Los jefes de Estado y de Gobierno de la UE se reunieron ayer en Malta para hablar sobre inmigración y cómo cortar drásticamente la llegada de lo que califican como “emigrantes económicos” a Europa, principalmente a través de la ruta del Mediterráneo central, desde Libia.
En la agenda está también un debate profundo sobre el futuro de la Unión tras el Brexit y sobre los preparativos para la Cumbre del próximo 25 de marzo en Italia para conmemorar el 60 aniversario de la firma del Tratado de Roma. Pero el elefante en la habitación es y será Donald Trump.
La cita en La Valeta es la primera desde la jura del nuevo presidente de EU en la que todos se van a ver las caras. Y como reconoce todo el mundo en Bruselas, las conversaciones no oficiales las va a monopolizar Trump.
Europa está aturdida, no tanto o no sólo por la elección, sino por el tono agresivo y nihilista de un presidente que critica abiertamente a sus amigos, cuelga el teléfono a sus socios más cercanos, celebra la ruptura de la Unión y se plantea elegir como enviado en Bruselas a un economista que compara a la UE con la URSS y ante el que el Parlamento Europeo se plantó esta misma semana.
No tiene derecho a veto ni capacidad de acción o influencia directa, pero el mensaje político de la Eurocámara es claro. Y mucho más contundente que el de la mayoría de los países y embajadores de Bruselas, totalmente opuestos a siquiera la idea de sugerir a Washington que busque un candidato mejor.