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Servicio de Emergencia

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Servicio de Emergencia

LAGUNA DE VOCES

Con sincero afecto y mis deseos de recuperación, para el doctor Valdespino

Ahora sabe que va a morir, que después de tanto pelearle a la vida, simplemente se acaba, y puede ser que esto suceda en el hospital donde trabajó durante años y años como director de un turno que nadie quería, porque las noches y madrugadas son odiadas hasta por los médicos, sabedores que son las horas en que llegan a emergencias: cuerpos destrozados por un choque, balaceados, borrachos destripados que sin embargo todavía buscan pelea. Ahora sabe que haber dedicado más de la mitad de su existencia a la atención de los que nadie quiere en sus quirófanos, después de todo valió la pena, porque le permitió dar estudios a sus hijos, construir su casa, hacer ahorros para pasear al lado de su esposa, incluso ser feliz cuando las circunstancias se presentaban; aunque, descubre, buena parte la pasó solo, en un servicio de emergencias que le hablaba constantemente de la manga ancha que siempre tiene la muerte cuando decide llevarse al que sacó de dos paros cardíacos, que revivió con paletas de electricidad, que le inyectó heparina directamente al corazón, pero al final vio en sus ojos el agradecimiento, pero también las “gracias, es tiempo de irme”, y supo que decir adiós es todo un arte que muy pocos aprenden.

Por eso se mira sentado en la silla de ruedas con un suero que va a la vena, y por donde se destila la quimio; hace cuentas y sabe que cumplió con absoluta responsabilidad el encargo que recibió desde su nacimiento, después repetido una y otra vez por su padre, al señalarle que lo que distinguía a un hombre era su capacidad, su decisión de cumplir con su palabra.

Se da cuenta que los pasillos siempre limpios de un hospital son fríos, como antesala al mármol que se usa en las tumbas a manera de adorno, lujo final, lugar donde se aceran los deudos un rato, pero siempre los hijos.

Haber dedicado su vida a la medicina, a platicar con pacientes, unos amables, siempre platicadores, otros hoscos y en busca de venganza con el doctor que no los atendió con la inmediatez que amerita siempre su accidentado, sabe que puede tener dos conclusiones: una, que fue en vano; otra, la que siempre ha compartido, que curar a los demás es la vocación más hermosa del mundo, porque en su haber existen momentos en que fue el salvador de una niña, el que nunca dejó de hacer todo lo que estuviera en sus manos para salvarle la vida a una persona.

Está orgulloso, aunque triste, porque él más que nadie sabe que la muerte no se detiene cuando llega el momento justo, el que junto con sus colegas distinguían como algo irremediable, con todo y que el futuro cadáver pareciera gozar de una salud inquebrantable.

Sabe que uno nunca piensa lo que extrañará más de la vida, porque a ciencia cierta tampoco tiene los elementos necesarios para confirmar que después hay algo más, aunque no fueron pocos los casos en que algunas personas a punto de expirar, le aseguraron que todo empezaba de nuevo, pero con otros ingredientes, con otra realidad, con otro mundo.

Hace frío en estos días de octubre, un frío fuerte, que pega en la nariz, convertida en hielo.

Hace frío, pero se siente en paz, tranquilo, digno de la muerte, como digno fue de la vida que tuvo, es decir feliz, dispuesto a celebrar las veces que fuera el nacimiento de cada uno de sus hijos; dispuesto a ponerse una borrachera eterna con su suegro, al que quiso mucho, al que confió su alegría desbordada en ese paisaje huasteco donde seguro podrá reencontrarlo.

Pero por lo mientras hoy, se dice, está vivo, y el tiempo que tarde en pasar lo que daba pasar, asegura que estará agradecido, porque le da tiempo de acomodar sus recuerdos, tan importantes cuando se emprende ese viaje único y vital, con el que se cierra este ciclo llamado vida.

Mil gracias, hasta mañana.

Mi Correo: jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico

X: @JavierEPeralta