“Puede haber orden sin libertad
pero nunca, libertad sin orden”.
Samuel Huntington.
Antes de entrar en materia debo ofrecer una explicación en relación con la alusión que hice a nuestro ilustre visitante como “Jefe de Gobierno…” en el artículo anterior. Aunque también tiene tal calidad, es más propio llamar a quien acumula ex officio los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial (como cabeza de un ente político que se identifica como monarquía absoluta), Jefe de Estado: El Papa. Agradezco al crítico lector que hizo notar mi involuntaria imprecisión conceptual. Dicho lo cual, prosigo:
El verbo gobernar, dice Gerardo Laveaga, proviene del griego Kybernetes, palabra que se relaciona con el mar, significa timonel. De lo anterior se infiere que la función de quien gobierna implica fijar metas, delinear estrategias, trazar rutas, capear huracanes, evitar arrecifes, aprovechar vientos y corrientes favorables… En suma, conducir.
El mismo autor cita que Herodoto, en el siglo IV a.C. refirió la hipotética discusión entre un puñado de generales para decidir el tipo de gobierno que se impondría a los recién conquistados persas. “Debe gobernar un solo hombre”, sugirió Darío. “No, debe hacerlo un reducido grupo, los mejores” apuntó Megaviso; Otanes, por su parte dijo: “debe mandar el pueblo entero”. En esta polémica para determinar QUIÉN debe ejercer el gobierno, está presente el espíritu aristotélico. Igualmente, al pasar al CÓMO, tenían que referirse a las formas puras e impuras de cada forma de gobierno (de un solo hombre: forma pura, monarquía; forma impura, tiranía. De pocos: forma, pura aristocracia; forma impura, oligarquía. De muchos: forma pura, democracia; forma impura, demagogia).
Si sumamos al QUIÉN y al CÓMO, interrogantes complementarias como DÓNDE, CUÁNDO y otras propias de la circunstancia gasetiana, llegaremos a la conclusión de que en todas está implícita la inscripción que el Cardenal Richelieu mandó grabar en los cañones reales: ¡Última Ratio!, expresión latina que literalmente significa “argumento final”; esto es, el uso de la fuerza: monopolio legítimo, del Estado, según Max Weber.
En un sistema democrático, el poder se conquista con sufragios y se mantiene con razones, negociaciones, búsqueda de equilibrios entre las fuerzas mandatarias y el pueblo mandante. Antes de ser gobernantes, los hombres de poder son candidatos. En tal etapa es impronunciable cualquier alusión a la violencia del Estado por legítima y constitucional que ésta sea; más aún en tiempos en los cuales el camino hacia los triunfos electorales pasa por la invocación constante y reiterada del respeto a los Derechos Humanos.
El discurso electoral siempre será un llamado a la conciliación, a la concordia, a la unidad… Pero el universo de votantes no debe olvidar que detrás de cada logotipo en una boleta electoral existe la posibilidad y aún la obligación fatal para quien se erija con el triunfo, de ejercer el último argumento, la última razón que la Constitución le otorga para preservar la vigencia del Estado de Derecho: La violencia legítima.
Dice Azorín (cito libremente): El Político no puede gobernar con abstracciones; con leyes sabias, justas, discretas pero que no se acoplan ni tienen perfecta concordancia con la realidad para la que han sido hechas; es decir, que con toda su sabiduría, justicia y discreción, sólo están en el papel. Su labor consiste en estudiar bien el lugar que habita y gobierna; ha de conocer cómo viven y piensan sus paisanos; la historia de su patria. Y agrega: el hombre de poder nunca ha de perder la sangre fría; ante el ataque debe permanecer sin mover un músculo de la cara; sin dar la más leve señal de irritación. En la política, como en el arte existen claras diferencias entre los románticos y los clásicos: los románticos corren desenfrenados; son una fuerza avasalladora, tumultuosa, entregada a sí misma. Los clásicos se refrenan, se encausan en una regla; no necesitan para nada la libertad que reclaman los románticos; no necesitan romper cauces ni moldes; se mueven, evolucionan con facilidad y elegancia dentro de las estrechas reglas en que un espíritu menguado se agobiaría.
Domínese El Político, aconseja el Maestro: en una lucha, el adversario que muestre contenerse, que haga ver que tiene una gran fuerza, pero no la usa, se considerará el mejor; será un aristócrata, verá a sus adversarios con un delicado desdén. Todo hombre tiene un temperamento; en él hay notas de poder y notas de flaqueza. Si acepta una lucha deberá asegurarse de que ésta se desarrollará por el lado en que él puede triunfar; de no ser así, no la aceptará. Jugar con el adversario, tener piedad y generosidad con él, constituye la más grande humillación. Sugerirle que se le puede destrozar y no se le destroza es ejercer la fuerza sin violencia.
En conclusión, El Político debe evitar, en lo posible, el uso de su argumento final: la “última ratio”. Díaz Mirón decía: “El ave canta, aunque la rama cruja; como que sabe lo que son sus alas.”
Febrero, 2016.