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UN INFIERNO BONITO

BRAULIO “EL CIEGUITO”

En el barrio de La Palma, en el callejón de Manuel Doblado, en una de las vecindades vivía Paula, una mujer que tenía cuatro hijos. Le decían la “China” por no peinarse; era chaparra. Se ganaba la vida lavando y planchado ajeno. Siempre andaba nerviosa por las crudas. Un día, de momento, comenzaron a ladrar los perros. Se escuchó un silbato del cartero, y en enseguida gritó:

  • ¡Paula García!

Se paró hecha la chingada:

  • Soy yo, señor.

El cartero le entregó la carta. Muy pensativa, la leyó y dijo:

  • ¡Ah, chinga! ¿Quién me escribirá?

Muy tranquila se sentó a medio patio a leer la carta. Cuando terminó sacó los ojos y le gritó a su hijo Enrique:

  • ¡Quique! ¿Dónde estás?
  • En el baño, jefa.
  • Me lleva la chingada, tú siempre cagando cuando más te necesito. Arreglas la casa porque vamos a tener visitas. Lavas los trastes; ahorita vengo, no me tardo.

Doña Paula se bajó corriendo por el callejón, y como está de bajada, no pudo frenar y se llevó de corbata a su comadre Concha, que la mandó de nalgas, con todo y mandado, cayendo encima de ella, parando las patas y pegándose en la cabeza. Se levantó enojada, bajándose el vestido que le llegó a la cara:

  • Fíjese como corre, comadrita, ya me chingó. Se me quebraron los huevos y quedó todo mi mandado regado. Está usted pisando una bolsa donde traigo mis tortillas.
  • Perdóneme por el mulazo que se dio, comadrita, pero voy de prisa a la Central de Autobuses, a esperar a mi primo; se murió mi tía y quedó solito el pobrecito.
  • Le hubiera dado la dirección para que llegara solo.
  • Está cieguito.
  • Hay comadre, cómo se mete en problemas, para qué quiere un niño ciego.
  • No es un niño, ya está grandote, tiene 50 años.
  • ¿Qué va hacer con un ciego en su casa?
  • Ni modo de abandonarlo, es de mi raza. Luego veré qué hago con él. Mientras recoja sus jitomates que están junto a la caca del perro. Luego nos vemos.

Paula llegó a la central y anduvo buscándolo hasta que lo localizó que estaba sentado en una banca. Se le acercó y le preguntó:

  • ¿Tú eres Braulio?
  • Sí.
  • Yo soy Paula, tu prima.
  • Dame un abrazo, Paulita, tiene años que no nos veíamos.
  • No seas mamón, vamos para la casa.

La señora llegó a su casa jalando a su primo invidente. Era muy tonto, a cada rato se tropezaba y se caía. Era de esos ciegos que no sabían valerse por sí solos.

  • Ponte buzo, primo. A ver, cuéntame cómo murió mi tía.
  • Pues verás, vivíamos en la colonia Romero Rubio, al atravesar la calle un camión le dio en la madre, por más que le hice la lucha no pude arreglar que me dieran una indemnización por su muerte. Me las vi muy negras varios días, me la pasé sin comer hasta que una comadre de mi jefa me llevó un itacate. Entre las cosas encontró tu dirección y ella misma te envió la carta. A mí me fue a dejar en la central. Le dijo al chofer que por favor me sentara en la Central de Autobuses en Pachuca, me dijo que no me moviera hasta que llegaras.

Varios días estuvo platicando con él de sus cosas, pero luego se dio cuenta que lo que tenía de ciego lo tenía de tragón, y le dijo:

  • La verdad primo, con mucha pena te digo que estoy jodida. No tengo dinero. Lo que gano en lavadas te lo chingas en un almuerzo. Tienes que buscar tu vida.
  • Pero cómo.
  • Pidiendo limosna.
  • Pero quién me va a llevar.
  • De eso no te preocupes, Quique te puede llevar.

El muchacho protestó:

  • Yo no lo llevo, jefa, cuando lo acompañé al baño se cayó encima de mi que me torcí una pata.
  • Cómo chingados no. Tú lo vas a llevar. Desde este momento te nombro Lazarillo oficial de mi primo, así es que ponte a ensayar con él porque mañana, muy temprano, se ponen en chinga loca. Llévalo por todo el patio, poco a poco lo vas bajando al barrio.

Enrique era el hijo mayor, tenía 10 años. Si le protestaba a su jefa, lo desmadraba, tenía que obedecerla. Llegó el momento en que Braulio fuera a pedir limosna, y la señora le dio instrucciones a su hijo:

  • Llévalo por el centro o por donde haya gente.

Quique le dijo al cieguito:

  • Póngase abusado, tío, al caminar levante las patas como los soldados cuando marchan, paso corto para que no se tropiece.
  • Tenme paciencia, hijo, creo que si practicáramos unos dos años estaría listo para salir a pedir limosna, pero mi prima se violentó y quiere que lo hagamos ahora.

La señora sacó un morral grande que se lo colgó en el hombro al cieguito, y le dijo a su hijo:

  • Es hora de partir, de ti depende que comamos bien. Ya te dije que lo lleves por las calles donde pasa la gente. Si te cansas lo paras en la puerta de la iglesia. Cuando veas que el morral está lleno de monedas se regresan y los espero con la comida lista.

Salieron a las 8 de la mañana, regresaron hambrientos a las 8 de la noche. La señora los esperó en la puerta. Le quitó el morral a su primo, lo vació en la mesa, hizo gesto cuando los contó: eran 20 pesos. La china se enojó.

  • Pinche gente tacaña. ¿Cómo es posible que todo el día y nada más esto? Ya ni la chingan, no ayudan a los cieguitos. No sacamos ni para la leche y el pan. Por hoy se quedan sin cenar, ya habrá tiempos mejores. Espero que agarres callo, primo, y ganes los pesos para que te compre unos cacles nuevos porque los que traes ya están haciendo tierra, se te salen los dedos.
  • Es que en Pachuca la gente es coda.

Pasaron los días, las semanas, los meses, y la situación del cieguito no mejoraba. Apenas sacaba para medio comer. El que protestaba era el niño, que le dijo a su mamá:

  • Yo ya no lo llevo, jefa, ayer mi tío me pegó con el bastón. Lo dejé parado en la puerta de la iglesia mientras busque a dónde hacer de la chis. Cuando regrese él se había orinado en los pantalones. Me dijo de groserías. Lo tuve que sentar en el solecito para que se secara.
  • Aguántalo un tiempo más. Dice que nada más junta una lana y se va para México.
  • Eso dijo desde hace un año.
  • Tenle mucha paciencia, como dice Kalimán. Yo sé que mi primo se desespera, pero dispénsalo, no ve lo que hace.
  • Nada más porque es mi tío, pero por Dios, que me dan ganas de aventarlo.
  • Anda, ve con él y no protestes.

Un domingo Paula arregló al cieguito, le puso un saco que tenía guardado,  lo peino y le dijo a Quique:

  • Llévalo al centro, por la calle de Guerrero, lo pasas por la calle de Matamoros, esperas que salgan de misa, ayúdalo, dile a la gente que el señor está cieguito y no ve.

Salieron de mal humor, era mediodía y no le daban ni un solo peso. Eso desesperó a Braulio, y le dijo a Enrique:

  • Llévame al mercado.
  • Allá no tío, choca con la gente y lo tiran.
  • ¡Que me lleves con una chingada!

El muchacho se desquitó, lo llevó muy aprisa, luego se paraba y lo seguía haciendo hasta que sintió un golpe con el bastón.

  • No me veas la cara de pendejo, te estoy ordenando que me lleves al mercado.
  • Para allá vamos, no coma ansia.

Pasaron junto a una carnicería donde estaban haciendo carnitas, el olor era muy agradable. Como no habían desayunado se les hacía agua la boca. Quique se paró en la puerta de la carnicería, le hizo señas al carnicero, a manera de pedir unas carnitas para el ciego. El carnicero le dijo que no. El niño se quedó un rato más para no perder el aroma de la carne. Se metió a la  carnicería y le dijo al señor:

  • No sea malo, regálenos un taquito de carnitas.
  • Ya te dije que no, lárguense que estorban a los clientes.

Muy triste agarró a su tío, caminaron por el lado del mercado Primero de Mayo. Pero en la ropa se le quedó impregnado el olor a carnitas. Más adelante el cieguito le dijo:

  • Dame de las carnitas que te dieron.
  • ¿Cuáles? El carnicero no quiso
  • Cómo que no, si te estoy oliendo.
  • El olor se quedó en la ropa, tío.

Braulio lo golpeó varias veces, con su bastón, en la cabeza, que le sacó sangre. Enrique lloró en silencio. Por el coraje, lo subió por la calle de Ocampo donde había un mirador. Se subieron por atrás y lo puso en la orilla. Tenía como 8 metros de altura y le dijo:

  • Aquí hay una zanja, tío, están abriendo el drenaje, tiene que brincar.

El ciego, con el bastón moviéndolo de un lado a otro, sintió el vacío y le preguntó:

  • Cómo cuánto tiene de ancho para calcular el brinco.
  • Es como medio metro, brinque y yo del otro lado le doy la mano. Pero échese para atrás para que se encarrere.

El cieguito echo unos pasos hacia atrás y luego saltó. Quique lo vio cómo cayó al suelo y rodó, quedándose quieto. La gente llamó a la ambulancia para que se lo llevaran al hospital. Antes de que lo subieran, Enrique le dijo a su tío:

¿Verdad que no es lo mismo ver que oler?

Quique llegó a su casa y le platico a su mamá el accidente que había sufrido su primo, y ésta le preguntó:

  • ¿Dónde está?
  • Se lo llevó la Cruz Roja al hospital.
  • En la madre. ¿Ahora qué hacemos? Acompáñame al hospital.

Llegó y le dijo a la trabajadora social:

  • Perdone, señorita, hace rato trajeron a un cieguito.
  • ¿Es su familiar?
  • No, pero dicen que vino de visita. Esta es la dirección de donde vino, allá lo pueden llevar en cuanto se alivie.
  • Veremos qué podemos hacer.
  • Gracias, señorita.

Salieron y doña Paula le dijo a su hijo:

  • Ya chingamos, hay que se hagan bolas.