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UN INFIERNO BONITO

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“EL BIGOTES”

Manuel “El Bigotes” era un trabajador de la Hacienda de Loreto de la Compañía Real del Monte y Pachuca. A la salida de su trabajo se metía a cualquier pulquería y cuando lo corrían se salía muy enojado y siempre le ponía unas madrizas de perro bailarín a su vieja, quien le tenía mucho miedo. En el barrio le decían “La Turista” porque siempre andaba con gafas  negras para que no le vieran los ojos de cotorra.

Pero un día su mamá le dio unos consejos. Le dijo que lo hiciera para que se vengara de él porque ya la había agarrado de su puerquito.

  • Mira, hija, a mí me da mucha tristeza cómo te pega el desgraciado. Te ha arrancado los cabellos a la mitad de la cabeza, luego las gafas que usas, pareces de esas muchachas que andan a la moda, sólo te falta que te pongas un  arete en el ombligo. Vas a seguir mis consejos al pie de la letra. Quizá traiga consecuencias, pero tienes que hacer algo. ¿Me lo juras?

  • Sí mamá, por mis hijos.

Al mediodía sonaba el silbato de la Hacienda de Loreto, y cientos de trabajadores salían hechos la chingada, a comer a sus casas, porque tenían que regresar a su trabajo a la una y salían a las 4 de la tarde. La mayoría se iban a comer a  su casa. Manuel “El Bigotes”, “El Tamales” y “El Chimuelo” llevaban su comida y se metían a la cantina “La Cueva” que se encontraba en la calle Felipe Carrillo Puerto, distante unas cuadras de su trabajo.

“La Múcura” era la cantinera y les calentaba la comida; les vendía pulque muchachero, del fuerte, y curado. Después de comer se fumaban un cigarro y se ponían a platicar. Dijo “El Tamales”:

  • Pinche “Bigotes”, estás muy serio. Casi ni comiste. Desde que llegamos no hablas. Estás muy pensativo. Te la has pasado con el hocico abierto. ¿Qué es lo que te pasa?

  • La verdad, estoy bien ciscado, parece que mi vieja se está volviendo loca.

  • Ha de ser de la chinga que le pusiste ayer.

  • No lo creo. Le he dado otras más duras y las ha aguantado.

  • Es que luego quedan sentidas. ¿Qué pasó?

  • Ayer en la noche estábamos platicando muy tranquilos, ella picaba la tortilla con un cuchillo de los que usan para matar a los puercos, y le pregunté:

  • ¿Les estás haciendo de comer a los pollos? Que me contesta bien encabronada:

  • Le estoy haciendo la comida a tu madre, es para la puerca.

  • Me dejó frío. Me cay que porque estaba en mi juicio me controlé, si hubiera estado pedo le pongo en la madre. Le dije:

  • Cálmate, vieja, no te pases. Se me quedó mirando con ojos de toro loco, me enseñó el cuchillo y me dijo:

  • Te voy a matar, cabrón, ya me sacaste de onda. Cuando te duermas, primero te voy a capar y luego te clavo el cuchillo en el corazón, luego te hago cachitos y se los doy a los perros. Me la debes, no creas que se me olvidó que me pegaste.

  • Se me acercó con el cuchillo en la mano, se me enchinó el cuero. Me dio mucho miedo, pero me salvó la campana cuando chilló mi hijo el más chiquito. Lo cargó y le dio su chichi, le cantó una canción, y como no se quería callar, lo aventó a la cama, que el niño cayó al suelo rodando por el otro lado, y que le dice:

  • ¡Cállate, pinche escuincle chillón! Ya me tienes hasta la madre. Tú y tu pinche padre me están enloqueciendo, pero les voy a dar en la madre a los dos.

  • Que lo levanta y pum, pum, pum, que le pone sus madrazos. Se lo quité de las manos, si no lo hubiera ahorcado. Ya lo tenía agarrado del gañote. Que me encabrono y que le digo:

  • Pinche vieja loca.

  • Me dio un aventón y caí de nalgas con todo y niño, hasta paré las patas pero no lo solté. Ella aprovechó para darme de patadas en la cola. Fue con tanto coraje que me las inflamó. Miren.

“El Bigotes” se bajó el pantalón con todo y calzón, y les enseñó las nalgas a sus amigos.

  • ¡Ay güey! Las tienes todas moradas.

  • Pero lo que me encabronó fue que dejó al niño en el suelo. La quería agarrar de las greñas, pero me madrugó; me las jaló con todas sus fuerzas, que me arrancó un montón de pelos. Me rasguñó la cara y luego me dio un faul, que me dejó con las bolas hinchadas. Si quieren se las enseño.

  • No ni madre. Mejor sigue contando.

  • Se carcajeaba como pinche loca y me gritaba a todo lo que daba, que espantó a los perros, que no dejaban de ladrar.

  • Te voy a matar, cabrón. Cuando te duermas te voy a matar. Es mejor que te la pases en vela.

Sus compañeros lo miraban incrédulos, pues conocían al “Bigotes” y sabían que era muy despiadado para pegarle a su vieja. De bulto comenzó a platicarles, enseñándoles cómo le hizo.

  • Que le pongo un gancho al cuajo, luego un recto a la quijada, que se me agacha y que la levanto de un oper en la punta de la barba y la noqueo. Cayó como mula. La cargué y la subí a la cama. Le hice su mamila al niño para que no chillara y la fuera a despertar. Medio que me dormí porque recordé sus palabras de que me iba a dar en la madre cuando me durmiera. Despertó a medianoche. Se levantó, no sé si se hizo pendeja, pero me preguntó:

  • ¿Qué me pasó?

  • Te caíste de la cama por estar de berrinchuda. Cerró sus ojos sin moverse. Me asomé despacito y vi que los tenía abiertos. Pensé que esperaba a que me durmiera, y me la pasé con el ojo pelón. No he dormido nada. Tengo miedo de que me mate. Me levanté, agarré mi guangoche, eché la comida y me vine a trabajar; pero tengo un chingo de miedo. Mi suegra está loca. A lo mejor mi vieja lo heredó.

Le dijo “El Chimuelo”:

  • Yo que tú, la hubiera dejado amarrada de las manos y de las patas, no vaya a ser el diablo que cuando llegues, le dé otro ataque de locura y te raje cuanta madre tienes; incluso te puede cortar los bigotes.

Se metió a la plática “La Mucura”, y le dijo:

  • Lo que pasa, don “Bigotes,” es que a nosotras las mujeres, muchas veces nos sacan de onda tantos problemas que tenemos. Hacer la comida, el quehacer, las enfermedades de los niños, el no tener dinero para la papa, y luego las chingas que nos dan. Eso puede dejar mal de la cabeza, hasta llegar a la locura.

Manuel, se acomodo los bigotes, estaba muy preocupado, sonó el silbato y se fueron a trabajar.

  • Muchas gracias, “Múcura”. Mañana le caemos a la misma hora.

  • De nada, don “Bigotes”. Y cuídese. Muchas veces ustedes nos agarran dormidas, y ahora se lo pueden agarrar a usted.

Manuel salió de su trabajo y se fue derechito a su casa. Entró con cuidado a la cocina y encontró a su vieja haciendo la comida, y le dijo:

  • Siéntate, amor. Te voy a dar un mole de olla, que te vas a chupar las uñas.

“El Bigotes” estaba desconcertado por la actitud de su señora. El sueño lo vencía, pero se aguantaba. De momentos se quedaba con los ojos cerrados como pollo, pero de repente se levantaba y para no dormir se lavaba la cara. Tenía mucho miedo de que el sueño lo venciera y su vieja lo mandara al valle de las calacas. Se fue doblando hasta que cayó en la cama. Se estiró un buen rato. Cuando el sueño lo estaba venciendo, vio que su vieja se paró y fue a la cocina por un cuchillo y lo metió debajo de la almohada. “El Bigotes” se levantó hecho la chingada y se sentó en una silla del comedor, y así pasó toda la noche. Fue a trabajar y les contó a sus amigos:

  • Otra vez mi pinche vieja trató de matarme. Llevo tres días sin dormir. Ya me caigo de sueño.

Le dijo “El Tamales”:

  • No creas que trato de asustarte, pero mi suegra en esa forma le dio en la madre a mi suegro. Tiene muchos años que la anda buscando la chota y no la ha podido encontrar.

Le dijo “El Chimuelo”:

  • Antes de que te mate, mátala a ella. Le dices a la policía que fue en defensa propia.

  • No creas que es tan fácil. Mi vieja anda a las vivas. No me quita los ojos de encima. Ya llevo otro día sin dormir. Me ha amenazado que adonde quiera que me vaya me va a buscar, que no me le voy a escapar.

  • Pues debes hacer algo, pinche “Bigotes”. Ya tienes los ojos de cachucha. Pareces burro lechero: te duermes parado. Me preguntó el jefe que si estabas chipil, porque caminabas como mujer recién parida.

  • Lo que pasa es que fui al baño y me quedé dormido por unas horas Las patas se me acalambraron de tanto estar sentado, y no me pedía parar; no sé quién jijos de toda su madre me aventó una cubeta de agua.

“El Bigotes” llegó a su casa casi arrastrando las patas. Estaba amarillo. Parecía muerto fresco de tanta desvelada, ojeroso, y sus bigotes parecían de perro enfermo por el miedo. Como no dormía, hacía los ojos de camaleón. Un día, su vieja, aconsejada por su mamá, fingió un ataque de locura y cuando “El Bigotes” se acostó en una silla y estaba cabeceando, a punto de dormirse, se le apareció su vieja con el cuchillo en la mano, y le dijo:

  • ¡Te llegó tu hora, pinche “Bigotes”!

Al verla “El Bigotes” se levantó y salió hecho la chingada, que se pegó en la cabeza con el marco de la puerta y cayó de madrazo. Se levantó y siguió su camino por el patio, corriendo como loco, correteando a los perros, y nuevamente se cayó. La señora salió y le ayudó a levantarse, metiéndolo a su casa. Le dijo que se acostara y se durmiera, que no le iba a hacer nada. “El Bigotes” se negaba y la señora lo acostó a huevo. El pobrecito de Manuel durmió tres días consecutivos. Cuando despertó, por el susto le dio diabetes, y al poco tiempo murió. Su suegra se puso contenta, y le dijo a su hija:

  • Ni aguantó nada el cabrón. Eso le pasó por golpearte como lo hacía. Y le costó que se lo llevaran los diablos.

Como estaba muerto, entre su vieja y su suegra lo fueron a aventar a una zanja de las que abre Caasim y no las tapa. Algunos vecinos avisaron a la policía, y cuando llegaron le preguntaron a su vieja que si lo conocía. Les dijo que no. Se lo llevaron al Semefo, donde estuvo varios días y como nadie lo reclamó, lo echaron a la fosa común del Panteón Municipal.

Sus amigos lo tomaron como ejemplo. Dejaron de beber y vivieron felices con sus viejas. Jamás las golpearon.

gatoseco@yahoo.com,mx