CHUCHO “EL MOCHO”
En el barrio del Arbolito, en la calle de Humbolt, vivía Jesús Labastida, conocido como “El Mocho”. Estaba casado con Anita, que parecía coneja: cada año tenía un escuincle, ya habían llegado a los 13 y la señora estaba panzona; platicando, le dijo Chucho a su esposa:
• Invité a mi compadre Beto y a Rosita, para que lleven a bautizar a mi hijo, han sido padrinos de todos.
• No mames, Chucho. ¿Con qué dinero vas a hacer la fiesta?
• Les dije que dentro de un mes, a ver cómo lo consigo.
Las fiestas de bautizo se llevan dinero, por la pachanga y el chupe. Jesús tenía su plan; como era carpintero de la Hacienda de Loreto de la Compañía Real del Monte, a propósito se cortaba un pedazo de dedo, de cualquier mano, para que le pagaran una lana, por eso le decían “El Mocho”. La fiesta se realizó como lo habían planeado. Pasaron los meses, y Anita tuvo otro muchacho, y tenía el mismo problema. Le dijo a uno de sus compañeros:
• ¡Ya invité a mis compadres para el bautizo de mi hijo y no tengo dinero!
• ¡ Córtate otro dedo!
• ¡No! Ya me la sentenciaron, si lo hago en lugar de pagarme, me corren, tengo que pensar en lo que voy a hacer.
Se quedaba mirando para todos lados, pensando, hasta que le dijo a su amigo “El Chaparro”:
• Ya sé cómo le voy a hacer, me voy a subir hasta arriba de la azotea, a lo más alto y me dejo venir de nalgas, hasta caer al otro techo, trato de no moverme, para resbalarme y caer parado, así me chingo una pata y me pagan.
• ¡Va a estar muy pelón tu caso, güey! Tiene 30 metros, puedes quedar como el coyote cojo.
Como “Chucho” estaba medio borracho, se subió a la azotea, le hizo señas al “Chaparro”, de que ahí iba, se dejó caer como lo platicó, comenzó a tomar vuelo, pero nunca pensó que Alfonso, a quien le decían “El Loco”, todos los días se iba a echar su coyotito al pie de las láminas. “El Chaparro” lo vio deslizarse a velocidad, y se escuchó un grito en toda la hacienda. Corrió a ver qué había pasado. “Chucho” le había caído encima al “Loco”, y le rompió la columna; estaba desmayado. Se lo llevaron al Hospital de la Compañía, con la espalda rota. Cuando volvió en sí, después de la operación, no sabía qué le había pasado, sólo declaró que estaba sentado, cuando algo le cayó de la azotea.
A “Chucho” no le pasó nada, sólo unos raspones y un madrazo que se dio en la cola; le dijo al “Chaparro”:
• ¡No vayas a decir que yo le caí al “Loco”, porque me corren.
Como pudo, hizo su fiesta. Pasaron los meses, y de nuevo, su vieja estaba panzona. En la Hacienda de Loreto estaba como jefe un señor al que todos le tenían miedo, se llamaba Pedro Ramos. A la entrada de su oficina tenía una imagen de la Virgen de Guadalupe, que ocupaba toda la pared. Sus hijas diariamente lo llevaban a las 6 de la mañana a misa; había mandado a hacer un reclinatorio y se ponía a rezar. No se escuchaba lo que le decía a la Virgen. Cuando tocaba el silbato, que anunciaba 5 minutos para las siete, se metía a la oficina para dar órdenes a la gente, que se fueran a trabajar a distintos lugares. Cerca de él se encontraba su secretario, que se llamaba Julio, un señor con muchos años de trabajo.
Don Pedro caminaba con dificultad, tenía una pierna rota, cuando se enojaba parecía que se le metía el diablo, era muy explosivo y los regañaba con mentadas de madre, los castigaba quitándoles días de trabajo y les decía a los mayordomos, que eran don Ramón y Néstor:
– No quiero quejas de los trabajadores, si no obedecen chínguenlos, si vienen los del sindicato, yo me encargo de mandarlos a ver a su madre. ¿Cuántos trabajadores faltaron?
– Jesús Labastida tiene 3 días que no viene, hace falta un carpintero para que arregle un escalón en quebradoras.
– En cuanto llegue el cabrón, le dice que venga a verme.
Después de las 8 de la mañana, “El Chucho” entró corriendo para que nadie lo viera; el jefe lo mandó llamar:
• Ya me tienes hasta la madre, dejas el trabajo tirado, pero desde este momento te voy a poner un correctivo. Ven Julio.
• Dígame, señor.
• Quítele dos días de sueldo a este huevón.
“El Chuchito” le quiso explicar.
• Pero, señor.
• ¡Cállese el hocico! Y lárguese de aquí. Julio, quítele un día más. Lárguese, le digo.
• Es que no vine a trabajar porque se murió mi hijo.
Don Pedro se quitó el casco de seguridad, se le rozaron los ojos, y le preguntó:
• ¿Cómo fue?
• La partera dijo que venía atravesado y lo sacó muerto.
Don Pedro se limpió las lágrimas, se levantó, le dio un abrazo y le dijo:
• No se preocupe, Jesús, Dios que está en los cielos, a veces necesita angelitos y se llevó a su hijito, seguramente esta con él.
El viejo sacó su cartera, le dio 500 pesos y le dijo:
• Ojalá y le sirvan de algo. Julio, póngale 3 días más a Jesús.
“El Mocho” abusó de la buena voluntad del viejo y le pidió un favor:
• Quisiera que me diera permiso de hacerle una cruz a mi hijo.
• Usted es carpintero, escoja la madera buena y hágale la más bonita, pero le advierto que la haga después de sus horas de trabajo.
“Chucho” llegó a la carpintería, abrió su caja, sacó su garrafón de pulque, se sirvió un vaso y se lo tomó de un jalón. Se le acercó el maestro Ramón.
• Señor Jesús, llévese a un ayudante, y váyase a quebradoras y ponga un escalón que falta, vamos a tener visitas.
• Dígale a “El Polvorón” o a “Nacho”, a mí no me esté chingando, voy a hacer una cruz para mi chavo, me lo autorizó el viejo don Pedro.
Don Ramón fue a decirle a “El Polvorón” y a “Nacho”, y le contestaron:
• Mande al “Mocho”, desde que llegó está tomando pulque, acúselo con don Pedro.
Don Ramón fue con don Pedro Ramos y le dijo que le dijera a Jesús, que lo fuera a ver a su oficina. “El Chucho” llegó y le hizo un saludo militar y le dijo:
• ¿Me mandó usted llamar?
• Hace unos minutos usted, me dijo que su hijo había muerto, sentí que mi corazón se me rompió, lloré, porque siento el dolor humano, pero ahora por desobediente, ¡qué bueno que se haya muerto! Y que se le mueran todos, también su vieja y su madre. Devuélvame el dinero que le di. ¡Don Julio!, quítele tres días y dos más que le había dado, y lárguese a trabajar antes de que lo saque a patadas.
“El Chucho” como estaba medio borracho, se le enfrentó y le dijo:
• ¡Tenga su pinche dinero, viejo cabrón! A mí no puede correrme porque voy y le traigo a los secretarios del sindicato para que lo amonesten por tratar mal al trabajador; es más, le voy a echar una maldición: ¡que mañana se le quiebre la otra pata!
• Lárguese, lárguese. Julio, sáquelo por favor, no lo quiero ver.
Al día siguiente, como coincidencia, don Pedro, al subir las escaleras, se resbaló y se rompió la pierna buena; de inmediato lo llevaron al hospital de la Compañía, cuando estaba en la ambulancia, pidió que le llevaran a “Chucho” para que le quitara su maldición, pero no quiso ir. La noticia se corrió en el trabajo, en el barrio decían que Chucho “El Mocho” tenía poderes para echar maldiciones. A partir de ese día varios compañeros le disparaban el pulque, le daban una lana, para que les echaran la maldición a sus enemigos.
Comenzó a correr su fama, hasta que un día llegó como siempre, bien borracho a su casa, se puso a pelear con su vieja, doña Ana, porque era sábado y no llevaba dinero. Estuvieron discutiendo por horas, y cuando se iba a acostar su señora, le dijo:
• Ya te dije, “Chucho”, que cuando llegues borracho, te vayas a dormir a la casa de tu madre, apestas muy feo.
Jesús se levantó rápido, pareció que le picaron la cola, y le dijo a su vieja:
• Pinche vieja pendeja, no sabes con quién te estas poniendo, te voy a echar una maldición.
Antes de que hablara, la señora agarró el sartén y con todas sus fuerzas, le pegó en el hocico, lo dejó chimuelo, y después del golpe perdió el poder para echar maldiciones. Se escuchó decir que como no tenía dientes, por ahí se le salió la fuerza.