“LOS VECINOS”
Después de llegar a la vecindad de Manuel Doblado, en el barrio de La Palma, de una fiesta en el barrio del Arbolito, como ya venían picados, Juan y su vieja Rosario, don Gregorio y su vieja Hermelinda, siguieron chupando, el sábado, en la vecindad.
Decidieron seguirla y hacer una lunada afuera de su casa, se les había entablado la briaga, pues chuparon parejo, como recién nacidos, le atizaban a la lumbre y dijo don Juan:
- ¡Me cae que los tiempos están cambiando! Ya ves que la primavera nos trae primero calor, luego frío, ¿Cuándo has visto llover en el mes de marzo?
- ¡Yo compré una botella de tequila de a litro, por si hace frío!
- ¡Sácala y le damos en la madre!
Dijo la señora Rosario:
- ¡Yo tengo frijolitos fritos! Voy a hacer unos tacos.
- ¡Yo la acompaño!
- ¡Si vieja, acompáñala, para que no se tarden, porque ya hace hambre!
Dijo Juanito:
- ¡Un día, en lugar de estar aquí en el patio, nos vamos de lunada al Valle de las Ventanas, del Chico. Por allá está a toda madre.
- Con esta son varias veces que me dices, pero nunca lo llevamos a cabo.
- ¡Es que quedan lejos! Mejor desde aquí vemos la luna, y nos podemos meter a nuestras casas cuando queramos. Allá los ejidatarios, te cobran hasta por orinar. Échale otro pegue de tequila a mi café.
Llegaron las mujeres con los tacos.
- ¡Órale! ¡Éntrenle antes de que se enfríen!
Los cuatro se juntaron alrededor de la fogata, parecían apaches, temblaban como perros de frío, pero les gustaba hacer lunadas afuera de su casa. Les dijo don Gregorio:
- ¡Me contaba mi jefe que por ese rincón de la vecindad, todas las noches salía un chivo negro, con ojos que aventaban lumbre, a cualquiera que encontraba, le daba un tope y lo mataba, decían que era el diablo
- ¡Ay, nanita!
Dijo doña Hermelinda:
- ¡Ya cállate Gregorio! No menciones al malo, tan sólo de oírlo se me pone la carne de gallina.
- ¡No tengas miedo, vieja! Si ahorita sale, me pongo en la madre con él.
Dijo doña Rosario:
- ¡Ay, Dios mío! Están ladrando los perros, mejor vamos a meternos a la casa. Ya se soltó el aire.
- ¡Échale más leña y petróleo!
Dijo don Juan:
- ¡No me lo van a creer! El miércoles que llegué medio briago, al meterme al baño, salió un hombre sin cabeza, hasta la peda se me bajó. Cuéntales vieja, como llegue.
- ¡Entró hecho la grosería, que hasta me espantó! Estaba todo descolorido como pambazo y miraba para todos lados, estaba mudo, me hacía señas pero no le entendía, pensé que había tomado caña, porque luego el maldito cantinero, para que se salgan de la cantina, les da la puntilla. Nomás sacaba los ojos como ratón espantado, por fin se acostó, pero luego, entre sueños, daba unos gritotes, que me espantaba. Le tuve que dar un soplamocos para que se controlara. Luego gritaba como loco: “un charro, un charro”. Yo no le hice caso, pensé que hablaba de su líder del sindicato, como no se callaba, que le pongo un madrazo, que hasta le aflojó una muela, pero no se deba por vencido el cabrón, todavía gritaba que un charro. Que me encabrono y que lo jalo de las greñas y que le dijo:
- ¿Qué charro?
- ¡Un charro sin cabeza!
- ¡No mames! Ya duérmete, yo no sé qué tomaste.
Dijo don Juan:
- ¡Mi vieja se pasó de lanza, me dio mis madrazos y no me creyó, les juro que vi claramente un charro sin cholla!
- ¡Ay, Dios mió! Están ladrando los perros, ya hasta me dieron ganas de ir al baño!
- ¡No tenga miedo, doña Herlinda! si vemos algo malo, nos metemos a la casa.
Dijo don Gregorio, protestando:
- ¡Échale más tequila a mi café! Y no le hagan caso a mi vetarra, ella siente mucho miedo, porque una vez vio a una bruja, pensó que era su mamá y la saludó.
- ¿Apoco si?
- No me quiero acordar, porque al platicarlo siento ganas de llorar, y me dan ganas de hacer de la chis, por el miedo. Un día los frijoles me hicieron daño, cada rato me paraba al baño. Tenía una diarrea tan fuerte, que no la aguantaba y me encontraba sola.
- ¡Cuando salí de la casa a la medianoche vi una bola roja que se prendía y se apagaba, del escalón de mi puerta, brincó hasta aquel árbol de pirul, las patas se me doblaron, y sentí morirme de miedo, cuando comenzaron a aullar los perros.
- ¡Llegué al baño y las ganas se me fueron!
Corriendo, llegué a mi casa, al abrir la puerta salió la bola de fuego de ahí, ¡ay, güey! Sentí que la sangre se me subió de madrazo en la cabeza, prendí la luz. Debajo de la cama, estaba mi hija desmayada, otro poquito más y la bruja se la chupa, por eso desde ese día, atranco la puerta y no la abro, ya son varias veces que dejo a mi viejo afuera.
- ¿A ti no te han espantado, Juan? ¡Aparte del hombre sin cabeza!
- ¡Una vez llegué en mi juicio y por el callejón vi una sombra que se me acercó, levantó los brazos y me dijo: ¡Guauuu! ¡Y que me zurro!
Dijo don Gregorio.
- ¿Quién no se va a zurrar con ese susto?
- ¡No! Yo me zurré, ahorita que hice ¡Guauu!
Todos se rieron muy contentos, de momento escucharon un ruido que les heló la sangre, todos voltearon al mismo tiempo, al ver una sombra del fondo del la vecindad, donde decía don Gregorio, que salía un chivo negro. Las mujeres corrieron a sus casas, dejando a sus viejos afuera, que gritaban desesperados.
- ¡Abran, cabronas!
La sombra se les acercaba cada vez más, su desesperación se multiplicaba, de pronto escucharon una voz a sus espaldas que los dejó petrificados.
- ¡No se espanten! Soy yo, su vecino.
- ¡Pancho! No nos andes espantando, me cae que por poco y doy el mulazo.
- ¡Es que llegué borracho y mi vieja no me dejó entrar a la casa! Me quedé sentado y me dormí, escuché voces y vine a ver quién era.
- ¡Ahí nos vemos! ¡Hasta mañana, Juan!
Tocaron la puerta y les dijeron a sus viejas, que les abrieran la puerta. Salieron las mujeres, temblando como gelatinas. Y uno de ellos regañó a su mujer:
- ¡Para la otra vez, me cae que vamos a tumbar la puerta! Era el vecino Panchito, que lo dejaron afuera por llegar tarde a su casa, así es su vieja, cuando llega tarde, primero su señora lo huele, para ver si no estuvo con mujeres malas, pero vamos a seguir otro rato más.
- ¡Orale, salud!
Estaban echándose la última del amigo, cuando de pronto pasó una bola de fuego arriba de sus cabezas, quedaron paralizados, sin moverse, con la boca abierta, la bola de fuego se paró en una rama de un árbol de pirul, como foco intermitente, rojo
Como las puertas de sus casas estaban abiertas y juntas, corrieron a meterse, cada quien atrancándola.
Como se había ido la luz, no se dieron cuenta que Juan estaba con Herlinda y Gregorio con Rosario, hasta que amaneció, que cada quien regresó a su casa y hasta la fecha los vecinos ya no han vuelto a hacer lunadas.