“Parte de tu poder es el misterio.
Que nadie llegue hasta tu intimidad.
Encripta los secretos de tu imperio”.
PGH.
A orillas del Nilo, frente a un pueblo endiosado, sobre un impresionante altar, luciendo elegante indumentaria y rodeado de aristocrático séquito, en cierta época del año, el Faraón en una nube de incienso se presentaba como esencia divina para ordenar al río que desbordara su cauce e inundara las desérticas tierras con sus fértiles limos, para asegurar el abasto de alimentos… Después de la invocación ¡Oh, maravilla! las aguas dóciles, obedientes… Comenzaban a subir.
En similares términos, el Maestro argentino Aníbal Ponce, en su célebre libro “Educación y Lucha de Clases”, con literaria imaginación recreaba, a mediados del siglo pasado, este escenario con el cual se ilustra el uso político del conocimiento empírico, primigenio… En todos los tiempos, si se envuelve en el misterio, la ciencia puede llegar al vulgo con todo el poder de la magia.
Rito es el conjunto de reglas establecidas para el culto y ceremonias, cuya característica principal es la solemnidad. Por derivación, el ritualismo se impone también en los actos jurídicos y oficiales en general, con exagerado predominio de las formalidades y trámites reglamentarios, por encima del fondo. En este teatro, religión, política, derecho y otras superestructuras institucionales, se unen porque su esencia es la misma: son formas de poder.
La vida del ser humano, desde sus albores se relaciona con algún culto o devoción sobrenatural, que requiere de un primer sacramento: el bautizo, como quiera que se le llame en los diferentes credos. En el catolicismo continúa una cadena de ritos que culmina con la extremaunción. En todos ellos el oficiante luce extravagante indumentaria, pronuncia palabras raras, vierte agua en la cabeza del niño, le da a comer pan (hostia) y a beber vino, alimentos comunes que se transforman místicamente en cuerpo y sangre de la divinidad.
Las iglesias, las mezquitas, las sinagogas, los palacios de justicia, los templos masónicos, las universidades… Se manifiestan ante el mundo profano, mediante impresionantes edificios (desde las pirámides de Egipto, hasta la última iglesia del último de nuestros pueblos), con el único propósito de reducir a su mínima expresión la autoestima, el orgullo, la soberbia de los simples mortales para allanarnos la senda de la humildad. Ésta es la esencia del Cristianismo, cuyo Mesías escribía en Arameo, su antigua lengua: “Abre un trozo de madera y ahí me encontrarás. Levanta una piedra y ahí estaré”.
En la incipiente democracia de la antigüedad grecolatina, la filosofía, la fuerza de la guerra la palabra, el derecho… sustentaron la esencia del poder. Aún resuenan entre las blancas columnas de mármol, los discursos de Cicerón, las arengas guerreras de Julio César; el mismo que encargaba a un esclavo que, en los momentos de máxima gloria, jalara su túnica y le dijera: “César, acuérdate que eres mortal”.
En la Edad Media, se dieron dos estructuras piramidales de un poder paralelo: la iglesia y la nobleza feudal. La posesión de grandes extensiones de tierra, cuyos habitantes eran anexos de ella, sujetos a todos los excesos del amo; bajo el temor a un Dios; Ser omnipotente que ungía a los reyes, con las manos de sus representantes en la tierra: los miembros del alto clero. El ritualismo de la coronación, tenía que cumplirse en las catedrales, para dar legitimidad al gobernante absoluto.
Durante el Renacimiento, sobre todo en las ciudades italianas de Florencia, Génova y Venecia, el gran comercio generó inmensas cantidades de dinero que dieron esplendor a magnificentes construcciones eclesiásticas; la familia Médicis patrocinó el florecimiento de las ciencias y las artes. Se descubrió el nuevo mundo y con este hecho el poder europeo se trasladó a América. Después, los Borgia acapararon los cargos de mayor rango en la nobleza, la iglesia, el ejército y la política. El ritualismo ostentoso, los investía como príncipes, militares o papas.
La Francia de 1789, con un golpe de guillotina logró la universalización de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; la certidumbre de que todos los individuos nacemos libres e iguales. Así, en la cuna del Despotismo Ilustrado, del poder sin límites; de las grandes ceremonias de coronación, los ostentosos bailes, banquetes y pantagruélicos rituales llegaron a su fin para resurgir de otra manera.
Hoy, en nuestro hemisferio predomina la democracia. Aunque se entiende como gobierno del pueblo, electo por el pueblo, para servir al pueblo, los ritualismos sobreviven. Mientras exista sociedad, habrá gobierno, y mientras haya gobierno, se crearán símbolos que representen su legitimidad. La corona y el cetro se suplen por bandas y veneras. Las palabras rituales se siguen dando: “Protesto guardar y hacer guardar…”
Evidentemente, los cargos vitalicios en el Gobierno, por lo menos en nuestro medio, están limitados: nos regimos por el Sistema Métrico Sexenal. Cada seis años algunos integrantes del gobierno en cualquiera de los poderes, prolongan su vigencia; de otros culmina su ciclo y se van a la vida privada; aunque, dice el ex Gobernador, Jesús Murillo Káram: “de la política nadie se retira, todos desaparecemos”.
En la transición de los sexenios se ven las caras sonrientes, arrogantes, de los que llegan (o creen que van a llegar) y los rostros largos de los que se van. Las ceremonias litúrgicas en cada acto, se enriquecen con la presencia de Notables, propios y ajenos que vienen para dar o compartir una “probadita de gloria”. El sacro oficio sobrevive; es un elemento mágico, esotérico, solemne… que da forma al Poder del Estado.
Lo importante en esta concepción es que, aparentemente, todo cambia, pero se queda la esencia del grito silencioso al final de cada periodo y principio del siguiente: El Rey ha muerto… ¡Viva el Rey!
Septiembre 2016.