Terlenka

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¿Otra vez Platón?

Si quiero hacer un poco de ejercicio leo a Platón. Si quiero convertirme en un verdadero atleta me tiro en la cama y duermo e intento soñar con un mundo menos mezquino poblado de personas queridas. Por razones furtivas e inalcanzables en los sueños las personas me quieren; es posible que ahora mismo me encuentre soñando.
Como tantas otras personas yo también acudo a la lectura de algún diálogo de Platón cada determinado tiempo. No me mueve ningún ánimo religioso o de veneración histórica, sólo es que necesito mantenerme en forma y no ser presa sencilla del engaño. Lo propio de Platón es que te ejercita en el arte de pensar y de escuchar, aunque no siempre llegue a un puerto definido. Mi diálogo preferido ha sido, desde que fui y parecía ser joven, “Protágoras o de los sofistas”, y lo leo al menos una vez al año. En palabras sencillas, citadas del diálogo y quizás un poco expresadas por mí a la ligera el sofista es “un mercader de todas las cosas de que se alimenta el alma.” ¿Y cuáles son estas cosas?: las ciencias. En su diálogo con Sócrates, Protágoras, cuya fama era extensa y merecida, se expresa claramente y comienza su charla confesando que él prefiere no descubrirse ante los demás, sino sólo presentarse: ser un medio y no una verdad. Ya el diálogo, como ejercicio, irá fortaleciendo a quienes conversan o discuten acerca de cualquier tema, de modo que, después de la charla en la mañana con el sofista, uno será mejor persona en la tarde. A menudo escucho que alguien se refiere al sofista como a un ser que engaña con sus habilidades verbales y de conocimiento, pero que no llega a ningún lado. O más bien, que podría llegar a cierto puerto de la misma manera que a otro muy distinto y equidistante. Y es posible que quien piense de esa manera tenga algo de razón, aunque se pierde de lo esencial, porque lo que es sustantivo al sofista es el ejercicio, el caminar con palabras y así fortalecerse, el pensar y el estar contra toda razón o método definitivo que quiera llevar a cabo este pensar (no es de extrañar que Paul Feyerabend, un filósofo no dogmático y sí relativista, utilice el diálogo como una forma de debilitar el dictado de una razón o perspectiva únicas en las ciencias). Hay un momento en que Hippias, quien es testigo de la conversación entre Sócrates y Protágoras, reconviene a ambos sugiriéndole al primero que no se pegue demasiado al método seco y árido del diálogo y que no quiera imponer su tono a la conversación; y, en seguida, aconseja al segundo a no exagerar demasiado su elocuencia a riesgo de perder el piso con sus elucubraciones. En este diálogo hay disquisiciones respecto a la virtud, a la justicia, el relativismo de todos los juicios, los universales y el lenguaje, la política, el equilibrio en el diálogo y tantos otros asuntos que no nos queda, al menos a mí, sino aceptar que desde los griegos la filosofía consiste sólo en poner apostillas a lo escrito por Platón. ¿Quién fue Platón? A mí, en realidad no me importa. Si no logro comprender quiénes son mis amigos, ¿cómo voy a saber quién era Platón? Leo sus diálogos así como algunos van al gimnasio a ejercitarse físicamente. Aunque mi ventaja sobre esos laboratorios y claustros carnales donde la mayoría va en busca de hacer relaciones de cualquier clase, es que en la lectura de los diálogos la soledad de la conversación en silencio me inspira cierta fortaleza que me lleva a soportar los embates de fatalismo o melancolía que son normales en la madurez (es decir, cuando uno se da cuenta de que debe ser castigado por haber vivido). John Dewey insistía en que el soliloquio es el producto y el reflejo de la conversación con otros. Así es, ni siquiera en el diálogo con uno mismo los otros se ausentan. No estamos solos y quizás esa sea la verdad más terrible, inhóspita y malvada a la que uno puede acceder. Tal vez a causa de ello, Artaud o Beckett imaginaron un lenguaje original en que el otro debe desaparecer para dar lugar a la soledad metafísica y a una expresión original y artística. Es imposible, y sólo un loco en el paroxismo de su extravío podría llegar a un paraíso semejante. Un sofista muy avezado podría algún día desembarazarse del lenguaje común e ir más allá del sentido compartido, sin embargo, se encuentra demasiado ligado a la gimnasia y a la sabiduría, por fortuna para los lectores más atentos.
Los diálogos de Platón me han ayudado a dejar atrás la melancolía (que no el fatalismo) y a hacerme una persona más flexible y al mismo tiempo más fría. Mi memoria chueca le atribuye a Gérard de Nerval una sabia definición de melancolía cuando escribió que ésta es una enfermedad que consiste en ver las cosas tal como son. Sé que he desperdiciado una columna más sugiriéndoles la lectura de Platón, pero en pocas obras se encuentran tan unidos el buen arte, la filosofía, la literatura, la ciencia y el ejercicio del pensar. Yo elijo ese gimnasio y dejemos al resto para quienes serán sacrificados en el coliseo de nuestra época.         
¿QUIÉN FUE PLATÓN? A MÍ, EN REALIDAD NO ME IMPORTA. SI NO LOGRO COMPRENDER QUIÉNES SON MIS AMIGOS, ¿CÓMO VOY A SABER QUIÉN ERA PLATÓN? LEO SUS DIÁLOGOS ASÍ COMO ALGUNOS VAN AL GIMNASIO A EJERCITARSE FÍSICAMENTE.