“El AZOTADOR”
Luis “El Azotador” era muy parrandero, todas las noches llegaba borracho a su casa, que se encontraba en la vecindad del callejón de Manuel Doblado, en el barrio de la “Palma”. Un día que iba llegando, eran cerca de las doce de la noche, los perros no dejaban de ladrar, el viento soplaba muy fuerte, pareciera que quisiera arrancar los árboles de cuajo, y levantaba las láminas de las azoteas de las casas.
Se escuchaba el correr de un caballo a todo galope y quienes lo escuchaban, se les arrugaba el cuero.
Los niños se acurrucaban con sus madres y ellas rezaban una plegaria para que no se los llevara el hombre sin cabeza, que noche a noche, por toda la vecindad, los andaba buscando.
Una vez que Luis llegó a su casa, le dijo a su señora:
- ¡Vieja! ¡Ve a traerme una cerveza!
- ¡Ya es muy noche! No la amueles, escucha los perros. ¿Por qué si vienes de la calle, no la compraste? El callejón está muy oscuro, escucha los perros que no dejan de ladrar.
- ¿A poco tienes miedo?
- ¡La verdad sí! La semana pasada llegó “El Charrito” cayéndose de borracho en el callejón, y se le apareció una sombra, que hasta el cuete se le bajó, llegó corriendo a su casa, en esos momentos doña Lola, al abrir la puerta, se la llevó de corbata y le abrió la cabeza.
- ¡Tú no hagas caso de lo que te diga la gente! Ya ves que la otra vez decían que en la vecindad había una bruja, que salía a las 12 de la noche y resultó que era tu mamá, que salía al baño.
- ¡Te la voy a traer para que no estés chingando! Para la otra vez, la compras tú.
- ¡Ve a traerla y no seas miedosa, llévate un palo y si ves alguna sombra, se lo azorrajas!
La señora salió con mucho miedo por el callejón, como es angosto y empedrado, y no había luz eléctrica después de las 10 de la noche, nadie salía de sus casas, con temor a que las espantaran, pues por ahí se escuchaba decir que a medio callejón salía una sombra y no los dejaba pasar.
Doña Carlota, la señora del “Azotador”, sintió que se le acercaba la sombra, le dio un escalofrío, y con mucho miedo, rezó en voz alta:
- ¡Ave Maria Purísima! Dios mío, te pido que devuelvas a este pinche diablo a los infiernos, enciérralo al cabrón, para que no venga a espantar a la gente de este mundo.
La señora escuchó una voz, que la paralizó.
- ¡Órale señora, no me confunda con el diablo, soy yo, Lucio!
- ¡Qué susto me dio! Por un pelito de rana lo desmadro de un botellazo. A ver si no me hace mal, porque tengo que darle de mamar a mi chavito, mire, estoy temblando, se me puso la carne de gallina y tengo ganas de hacer de la chis.
- ¡Lo siento mucho, Carlotita, no quise espantarla, pero, ¿a dónde va a estas horas?
- ¡Voy a comprarle una cerveza a mi señor! Parece que está de antojo.
- ¡Ya todo está cerrado, son las 12 de la noche!
- ¡Le voy a tocar a Manuelita! Luego se duerme tarde por ayudarle a sus hijos burros, a hacer la tarea.
- ¡Ni le arriesgue! Don Ramón tiene un genio de la patada, y en lugar de venderle la cerveza, le va a mentar la madre, porque los va a despertar, si quiere yo la acompaño a casa “Tila”, no vaya a ser que le salga el muerto y se la empine.
- ¡Se lo agradezco mucho, pero ya ve cómo son las malas lenguas! La gente que nos vea juntos a esta hora, va a pensar que le andamos dando maroma a mi viejo, y se nos puede armar la bronca.
- ¡Bueno, aquí la espero, a la entrada del callejón!
Doña Carlota, caminó muy aprisa, cuando regresó de comprar la cerveza, encontró a don Lucio dormido, estaba roncando.
- ¡Don Lucio, don Lucio! ¡Vámonos!
- ¡Ah, chinga! Me aventé un coyotito. ¿Dónde le vendieron la cerveza?
- ¡Ahí, con la pinche vieja de doña Tila! Me puso como palo de perico y por poco me agarra a cachetadas por despertarla.
- ¡Esa señora es así!
- ¡Vamonos don Lucio, con usted no tengo miedo de subir el callejón, que está muy oscuro, parece boca de lobo.
- ¡Yo le voy a decir una cosa, Carlotita! Yo no tengo miedo, ni al diablo, mucho menos a un pinche muerto, le tengo más miedo a mi vieja que cuando se enoja, me azorraja lo que encuentra.
Subieron el callejón platicando y a la entrada de la vecindad, le dijo la señora:
- Muchas gracias don Lucio, le agradezco que me haya acompañado Tenga usted mucho cuidado, no le vaya a salir la bruja.
- ¡Hágamela buena, señora, si me sale, la cambio por mi vieja!
Doña Carlota entró a su casa, como estaba todo oscuro, se escuchaban los ronquidos de su viejo, tanteando atrancó la puerta y en la oscuridad caminó, estirando las manos, para no chocar con la pared, pero su sexto sentido le falló, se tropezó con una silla y se fue de boca, el ruido despertó a Luís “Al azotador”:
- ¿Quién anda ahí?
- ¡Ay! ¡Soy yo, me caí!
- ¿De qué te sirven los ojos de pescado que tienes en las patas? Prende la luz, no seas pendeja, el día que me muera, no vas a saber ni pelar un chile.
- ¡Préndela tú, mientras me sobo la espinilla! ¡Me duele mucho!
- ¿Por qué te tardaste tanto, chinga? Pensé que habías ido a la fábrica de cervezas, ¿o te fuiste de rodillas?
- ¡Todas las tiendas están cerradas! Ya pasa de la medianoche, le estuve rogando a doña Tila, que me la vendiera. y tú si ya ni la amuelas, vengo y te encuentro dormido.
- ¡Te tardaste, la cerveza era para ese momento, ya se me quitó la sed! Mañana me la tomo en ayunas.
A la señora Carlota se le pararon los pelos, se puso negra del coraje, se acercó a su marido, le destapó la cerveza y le habló muy fuerte:
- ¡Te la vas a tomar ahorita! ¡Te la tienes que tomar a huevo! Me costó mentadas y sustos para que me salgas con la mamada que se te quitó la sed. ¡Tómatela Luis! Tómatela.
- ¡Te digo que mañana, no estés molestando!
Doña Carlota permaneció de pie, cerca de la cama, sin quitarle la vista y se la dio en la mano:
- ¡Tómatela!
“El Azotador” la recibió y la dejó en el suelo, la señora le quitó las cobijas, con todas sus fuerzas le dio un botellazo en la cabeza.
- ¡Ahora te la tomas cabrón, porque yo digo, si no, aquí te parto la madre!
- ¡Mañana!
Doña Carlota estaba muy furiosa, agarró la botella y con todas sus fuerzas se la azorrajo varias veces, abriéndole la cabeza, dejándolo noqueado. Le gritaba en la oreja:
- ¡Tómatela cabrón, te la tienes que tomar!
Al escuchar sus gritos de loca, los perros no dejaban de ladrar, llegaron varios vecinos y se la quitaron de encima, ella gritaba:
- ¡No es justo! Me manda por una cerveza, y no se la toma. Pero ahora te la vas a tomar a huevo.
Y lo siguió golpeando. Entraron al quite los vecinos, agarrándola, se había vuelto loca. “El Azotador” quedó noqueado, llamaron a la ambulancia y se lo llevaron al hospital, donde quedó internado. Pasaron los días y todo estaba tranquilo, ellos habían hecho las paces, olvidándose de aquel día que ella se había vuelto loca.
Un día llegó Luis a su casa, cerca de la 9 de la noche, se sentó a merendar y la señora le dijo.
- ¡Si quieres voy por una cerveza!
“El Azotador” se levantó de la silla, hecho la chingada y moviendo las manos, le dijo:
- ¡No, no vayas, ceno con cafecito!