
LAGUNA DE VOCES
El único lugar donde tendría calma resultó ser el espacio, pero resultaba imposible alcanzar el remedio cuando la carrera por conquistar otros planetas no solo había sido un fracaso, sino que de pronto todos dejaron de interesarse porque después de comprobarse que el hombre nunca había ido a la luna y que los ensayos para ir a Marte correspondían a una broma macabra de un grupo de cineastas agrupados en la Fundación Stanley Kubrick, salir de la atmósfera terrestre fue considerada una pérdida de tiempo.
Es decir que viajar a 107 mil 280 kilómetros en una cuna llena de agua y tierra se presentó como la única y mejor opción; si ya en esa costumbre se atravesaba un meteorito, un cometa o un planeta, sería porque el destino así lo habría querido. De tal modo que pasados tantos años desde que los científicos juraban que era inminente el fin de la Tierra por el calentamiento global, o porque venía derechito un gigantesco pedazo de acero, o porque los polos se habían derretido, o lo que a usted se le ocurra, ya nadie hizo caso y se dedicó a vivir simplemente.
El problema surgió cuando de buenas a primeras mucha gente empezó a sentir la velocidad con que viajaba el planeta en el espacio, luego que durante muchos años había resultado una sana costumbre ni darse cuenta de esa situación. Es decir que algo había fallado en el mecanismo del universo, que el cielo estrellado de la noche se hizo borroso, igual que en esas primeras películas de ciencia ficción cuando a la velocidad de la luz los luceros eran líneas luminosas.
Así que todos estaban espantados, y más todavía los que sufrían de un estrés inenarrable que tenía como única cura sacar la cabeza de la atmósfera terrestre para ver el espacio, donde todo flota, nada camina y en general es una paz semejante a la que se describe en el vals Danubio Azul, ese que sirvió de tema para justo la película de Kubrick.
De nada sirvieron las explicaciones de los científicos, que aseguraban era imposible sentir el movimiento si todo el universo se desplazaba a una velocidad similar. Peor todavía con los dos millones de kilómetros por hora, velocidad a la que se mueve nuestra galaxia, la Vía Láctea.
Algunos adjudicaron esa sensibilidad extrema a la pandemia de principios del siglo XXI, cuando millones de personas murieron por el mal del Murciélago, o lo que es lo mismo el Covid-19. Es decir que la secuela mayor del virus fue que el ser humano empezó a sentir la velocidad de su planeta, y era evidente que tarde o temprano eso acabaría con el ser humano.
Hoy todos miran solo rayas luminosas en las noches estrelladas. Solo la luna mantiene la calma, y conserva su apariencia de queso redondo. Pero todo lo demás es una luz continua de neón en el cielo.
A lo mejor siempre fue así, dicen algunos. A lo mejor nunca existió nada allá, en el cielo. A lo mejor ni el cielo existe. A lo mejor ni nosotros existimos, aseguran los pesimistas que salen amarrados con cadenas al piso, porque temen volar por los aires.
Mil gracias, hasta mañana.
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@JavierEPeralta