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SIN ESTA HOGUERA INFIERNO

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Un hombre y una mujer se encuentran, se reconocen. Algo nuevo les recorre los huesos y las venas. A los ojos de cada uno, el otro se agiganta, deifica y hace la ofrenda de uno mismo. Deciden permanecer juntos.

 

            En los ratos de ausencia, él la lleva en los ojos, ella se queda teniéndolo en la piel. Sigilosamente gotea sobre la relación el ácido de la rutina.

            Cualquier día se odian, por falta de un botón en alguna camisa, periódico regado en el piso… El motivo es lo de menos.

            Sin embargo, basta el roce de una piel, o que una mano los toque por descuido, para incendiarlos. No es por amor, sino por miedo. Pretenden que el fuego ilumine las noches para que, al ver la llamarada, no se acerque ese puma al acecho que es la muerte.