¡Ay, mamacita linda!
Hace mucho tiempo se corrió la noticia en todos los medios de comunicación, radio y televisión; en todos los periódicos que “El Chupacabras” llegó a Pachuca.
Los habitantes no sabían qué hacer; tenían pánico, terror, miedo. Se encerraban en sus casas y no salían; los pelos los tenían de punta.
Poco después llegó la noticia de que el gobernador del estado había metido cuerpos policiacos, y después de contratar tanto mando, se corrió la noticia de que habían acabado con el famoso “Chupacabras”, y quedó olvidado. Pero no les duró mucho el gusto, porque después andaban diciendo, de boca en boca, que “El Chupacabras” había regresado. Las autoridades soltaron boletines a la ciudadanía sobre que tuvieran cuidado, no se los fueran a chupar.
Por si las moscas, la gente caminaba mirando para todos lados, como el luchador “Súper Muñeco”. Algunos pintaron raya y se fueron de emigrantes a los Estados Unidos, a echar pulgas a otro lado. No se atrevían a subir por los callejones oscuros, que todavía tenemos en los barrios altos, con el temor de que los atacara “El Chupacabras”. Hicieron una junta de vecinos e iniciaron una marcha por toda la ciudad, pidiendo a las autoridades que les dijeran cómo era “El Chupacabras”.
Salió a recibirlos el secretario de Gobernación, acompañado de toda la tropa militar, armados hasta los dientes, y les dijeron:
• “Ciudadanos, estamos seguros que ‘El Chupacabras’ se parece a los directores de periódicos, a los diputados, a los jefes de la policía, que es igualito a los reporteros y reporteras”.
La gente, al caminar, chocaba, uno con otro, y se ponían en guardia, listos para tirar el madrazo, con el miedo de que se los fueran a chupar. Como a las 9 de la noche, Pedro “El Chimuelo”, un minero que decían que era de muchos calzones, subía por el callejón de La Zorra, en el barrio de El Arbolito, rezando en silencio, con los puños cerrados y mirando para todos lados.
De momento escuchó unos pasos, se detuvo, por el rabillo del ojo, vio una sombra que se le acercaba por la retaguardia; quiso gritar, y no pudo. Le pasó lo que al zancudo: una pata se le dobló y la otra se le hizo nudo.
Las piernas no le respondieron, parece que estaba pegado al suelo. Un sudor frío le recorrió todo el cuerpo resbalándosele por la cola. Lo único que hizo fue ponerse las manos abajo del ombligo, para que no se lo chuparan. Se le fue la respiración, estaba a punto de chillar de miedo. Comenzó a temblar al ver que la sombra se le acercaba. Estaba a punto de desmayarse cuando escuchó una voz, con una risa burlona:
• No te espantes, pinche “Chimuelo”. Soy yo, “El Charro”.
Soltó el resuello y se volteó furioso:
• ¡Hijo de tu pinche madre! ¡Qué susto me diste! Pensé que era “El Chupacabras”. Por un pelito me desmayo. Ya mero me ganaba en los calzones. Ahora vamos a la cantina para que me dispares una cuba por el susto. ¿Qué tal si me da diabetes?
• Ja, ja, ja. Estás más amarillo que un chale, parece que viste a tu suegra. No le hagas caso a la gente. Si ves al “Chupacabras” te avientas con él una lucha a calzón quitado. Vamos a la cantina y te voy a disparar todas las cubas que quieras, hasta que se te quite la calambrina.
“El Chimuelo” y “El Charro” entraron a la cantina, pidieron unas cubas. El cantinero les sirvió sin hacerles caso, porque tenía muchos clientes. Todos hablan del “Chupacabras”; lo hacían con mucho miedo, paraban la trompa y sacaban los ojos al hablar.
• ¡Verdad de Dios! En la mañana ví en la televisión que “El Chupacabras” regresó y se chupó a unas gallinas y unos borreguitos. Dicen que anda buscando la manera de meterse a las casas, pero todas las familias las cierran, como la puerta negra.
“El Jaiba” empinándose un jarro de pulque, les preguntó:
• ¿Qué no dijeron cómo era “El Chupacabras?
• Claro que sí, salió en la pantalla. Me cae que yo lo vi; es un chaparro pelón, con bigotes y orejas grandes como ratón, con uñas largas.
• ¡No mames, guey! Estaban entrevistando en la televisión al presidente Carlos Salinas de Gortari.
• ¡Quién sabe! Pero ahora con lo que andan diciendo, le tengo más miedo al “Chupacabras” que al “Sancho”. Antes de venir a echarme un pulmón para tener valor, dejé a mi vieja encerrada con tres candados.
Los demás parroquianos comenzaron a proponer ideas para dejar segura a su familia:
• Si la cosa se pone de la chingada, tendré que ponerle a mi vieja, cuando vaya al mandado, un chal enredado en el pescuezo y también vamos a pedir que a los policías les pongan, para tener más seguridad, un chaleco antibalas como pañal.
“El Charro” dejó su cuba en la mesa, se acercó junto a los platicadores y les dijo:
• ¡Ya cállense, pendejos! Bola de chismosos, parecen viejas que nada más hablan a lo pendejo.
El cantinero le mentó la madre, y muy furioso le dijo:
• El que debe de callarse el hocico eres tú, cabrón. Como siempre andas borracho, no sabes nada de lo que está pasando a tu alrededor; pero no debes preocuparte, porque si “El Chupacabras” entra a tu casa y ve a tu vieja es él el que se espanta. Es mejor que te vayas, llévate al pinche “Chimuelo” a tomar a otra parte.
No le hicieron caso, se terminaron sus cubas y siguieron la plática con otro de sus cuates, “El Pelón”, que les dijo:
• Yo pienso dejar a mi perro, que es muy bravo, amarrado en la puerta de mi casa, sin darle de comer una semana, para que cuando entre “El Chupacabras” le dé en la madre. Como tengo un chingo de chavos, se los vaya a chupar, lo mismo que a mi vieja.
Dijo otro de los que estaban tomando:
• A lo mejor estamos equivocados y “El Chupacabras” no existe, de lo contrario el PRI ya hubiera tomado cartas en el asunto, para que no se chupe a los borregos que los siguen en las votaciones.
• Dijeron que ya pasó por ahí el “Chupacabras” y se los chingó a todos. Ya ven que el partido del PRI valió madre y desapareció. A lo mejor “El Chupacabras” es amigo de López Obrador.
Tomó la palabra “El Naco”:
• Mi padrastro tiene cuatro borregos y un chivo, dos burros y un caballo, y para mayor seguridad los mete a la casa todas las noches, al cuarto donde nos dormimos; mi jefa, mi vieja y mis chavos, andamos como changos, rásquese y rásquese todo el día. Se nos suben las garrapatas.
De pronto las persianas se abrieron tan de par en par, que les dio miedo a todos. Se refugiaron metiéndose atrás del mostrador, mirando fijamente a quien había entrado. Era “El Loco” quien abría el hocico para tomar algo. El cantinero le dio un vaso de agua, pero “El Loco” le decía con señas que eso no. Y le señalaba la botella de tequila. Le sirvió medio vaso y “El Loco” se lo echó de un trago. Comenzó ahogarse. El cantinero le pegó en la espalda.
• Cálmese, cabrón. ¿Qué pasa?
• Al “Chupacabras”, yo lo vi. Se los juro por Diosito lindo
• ¿Dónde?
• En la entrada de la vecindad. Está greñudo y muy feo; es chaparro. Me iba a caer y al verlo ¡puto el último! Que me echo a correr para acá.
Todos los que estaban ahí, rodearon al “Loco”, que no dejaba de temblar y de hablar lo mismo. Dijo el cantinero:
• Vamos por él, lo madreamos, nos llevaremos reatas para amarrarlo y se lo entregamos a la policía municipal, protección civil, a los agentes, a los bomberos. Que sepan que nosotros somos más chingones que ellos, y demostrar que existe “El Chupacabras”.
Poco después llegó mucha gente de todas clases sociales. Se juntaron todos los vecinos; iban armados hasta los dientes. Se corrió la voz que de una vez mataran al “Chupacabras”. Todos los vecinos del barrio de El Arbolito, La Estrella y sus alrededores, subieron por el callejón de Candelario Rivas, con mechones y lámparas. Se llevaron a “El Loco” para que les enseñara el lugar donde estaba. Todos iban decididos a darle jaque mate. Algunos gritaban:
• ¡Adelante mis valientes! Pongan mucha atención; es un ser chaparro, greñudo con cara de rana.
Con mucho cuidado llegaron a la vecindad; ahí estaba parada la mujer de “El Loco”, la señora Chana, que les preguntó:
• ¿A quién buscan?
• Al “Chupacabras” – dijo “El Loco” con voz firme.
• Hace rato, cuando entré a la casa, me tropecé y me iba a ir de hocico; me agarró del brazo; aquí tengo morado.
Le dijo la señora:
• Fui yo, viejo. Salí al baño porque ya me andaba de la chis, y como no aparecías, me vine a asomar al zaguán. Te vi cuando te ibas a caer y te detuve. De momento te me echaste a correr.
• ¿Entonces eras tú?
• Sí.
Todos en coro y algunos personalmente, le mentaron la madre a Antonio Hernández “El Loco”, que por lo borracho, confundió a su vieja con el “Chupacabras”.