LAS FRESAS DEL OLMO
Nada sé de sus temas (fisicoquímica de los átomos calientes, estudiosa de la irradiación de telurio, de la separación de isómeros nucleares), científica de primer nivel, le rindo aquí un minúsculo homenaje de cuatro sílabas (ho-me-na-je) porque no sé hacérselo con más.
Fue compañera de la universidad de mi mamá, estudiantes las dos de la carrera de Química. La universidad era de los jesuitas —entonces la Berzelius—, y mi mamá hubiera terminado la carrera de no ser porque uno de la Orden le recomendó que dejara de ver a ese muchacho que “no era para ella”. A los dos jóvenes enamorados (mi papá y mi mamá) les indignó tanto la intromisión en su legítimo y precioso amor que a dúo abandonaron la universidad, pero mi papá regresó inmediato.
Mi mamá ya no volvió, más orgullosa, se quedó para siempre sin estudios de los átomos muy energéticos tras la explosión nuclear, ni la lluvia ácida ni las zeolitas de la cáscara del arroz (como sí la Bulbulián), y en cambio se embarazó de su primera hija.
El jesuita aquel, amigo (o pariente) de mis abuelos paternos le tronchó su posible vida de química. ¿Su destino estaba allí, vigilando el yodo 131, tal vez admirando y siguiendo a la brillantísima Bulburián, y ese padrecito de cuyo apellido sí puedo acordarme, la desproveyó de éste como un mago malvado de mal agüero? ¿O él fue el hado madrino para que naciéramos los Boullosa Velázquez, si ese padrecito es el responsable de que mi mamá se hubiera casado inmediato sin terminar sus estudios? Tal vez se les habría acabado (a Teté y a Fernando, mis papás) el amor precioso que se tuvieron, si no hubieran encontrado tantas objeciones a diestra y siniestra cuando empezó su romance.
¿De no haber intervenido el jesuita metiche, habría tenido mi mamá cabeza, dedicación y empecinamiento para sobresalir en alguna rama de la Química? ¿Le interesaba de verdad? Desde mis ojos de niña nunca le vi un átomo de científica, pero lo cierto es que pasó por ahí, y que por un quién quita se habría podido quedar en aquel mundo. Encarrilada en sesudos estudios, tal vez no se habría casado, nunca hubiera tenido hijos, y yo no hubiera nacido, ni Lolis ni Mercedes ni María José para morir tan pronto, ni Pedro ni Pablo.
Nunca pude preguntarle por qué entró a estudiar Química, y nunca me llevó a visitar a Silvia Bulburián de mujer a mujer, para que le presentáramos nuestro respeto por su brillante carrera, porque Teté Boullosa se murió. Pero nunca se le acabó el amor por mi papá. Sus huesos, estoy segura, fueron polvo enamorado. Dichosos sus restos. Aunque estuvieran enojados, porque la robaron joven de la vida.
¿El curita metiche practicaría con sus alumnos simulacros de un ataque atómico, instándolos a esconderse bajo los pupitres, en lugar de recomendarles, como hizo Silvia Bulbulián, a poner sobre la mesa los textos que les ayudaran a estudiar el asunto? ¿O instaría a Silvia Bulbulián a que se aplicara —como lo hizo— a verles las prisas a los átomos?
¿Por qué mi mamá no dejó de confiar en los curas? Cuando regresó a estudiar, ya con cinco hijos, se inscribió otra vez en la universidad de los jesuitas. La sexta de sus hijas nació cuando ella estudiaba la carrera de psicología en la Ibero.
Su cambio de vocación —de los átomos a las psiques— desconcierta. ¿Si no hubiera tenido tantos hijos en los brazos habría escogido otro camino? De la psicología a la química hay más que un paso. ¿Pensó que la psicología prevendría otras devastadoras explosiones? En casa, cuando platicaban entre adultos —y yo oía atenta, aunque me hubiera enviado a buscar tenmeacá a la cocina—, Teté hablaba de las prácticas en la Castañeda. Una vez, no sé por qué, la recogimos ahí, donde ahora los edificios han quedado empequeñecidos bajo el segundo piso, enanos olvidadizos a su vez hechos a un lado por la ciudad —fueron un tiempo un reflejo borroso, en otro extremo del Periférico, de las elegantes Torres de Satélite, cerca de las que una vez mi mamá fue a una reunión con sus excompañeras, donde tal vez también estuvo la doctora Silvia Bulburián.