griega, romana y de otras culturas, en un contexto altamente cosmopolita, pluriétnico, pluricultural, plurilingüísta, en el cual las pugnas entre sectas eran el pan de cada día. El Arameo, lengua del Mesías fue, sin duda, hermoso vínculo de comunicación. En este contexto se inscriben dos grandes obras: Yo, Judas y El Gran León de Dios. La primera se anuncia como “La verdadera historia de Judas Iscariote contada por él mismo”. Dice que entre las ruinas de la famosa Biblioteca de Alejandría, un monje egipcio cristiano, recuperó un manuscrito que se salvó de las llamas: el diario del célebre personaje estigmatizado por el mundo cristiano como arquetipo del gran traidor. La segunda, explora en la vida de Saulo de Tarso, conocido como San Pablo, uno de los apóstoles más pasionales, cultos y conocidos del cristianismo primitivo. Todo el mundo reconoce su influencia en la evolución de la iglesia; en la historia y la cultura de occidente. También sus viajes, su martirio en Roma, y en general las profundas dudas que tuvo antes de su conversión al cristianismo y sus incursiones como misionero en los países de Medio Oriente y Asia.
En El Gran León de Dios, el lector se adentra en la extrema religiosidad judía; en su concepción absolutista del pecado; del amor a Dios, como único y excluyente sentimiento que borra y prohíbe cualquier otro.
Saulo de Tarso, ciudadano romano, con sangre judía, de poderosa cabellera roja, fría mirada, decisiones viscerales que lo hacían proclive a cometer actos de suprema crueldad en contra de su propio pueblo, fue perseguidor de Cristo y de los primeros cristianos. Odiaba sin límites. Su conciencia del bien y del mal era más bien dogmática. Conoció a Jesús y a su madre, la virgen María; sintió fuerte atracción por su presencia angélica y sobrenatural, aunque atribuyó esa fascinación al poder de ambos personajes como malignos brujos a los que había que destruir.
La fuerza del destino manifiesto; la predeterminación de ciertos seres, elegidos para consagrar su vida a Dios, en la mentalidad judía, se complicaban de manera incomprensible ante griegos y romanos, cuyas culturas los formaron en la racionalidad y el pragmatismo.
Pródigos en visiones de ángeles portadores de trascendentes profecías, los iluminados, describían escenarios terroríficos, como aquella espeluznante, pero hermosa escena: “Y lo vio a Él, de pie sobre una nube de oro en el desierto… estaba glorificado, transfigurado. Era el Hombre poderoso, el Hombre heroico y hermoso, con toda la monumental grandeza de su divinidad, majestuoso de rostro con el poder de sus ojos imperativos… – Yo soy Jesús, a quien tú persigues. ¿Por qué te revuelves contra mí?”… Desde entonces cambió la vida del apóstol; de perseguidor se hizo defensor, con toda la desconfianza que los pueblos sienten, con razón o sin ella, por aquellos a quienes consideran renegados o traidores.
Alguna literatura no pretende generar adeptos a determinado credo político o religioso. El camino se disfruta más que el destino mismo. Se puede coincidir o disentir en lo sustancial, pero el goce de las letras, el éxtasis de ciertos mensajes por su profundidad filosófica y/o poética, hacen de los grandes autores, auténticos guías espirituales para quienes tenemos el privilegio de conocerlos. Una sencilla muestra es lo que la Señora Caldwell dice de los hijos, por conducto de uno de sus personajes: “Nuestros hijos son extraños para nosotros. El parentesco es de sangre no de espíritu. Los vestimos con nuestra carne pero no somos padres de su alma. Podemos cultivar su amistad, pero si ésta se repudia no debe ser exigida. Un hombre no puede obligar a su hijo a que lo quiera, eso es imposible por mil impulsos ilógicos. Sólo puede pedirle respeto, que quizás sea de más valor. ¡Bendito sea el hombre que descubre en su hijo a un amigo!”.
Mayo del 2016.