
El Faro
El título de esta columna es homónimo de la novela perteneciente a Paloma Sánchez-Garnica. En 2021 fue finalista con esta historia al Premio Planeta. En ella se narra la historia del personaje principal Yuri Santacruz; de niño le tocó sufrir las consecuencias de la revolución bolchevique en Rusia. Tuvo que salir corriendo de allá para poder sobrevivir. El costo del viaje fue enorme y lo marcó de por vida. Llegó a asentarse, junto con su padre, en Berlín. Ahí tuvo que lidiar como mejor pudo con el encumbramiento del nacionalsocialismo. Violencia, inseguridad, ideología, injusticia… son algunas de las palabras que aparecen en la novela.
Comenzando a leerla, me pareció identificar en ambos momentos históricos algunas constantes que en lugares y tiempos diferentes se dieron de manera similar. En ambos casos se remitían a un pasado que se quería desconocer y superar. Los bolcheviques necesitaban justificar su presente para liberar al pueblo de los males del zarismo. Los nacionalsocialistas querían compensar y restañar la ofensa del Tratado de Versalles.
Ambos tipos de pensar se centraban en convencer a la ciudadanía de que el pueblo ruso y alemán no merecían lo que les había ocurrido en el pasado. El pueblo merecía un gobierno nuevo, unas bases ideológicas nuevas y una manera de vivir que recobraran la dignidad que las circunstancias pasadas les habían impuesto y arrebatado.
En ambos casos, la manera de equilibrar la historia, pasaba inevitablemente por la violencia. Ésta pondría a los aprovechados del pasado en su sitio y a los oprimidos los ubicaría en un nuevo lugar, más digno. A los enemigos o a los aprovechados, definidos y señalados desde las nuevas posturas políticas, había que hacerlos pagar sus privilegios y en algunos casos, hacerlos desaparecer.
También en los dos momentos históricos había que tener en cuenta que el transcurrir de la historia iba a pasar por encima de algunas personas que se convertirían en daños colaterales del movimiento regenerador. Como diría Hegel: “serían margaritas al lado del camino que pagarían inocentemente con su vida el precio del cambio”.
Walter Benjamin fue un filósofo alemán que sufrió, al igual que Yuri Santacruz, uno de estos dos momentos históricos. Inspirándose en una obra de Paul Klee descubre al “ángel de la historia”. Es una figura que extiende sus alas y que dándole la espalda al pasado abre la boca y los ojos para proyectarse al futuro. Se convierte en una figura premonitoria de cómo desde el pasado se pueden proyectar fantasmas de violencia, guerra e imposición hacia el futuro.
En este tránsito, que trágicamente anuncia el “ángel”, se juega la inestabilidad, la incertidumbre, el sufrimiento, la guerra, el dolor, la muerte, el hambre, la lucha, la horfandad, la traición, el egoísmo, la tortura, la desestructuración, la desintegración de las instituciones, la persecución del inocente, la desaparición de quienes, sin darse cuenta o no querer darse cuenta, ven las señales de los tiempos pero no las reconocen. Piensan que a ellos no les va a tocar hasta que les toca alguno de estos caballos apocalípticos que destruyen vidas inesperadas. Del pasado hacia el futuro. Del siglo pasado al presente momento. ¿Identifican alguna similitud del ayer a nuestro hoy? ¿Creen que algo de todo lo descrito puede estarnos afectando en nuestros días? Ojalá y no nos sorprenda el “ángel de la historia”.