Terlenka
En ocasiones, y cuando tenía la fortuna de encontrar abierta o accesible la puerta de un edificio, me colaba por allí durante la madrugada y dormía en el rellano del último piso, digamos entre una y seis de la mañana
Ha pasado un número bochornoso de años desde entonces, cuando decidí viajar y marchar a Europa. No tenía dinero, pero sí un entusiasmo valioso. Caminaba mucho, pedía aventones y dormía en la sala de espera de una estación de trenes. Cuando me expulsaban de allí optaba por dormir en los parques; a veces dormitaba durante el día y paseaba en las noches. La policía gustaba de detenerme e interrogarme, sobre todo en Francia. Mi aspecto rebasaba algunos límites de la moral que los gendarmes tenían obligación de defender. En Calatayud me detuvieron y condujeron a la estación de policía acusándome de vagabundo y se me exigió abandonar la ciudad, pues no logré demostrar certeza económica y estaba muy flaco en aquel entonces; cualquiera podía ver el color de mis costillas. Era yo un Rambo en los huesos. En Trieste me encerraron dentro de una celda mientras descifraban los componentes de una sustancia extraña que llevaba yo en la mochila. Daban por hecho que trataban con un malhechor, pero se equivocaban. Yo había atravesado parte de Bulgaria, la antigua Yugoslavia y provenía de Turquía donde había permanecido varias semanas. No llevaba drogas conmigo, sino té, pero mi fachada decía lo contrario. Debido a que el laboratorista se hallaba de vacaciones me encerraron un par de días al lado de un joven tunecino y de un carterista italiano. Después se disculparon conmigo, cobijados en sus sonrisas malignas, y me permitieron partir. La diferencia que yo encontraba entre la policía francesa y la italiana me parecía muy simple, la francesa era fascista y la italiana idiota. Ambas, como bien suponen, son capaces de hacerte el mismo daño, pero al menos la idiota puede llegar a equivocarse y procurarte el bien. En ocasiones, y cuando tenía la fortuna de encontrar abierta o accesible la puerta de un edificio, me colaba por allí durante la madrugada y dormía en el rellano del último piso, digamos entre una y seis de la mañana. A tal hora, de domingo a jueves, no había movimiento de inquilinos y mi suerte se eclipsaba si los habitantes del piso más alto llegaban a entrar o a salir de su departamento, mas ello casi nunca sucedía. Extendía mi bolsa de dormir en el suelo y soñaba con mujeres, muchas mujeres.
Hoy vivo en un tercer piso, el último de un edificio, y a mis visitas les cuesta subir las escaleras. Si pudiera medirles la presión cuando llegan al umbral de mi departamento podría incluso clasificarlos y estar preparado en caso de un incidente grave. Mis invitados oscilan entre los veinte y los ochenta años de edad, pero no siempre los más jóvenes son los más fuertes. La primera vez que Huberto Batis me visitó en el departamento tuvo que hacer un esfuerzo considerable, pues estaba enfermo. Se detenía en cada piso y me narraba alguna anécdota que se le ocurría en ese momento. En realidad se daba a sí una pausa para descansar y volver a tomar fuelle. Cuando por fin entrábamos al departamento, él ya me había narrado varias historias y la comida se había enfriado. Me duele mucho sospechar que eso jamás volverá a suceder. Cuántas personas han descendido esos tres pisos para ya no regresar, o para volver, años después, convertidos en otros seres, más viejos y más amargados, pero casi nunca más felices. Leonardo da Jandra, quien ya sobrepasa los sesenta años, asciende hasta el tercer piso como si nada. Es más ágil que los niños que viven en el edificio. Él vivió veintiocho años en la selva, hasta que el gobierno de Oaxaca lo expulsó de Cacaluta y destruyó su casa. La casa que él y su mujer habían construido con esfuerzo admirable. Si querías llegar a ella tenías que ascender un trozo de selva durante veinte o treinta minutos. Si necesitabas bañarte o extraer agua de un pozo debías descender una cuesta empinada de veinte o treinta metros y luego subir llevando dos cubetas de agua. ¿Qué puede significar para Leonardo y su compañera, Agar, ascender los tres pisos del edificio en que habito? Nada. En sus diarios (publicados recientemente con el nombre de La restauración de la utopía, tres volúmenes publicados por las editoriales Avispero, y Ediciones y Punto), Leonardo narra algunas de las visitas que le hicimos intempestivamente, mi pareja y yo, a principios de este siglo. Los diarios abarcan desde 1999 hasta 2012.
Cuando acompaño a mis invitados en su ascenso al tercer piso, los observo de reojo y me percato de su estado físico y anímico. Basta observar con detenimiento a una persona para conocer sus hábitos y la gravedad de su ánimo. Yo creo poder hacer algo así debido a las extensas caminatas a las que me obligué en el pasado. Estar alerta y no ser cazado; de ello se trata el asunto que me concierne. Subir tres pisos no me es cansado todavía, quizás si fueran veinte, pero escribir me agota y comprendo a mis visitas. Escribir es un acto esencialmente físico. En 1935, Joseph Roth le escribió una carta a Stefan Zweig en la que decía: “Ya puede usted decirme que mi deber es servir a la literatura. Yo no la sirvo. La literatura es una tarea terrenal, es mi oficio. Es un matrimonio, igual de valioso que una mujer. Una cosa terrenal.” Así pues, la literatura es mi tercer piso y ascender las escaleras —es decir: escribir— se ha vuelto para mí cada vez más agotador. Hasta que un día no llegue.
EN CALATAYUD ME DETUVIERON Y CONDUJERON A LA ESTACIÓN DE POLICÍA ACUSÁNDOME DE VAGABUNDO Y SE ME EXIGIÓ ABANDONAR LA CIUDAD, PUES NO LOGRÉ DEMOSTRAR CERTEZA ECONÓMICA Y ESTABA MUY FLACO EN AQUEL ENTONCES; CUALQUIERA PODÍA VER EL COLOR DE MIS COSTILLAS