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UN INFIERNO BONITO

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NETO “EL CERRILLO”

Ernesto “El Cerrillo” era muy trabajador, trabajaba en la Hacienda de Loreto como aprendiz, le decían así porque era pelirrojo y pecoso, tenia 15 años de edad. Esa era la desconfianza de su papá “El Trompas”, que trabajaba en la mina de San Juan Pachuca.

Cada que llegaba  a su casa, como siempre andaba borracho, le echaba bronca a su señora. Los dos parecían disco rayado.  Él decía que por qué había salido así, si todos los demás de sus hijos eran prietos como pinacates, cuando le preguntaba a su señora, ella le contestaba enojada:

  • ¡Ya te lo he dicho una y mil veces! Ernesto abuelió. ¡Así era mi papá!
  • ¡No me hayas puesto el cuerno, porque entonces sí te rajo la madre!
  • Ya cállate borracho, esto es lo mismo de siempre ¿Cómo crees? Te lo vuelvo a repetir,  salió así porque mi padre, que no conociste, era pelirrojo, le decían “El Loquillo” si no pregúntale a mi mamá.
  • ¿A poco crees que me lo va a decir la pinche vieja alcahueta?
  • No te metas con mi mamá, porque vamos a salir mal, mejor déjalo así, dices que Ernesto no es tu hijo, piensa lo que quieras. Ya me tienes hasta la madre que cada que vienes borracho, me lo reprochas. ¡Tiene 15 años que siempre es lo mismo!
  • ¡Calmada vieja! No me vayas a pegar.
  • ¡Eso es lo que mereces! Tu hijo te quiere mucho, pobrecito, me da todo lo que gana en el trabajo y me ha dicho que mereces descansar, te va a dar una lana para que te vayas de vacaciones. Te ve acabado, porque cree que estás viejo, pero no sabe que es por las borracheras. La próxima vez que me vuelvas a ofender, me cae que te voy a dar un tejolotazo en el hocico, nada le hace que quedes más trompudo.
  • ¡No te chispes, vieja! La desconfianza es porque los otros hijos están prietos.
  • ¡Porque se parecen a tu familia y el más chiquito, pobrecito, fue el que pagó el pato, es tu mismo retrato y le dicen “El Trompudo”, ya deja las cosas como están y duérmete un rato, mientras se te baja la borrachera.

Mientras ellos alegaban, “El Cerillo” muy contento, jugaba dominó con sus amigos en la cantina.

  • ¡Tírale pinche “Cerillo”! Estamos jugando dominó, no ajedrez. A mí se me hace que piensas en Lolita, la hija del Molinero. ¿Por que no le llegas de una vez?
  • Lo que pasa es que le tengo miedo a don Fausto, cuando llega borracho, a grito abierto dice que le va a dar de balazos a quien se le acerque a su hija.
  • ¡No le tengas miedo! Perro que ladra, no muerde, le echas a tu jefe, de un trompazo lo desmadra.
  • ¡No te metas con mi papá!
  • ¡Mira allá va Lolita! No seas pendejo, alcánzala y suéltale los perros. Pero córrele antes de que se vaya.

“El Cerrillo” salió de la cantina como alma que lleva el diablo, se cayó, se levantó y siguió su loca carrera, tenía mucho tiempo que estaba enamorado de Lolita, una chamaca bonita y  bien buena. Haciéndole caso a su amigo “El Gallo”, la alcanzó.

  • ¿Dónde vas Lolita?
  • ¡En el suelo! 
  • ¡Te estoy hablando en serio, te acompaño!
  • No, porque no me gustan los borrachos.
  • Yo no tomo, verdad de Dios. Si me meto a la cantina es para jugar dominó y platicar con mis cuates.
  • ¡Mejor mañana nos vemos en el callejón! Mi papá no ha llegado a la casa.
  • ¡Quiero que seas mi novia! ¿Aceptas?
  • ¡Mañana hablamos!

“El Cerillo” entró muy contento a la cantina y le dijo al “Gallo”:

  • ¡Parece que ya se me hizo con Lolita! Me dio esperanzas.
  • ¡Ay, pinche Cerrillo! ¿Quién te viera con esa cara de pendejo? Esto merece un brindis, vamos a echarnos una cuba.
  • ¡Ya sabes que no tomo!
  • ¡Pero esto lo amerita, güey!

A tanta insistencia de su amigo, “El Cerillo” agarró el vaso de la cuba, cuando se la estaban cruzando, entró a la cantina don Fausto, el papá de Lolita, un viejo gruñón, que siempre andaba de malas, a cualquiera insultaba, pero nadie le decía nada, porque cargaba una pistola, al verlo, “El Cerrillo” se ahogó, sus amigos le pegaron en la espalda, con los ojos llenos de lágrimas, trataba de tomar aire, “El Cerillo” quería hablar, con trabajos dijo.

– ¡Mejor me voy!

– ¡Te vas madres, como echaste a perder la cruzada es castigo! Y va 

   doble, o te la echo en la cabeza.

Al estar forcejeando, fueron a chocar con don Fausto, que les dio un aventón y les dijo:

  • ¡Conmigo no se metan, babosos!

“El Cerrillo” se salió de la cantina, para evitar enfrentamientos con el viejo. Al otro día se encontró con Lolita, en el callejón, se hicieron novios y se besaron. Lolita le dijo:

  • ¡Siempre me has gustado para novio! Pero nunca te di oportunidad por mi padre, luego creo que está loco, le pega a mi mamá y la corre de la casa, el otro día le aventó un balazo, que le voló una oreja.

“El Cerrillo” trataba de calmarla:

  • No te preocupes, nos veremos a escondidas y cuando encuentre la oportunidad le pido permiso, para que ande contigo a lo derecho.
  • ¡Ni te arriesgues, es que tú no lo conoces!

De ahí en adelante, “El Cerrillo” no perdía oportunidad de llevarla al callejón oscuro, darle besotes y unos abrazos fuertes y así, siguieron durante semanas, viéndose en el callejón del barrio de la Palma. Pero un día llegó don Fausto a su casa y le preguntó a su mujer:

  • ¿Dónde anda Lola?
  • ¡Fue por el pan!
  • ¡Son las 9 de la noche, voy a buscarla!
  • ¡Deja la pistola! ¿para qué te la llevas?

Sin darle contestación, don Fausto sacó una lámpara y anduvo por varios callejones, ya le habían dicho que un muchacho se la llevaba a echar abrazo y beso, hasta que los encontró, se paró enfrente de ellos. Echándoles la luz en la cara:

  • ¿Conque con este borracho andas perdiendo el tiempo?
  • ¡Papá! Déjame explicarte, para decirte que él no toma, es mi novio y nos vemos aquí para que no nos vieras, tampoco te ha hablado, porque te tiene miedo.

Don Fausto echaba chispas A su hija le dio un jalón de greñas, y la aventó contra la pared, “El Cerrillo” se le aventó tratando de defenderla y en el silencio de la noche se escuchó un disparo. Y llantos de la muchacha, Don Fausto corrió a su casa, llevándose de las greñas a su hija, mientras que los vecinos fueron avisarle al “Trompas”, que ya le habían dado en la madre a su hijo “El Cerrillo”

– ¡Mataron a Ernesto!

– ¿Quién?

– ¡Don Fausto, el molinero!

Juan “El Trompudo” entró a la cocina, sacó un cuchillo cebollero y sin entender razones fue directo a la casa de don Fausto, como sabia que el viejo cargaba pistola, tocó la puerta  y al momento en que le abrió, le dio de puñaladas, que le atravesó el corazón, ni tiempo le dio de agarrar la pistola.

Se armó un desmadre, don Fausto estaba tirado con la mirada al cielo, se juntó mucha gente, llegó la policía, fueron a la casa del “Trompudo” y sin decir palabras, a macanazos se lo llevaron, estuvo en la cárcel muchos años pagando su crimen y no se arrepintió, decía muchas veces que lo hizo porque así vengó la muerte de su hijo “El Cerrillo”.