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Torreón, entre la tragedia y la hipocresía

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El Ágora
    •    “Cuanto más grande es la herida, más privado es el dolor”
Isabel Allende


Me parece absurdo que las autoridades hayan querido desviar hacia un videojuego la discusión respecto de las razones que llevaron a un niño de once años, del Colegio Cervantes de Torreón, Coahuila, a abrir fuego en contra de dos profesores y cinco compañeros suyos para luego suicidarse. Y no es que dude de que existan videjuegos con un alto contenido violento que pudieran convertirse en catalizadores o detonadores para algunos individuos, de todos los rangos de edad, tendientes a la inestabilidad; pero afirmar que éstos son el principal o único elemento que orillaría a una persona a atentar contra su vida o la de otros, me parece sumamente hipócrita.
Estamos frente a más de una generación de niños y jóvenes abandonados, que como consecuencia de una crianza distante y permisiva, han encontrado en la fantasía de los videojuegos la estructura y seguridad de las que carece su realidad. El mundo virtual les permite socializar de forma impersonal e incluso obtener el reconocimiento y la realización que no hallan en un entorno que más que comprenderles, les excluye. 
Sin embargo, el problema no son los videojuegos, sino que la falta de atención en el hogar provoque que éstos dejen de ser un mero entretenimiento para convertirse en un escape. Y ésto, en una perspectiva global, es apenas uno de varios factores que podrían analizarse para aproximarse a una sociedad en la que, aunque nos pese reconocerlo, impera la degradación de los valores éticos y morales.
Y aún con todo, ni siquiera se cuenta con plena certeza de que el niño de Torreón estuviese influenciado por un videojuego, pues la leyenda de la playera que portaba ese día, “Natural Selection”, es igual que la que utilizó en 1999 Eric Harris, en la infame “Matanza de Columbine” en Estados Unidos.
De cualquier forma, creo que tenemos mucho camino que recorrer en México en relación con la salud mental. Urge erradicar mitos y prejuicios. Las escuelas pueden convertirse en sitios sumamente hostiles, especialmente para quienes que no cuentan con verdaderas redes familiares de apoyo que les brinden el amor, la empatía y las herramientas emocionales necesarias para afrontar la vida cotidiana.
Lamento profundamente lo sucedido, en todos sus ángulos y para todos los involucrados. Todas y cada una de las muertes son dolorosas. Pero mientras sigamos engañándonos a nosotros mismos, mientras tengamos miedo de vernos al espejo y cuestionar nuestros hábitos e interacciones con los demás, la cosa no pinta para mejor. Abandonemos el cinismo, recuperemos la decencia, el respeto y la tolerancia. No podemos continuar educando menores agresivos, ajenos al control de sí mismos.
Cuando un niño o un adolescente toma esta clase de acción, no es sólo él a quien debemos cuestionar o juzgar. ¿Qué nos hace pensar que estamos en un pedestal?, ¿qué nos hace creer que nuestras comunidades están completamente a salvo? Cuando un ser humano tan pequeño, que debió haber sido escuchado, orientado y atendido, llega a este punto, son las familias, escuelas y autoridades quienes han fallado sistemáticamente, tanto al propio agresor como a las víctimas. Y si no entendemos eso, entonces estos hechos, tal como acontece en Estados Unidos, tienen gran probabilidad de convertirse en comunes.