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RITUALES, AMOR Y MUERTE.

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“Y si no me la traes,
vale más que se muera.
Ya que no ha de ser mía,
que sea de Dios”.

“Virgencita de Jalpa” (canción popular).

Allá por 1979, poco después del misterioso deceso del efímero Papa Juan Pablo I, se publicó Muerte en el Vaticano, cuyos autores fueron Maurice Serral y Max Savigny.  La novela rápidamente se convirtió en Best Seller, los escritores fueron satanizados por la iglesia y se perdieron en el anonimato.

La trama, con características de “thriller” describe las intrigas palaciegas y la lucha por el poder interno de la Curia Romana en los intrincados laberintos de El Vaticano.  El asesino, es, en la intriga, un sospechoso de quien nadie sospecha (ni más ni menos que el hombre más cercano al Pontífice, el que más lo ama, su discípulo predilecto…)  Lo notable es  que esta nueva versión de Judas Iscariote, atentó contra su Maestro, motivado por un amor sublime, no por odio rupestre, ambición, envidia o resentimiento.

El protagonista supuestamente imaginario (Papa Clemente I), tenía como principal móvil de su gestión impulsar una divulgación masiva, simplificada, del verdadero Cristianismo, sus dogmas y secretos bajo el control ancestral de la aristocracia clerical.  Evidentemente, el ala más conservadora se oponía; dentro de ella, el Consentido de Palacio, el Bien Amado, el protegido y probable heredero de la Silla de San Pedro, quien después de analizar el caso con meticuloso y frío criterio, llegó a la conclusión de que su venerado patriarca cometería un error histórico al poner información propia de Iniciados al alcance de la chusma vulgar e ignorante: “Dios Padre, Cristo y los dogmas de la iglesia sólo pueden estar al alcance de quienes los valoran y comprenden: la élite de teólogos, eruditos e ilustres personajes con olor a santidad”.  Así, este homicida por amor, decidió terminar con la vida de aquél a quien todo debía, antes de que la historia lo juzgara por alta traición.

De manera similar, la portentosa escritora Taylor Caldwell, en su novela Yo, Judas, supuestamente basada en el testamento apócrifo del Apóstol, cuyo nombre es sinónimo de traidor por excelencia, el cual se encontró en uno de tantos documentos, conocidos como Rollos del Mar Negro.

Según la precoz narradora (a los doce años escribió La Leyenda de la Atlántida, dicen que en estado de trance), el Iscariote no era un hombre pobre, provenía de una de las familias de mayor abolengo en su entorno social; su pertenencia al primer círculo del Mesías fue por convicción; por infinito y desinteresado amor.

Judas era un patriota a quien le dolía ver a su pueblo sufrir bajo la dominación romana.  Era partidario de una revolución violenta, pero estaba consciente de la ausencia de un líder a la altura de sus circunstancias.  Cuando conoció al Rabí de Galilea se convenció de que ése era el hombre idóneo.  Solamente existía para ello un obstáculo: el de Nazareth predicaba en favor de la paz, la mansedumbre, la humildad: “Si te pegan en una mejilla pon la otra”.

La visión que Judas tuvo de su Señor, hasta el último momento, fue que había que tocar en él los puntos adecuados para despertar su cólera y emprender la guerra contra los opresores imperialistas del mundo conocido.  Nunca lo consideró cobarde, pusilánime o falto de carácter (la muestra quedó en el templo, cuando expulsó a los mercaderes irreverentes, con violencia).

En este escenario, en el momento culminante de su aprehensión, ante el beso delator y la violencia de la soldadesca, el traidor pensó que se iniciaría la rebelión armada, cuando varios discípulos intentaron desenfundar las espadas, las cuales tuvieron que volver por orden del Maestro, cuya mirada serena daba a entender que conocía su destino y lo aceptaba.

Las treinta monedas de plata, nunca fueron el precio, sino un simbolismo.  Judas las arrojó lejos, pero los remordimientos lo llevaron al suicidio.

La lealtad de sus seguidores, se puso a prueba: Pedro, hoy piedra angular de la iglesia, negó tres veces.

Humberto Eco en “El Nombre de la Rosa” hace una magistral descripción del ambiente en los monasterios medievales, del profundo simbolismo de los cantos gregorianos y de las horas destinadas a sus melódicas plegarias; debo confesar que de manera personalísima, me parece que dentro de tanto misticismo, algo diabólico subyace en cada capucha y hábito de las diversas congregaciones.

Como el propio escritor lo transmite: las intrigas fatales, las facciones, las luchas internas, se dan en todo lugar, pueblo o congregación en donde existan grupos humanos.  El poder ha sido, es y será manzana de la discordia, fuente de violencia, guerra, ritualismo y muerte.

Si me lo permiten, me iré de vacaciones.
Julio, 2017