Home Un Infierno Bonito UN INFIERNO BONITO

UN INFIERNO BONITO

“EL PATACHÍN”

A José, le fallaba una pata, al caminar rengueaba, por eso le decían “El Patachín” Vivía en la calle de Candelario Rivas, en el barrio del Arbolito, en una vecindad muy vieja, donde  había casas derrumbadas y muchas de las viviendas desocupadas, no tenían luz. La mayoría de los vecinos tenían que dormirse como pollos, porque cuando comenzaba a oscurecer, se escuchaban  ruidos  y decían que espantaban.

Al “Patachín” le valía madre, como siempre andaba borracho, llegaba a la hora que fuera. Para que su vieja le echara la mano y lo ayudara a llegar a su casa. En la entrada de la vecindad, le chiflaba como arriero, espantando a los perros, que no dejan de ladrar, haciendo que  los vecinos se encomendaran a Dios, pensaban que era una alma en pena. 

La señora Serafina, la mujer del “Patachín” salía con una lámpara para ayudarlo a cruzar el patio y lo regañaba:

  • ¡Ya ni la amuelas José, estaba durmiendo y me despiertas!
  • Es para que eches la luz, hay tanto pinche agujero en el patio que me vaya a quebrar la otra pata! –
  • Bueno, pero te digo que es la última vez que vengo.
  • ¿A poco ya te vas a morir?  ¡No la chíngues!  La vida es tan bonita. ¡Acompañame al baño!

La señora, diciéndole de cosas, lo acompañó:

  • ¡Apúrate, ya llevas buen rato!
  • ¡Oh! Parece que me estás tomando el tiempo. 
  • ¡Es que vi una sombra, los perros no dejan de ladrar, yo mejor me voy!

Diciendo y haciendo, la señora Serafina corrió para su casa, dejando a su viejo. Al llegar,  atrancó la puerta y se metió en medio de sus hijos, en la cama. Poco después escuchó que arrastraban la pata, era su viejo que tocaba y, al ver que no le abrían, le dio de patadas a la puerta.

  • ¡Vas a tirar la puerta!
  • ¡Pues abre, me cae que te voy a madríar, ¿ porque te veniste? Ni papel me dejaste.
  • ¡Verdad de Dios, que vi a un muerto! Era una calaca, levantó las manos para agarrarme, por eso me vine, atranqué la puerta  porque me siguió y no fuera a espantar a los niños.
  • ¡Pinche vieja! Así has de tener tu conciencia de cochina, los muertos,  muertos están y no regresan. Dame de cenar y borrón y cuenta nueva.
  • ¡Escucha a los perros! ¡Ay, nanita! Para mí que anda un espanto suelto, yo por las moscas, no me muevo de aquí, sírvete lo que encuentres. Tienes valor, porque vienes tomado, pero yo estoy en mi juicio.
  • No seas cobarde, vieja, vamos a que me enseñes, ¿qué viste?
  • Ve tú. Te digo que era una una calaca, me puse chinita, por poco y se me doblan las patas. ¡Tú por estar de cagón, no te diste cuenta! Escucha los perros, no dejan de ladrar.
  • Esos perros ladran de hambre, si fuera un espanto, ya se hubieran callado el hocico.
  • ¿Entonces qué será? A lo mejor es un ladrón, porque a Juanita le robaron las cobijas que lavó ayer, las dejó tendidas.
  • ¡No mames! Te contradices ¿no que habías visto una calaca? ¡A ver, sóplame, a lo mejor la borracha eres tú!
  • ¿A poco crees que somos iguales? Vivimos juntos, pero no revueltos.-
  • ¡No me insultes, vieja! Porque me cae que te puedo parar y llevarte de las greñas. ¿A poco crees que ya se me olvidó que me dejaste en el escusado? Por  cierto, aquí tenía una botella de caña, ¿dónde la dejaste?
  • Está arriba del trastero, la subí por los muchachos, no más me descuido y le dan un pegue. Se parecen a ti, todo lo que encuentran se chupan.

José, mientras cenaba un plato de frijoles, se aventó media botella de caña y le dijo a su vieja.

  • ¡Vente, acompáñame, te voy a comprobar que no hay ningún espanto!

“El Patachin” hablaba como loco, porque la señora estaba roncando, la fue a jalar de un brazo.

  • Estate quieto, vas a despertar a los niños.
  • ¡Pues acompáñame! Quiero enseñarte que en la vecindad no hay fantasmas,  si encuentro uno, me lo empino.

La señora sabía que su viejo, cuando estaba borracho, era más necio que un diputado y si lo hacía enojar, se la llevaba a huevo.

  • ¡Cómo jodes! Me cae que no tienes madre!
  • Lo único que quiero es que me acompañes a dar un rondín en toda la vecindad, para que desde hoy en adelante, duermas tranquila, me voy a llevar un palo, por si algún perro se me pone  al brinco!

Bostezando, la señora complació a su viejo, acompañándolo entre la oscuridad, recorriendo la vecindad. Pasaba de la medianoche.

  • Ya viejo, ya estoy convencida de que no hay fantasmas, ¡vamos a dormir!
  • ¡No me des por mi lado! Porque me cae de madre, que eso me saca de quicio, te voy a llevar hasta el último rincón de la vecindad, donde se han caído las casas, ten la lámpara, no vaya a ser que a lo mejor tengas razón, me salga un muerto y no puedo darle en la madre, por tener las manos ocupadas.

Llegaron  hasta donde terminaba la vecindad, José obligó a su vieja a meterse a los cuartos desocupados.

  • ¡No tiembles, vieja! Suenas como maraca, ¿por qué tienes miedo si vienes con un hombre?
  • No tiemblo de miedo, sino de frío, vengo en fondo con un  rebozo.
  • Bueno, vámonos, me da mucho gusto que quedaste segura de que en esta vecindad no hay espantos y al ratón les cuentas a las vecinas que te aventaste como “El Gorras” y que es puro cuento de que sale “El Hombre sin Cabeza” y “El Charro Negro”.

De momento, la señora se cayó y gritó tan fuerte, que espantó al “Patachín”, aventó la lámpara  y se quedaron a oscuras.

  • ¡Como serás pendeja! Tú que llevas la luz, te caes ¿de qué te sirven los ojos de pescado que tienes?-
  • ¡Ayúdame!  Me di un buen madrazo en el cuadril. ¿Dónde quedó la lámpara?
  • Luego vengo a buscarla, te voy a llevar cargando de burrito.

José se llevó cargando a su señora en la espalda, la dejó en la cama, sacó unos cerillos y  salió a buscar la lámpara. La señora pensó en espantar a su viejo cuando entrara a su casa,  para que se le quitara lo incrédulo. Por su parte, José pensó en espantar a su vieja para que se le quitara lo miedosa. La señora se escondió detrás de la puerta, envuelta en una sábana blanca. “El Patachín” se quitó el sombrero y se despeinó, para que su vieja se espantara. Cuando entró a su casa. Los dos al mismo tiempo dijeron.

  • ¡Buuuu!

La señora se metió corriendo, “El patachín” se salió haciendo lo mismo, se tropezó y se cayó abriéndose la cabeza, por el escándalo, los perros no dejaban de ladrar, salieron los vecinos a ver qué pasaba,  entre todos lo metieron a su casa, se le había bajado la briaga, les dijo:

  • ¡Era un muerto!  ¡Yo lo vi!  ¡Estaba refeo el cabrón!

Desde entonces llegó temprano a su casa y creyó en los espantos.