Terlenka
He buscado algo entre mis libros deshojados y varios de ellos deteriorados por el baño accidental del vino. ¿Qué he buscado en ellos? Las viejas palabras. Es un buen ejercicio cuando uno quiere despedirse del barullo que causa lo social. ¿Y quién no quiere despedirse? Los oportunistas políticos que se han involucrado a la casa pública con el simple propósito de exhibirse y hurtar lo que no es suyo son un constante motivo para despedirse: tal parece que han tomado por asalto la casa de todos. Uno de mis libros más estimados es Hombres en su siglo y otros ensayos. El libro se encuentra deshojado y releído, y formó parte de mis primeras lecturas.
En uno de tales ensayos, Memento: Jean-Paul Sartre, Octavio Paz escribió acerca del filósofo: “Sartre despreció al arte y a la literatura con el furor de un Padre de la Iglesia. En un momento de desesperación dijo El infierno es los otros. Frase terrible pues los otros son nuestro horizonte.” Al final de este ensayo, Paz concluye su escritura con la sentencia: la libertad es los otros. La admiración que despertaba Sartre en Paz era contradictoria, pero firme al mismo tiempo. El escritor mexicano acusaba al francés de carecer de gracia y de suplirla con un estilo campechano; de ser más un moralista que un filósofo; de desconocer la literatura española, y de cansar más al lector que de convencerlo. En un ensayo más de Hombres en su siglo titulado Inicuas simetrías (en realidad una conversación con Gabriel Caballero), Paz recuerda su relación con Albert Camus y relata la sorpresa y tristeza con que Camus recibió la desaprobadora crítica de Sartre a su libro El hombre rebelde. Crítica normal de un ortodoxo contra todo aquel que se deje llevar por el devaneo filosófico y la ausencia de rigor. Paz justifica de algún modo aquel ataque de Sartre a Camus al declarar en la entrevista citada: “Sartre es un intelectual y para él la vida de las ideas es lo verdaderamente real (aunque en su filosofía pretenda lo contrario).”
La rebeldía puede provenir de un impulso íntimo y ciego, de una vocación o de una debilidad romántica, pero se halla incompleta como acción que modifica si no es animada por las ideas, la reflexión acerca de nuestras acciones y la crítica fundamentada. Por más lecturas desinteresadas que hice yo de Sartre no logré comprender por qué un hombre que amaba y odiaba tanto a la humanidad se empeñó en crear una filosofía de la libertad basada en la razón y en la historia. No lo comprendí y no lo soporté. Bastaba escribir novelas, obras de teatro y ensayos sobre el lenguaje. Bastaba escupir. ¿Para qué el ladrillo fundamental? ¿La Biblia histórica? Y, sin embargo, lo admiré y me continúa sorprendiendo la existencia de intelectuales y escritores para quienes la vida o mundo de las ideas es sustancia de la realidad. No se piensa en vano. Y menos ahora que habitamos una época confusa en sus contenidos éticos y deshilvanada de tradiciones sólidas o coherentes. La burla y el sainete en que han devenido las elecciones en México es una prueba de ello. Un cómico popular o un boxeador pueden tomar el escenario civil para ofrecernos la salvación. No importa que carezcan de concepciones generales y prácticas acerca del estado en que se encuentra la sociedad. Ellos evitarán la caída del cabello, reducirán las lonjas sin necesidad de que el obeso realice ningún esfuerzo, la vida será gratis para todos. No necesitan de la sabiduría o de la reflexión: la tradición comienza a toda hora desde cero: “voten por mí.”
Walter Benjamin dice en El origen del drama barroco alemán, que “lo general es la idea.” Y describe la tarea del filósofo como el ejercitarse para trazar una descripción del mundo de las ideas, de tal manera que la realidad se adentre espontáneamente en este mundo hasta disolverse en su interior. En otras palabras: las ideas son un horizonte hacia el que se tiende; un imán que le da sentido a lo práctico. Ahora bien; me pregunto: ¿A quién le importa hoy pensar en lo general? Sartre lo hizo, pero intentaba que la realidad se supeditara a la idea de una moral histórica y, por lo tanto, de una tiranía. ¿Es así? Cada lector —si es que quedan lectores de Sartre— sabrá sopesar si el francés era un filósofo o un actor de su tiempo; un escritor o una figura pública escandalosa y fraudulenta. Yo he tomado algunos de mis libros deshojados para describir nociones acerca de la relación entre idea y realidad, lo anterior tomando en cuenta que la democracia parece haberse convertido no en una buena idea, sino en un deporte acuático de coladeras. Y es que hoy no se necesita “saber” para “actuar”.