• Retrato de las madrugadas
Siempre tenemos la esperanza de que llegue un nuevo día, que amanezca luego de una noche plagada de presagios y temores cuando la enfermedad acecha, porque la mala salud cobra sus facturas casi siempre en la noche y madrugada; entendemos que con el sol la vida tiene que empezar a caminar de una manera normal con la maquinaria de la rutina como eje central de todo, la siempre despreciada rutina que sin embargo resulta ser lo más valioso cuando las piezas de la existencia se trastocan, se hacen bolas y terminan por espantarnos.
Este fin de semana quedará en la memoria de los que decidimos apostar hasta el último momento por la inocente idea de que habitamos un país inmune a la realidad del mundo, a sus enfermedades, a sus horrores, a su constante tendencia a consumirse a si mismo. Y por eso esperamos y volvimos a esperar a que surgiera un milagro, un hecho único y fortuito que de pronto creara un domo invisible que cubriera el territorio nacional y así protegernos, guarecernos, hacernos ajenos a lo que pase en el resto del planeta.
Hoy, sin embargo, somos los que duermen a retazos por la noche, y con absoluta frecuencia despertamos cada madrugada víctimas de una pesadilla en que no hay forma de regresar a la rutina de abrir los ojos, y esperar simplemente la posibilidad de enfrentar los retos del día con más aciertos que errores.
Por ningún lado se ve que podamos regresar a esa normalidad en que los sueños podían construirse en lapsos de lustros y décadas, porque nos guste o no nos descubrimos terriblemente vulnerables, simples y diminutas piezas de una realidad que puede prescindir de nosotros cuando así lo desee.
Sin embargo lo urgente es sobrevivir primero al miedo, luego a lo que pase en términos concretos, tangibles, porque pese a todo aún conservamos la idea de que estamos ante un invento que se construye cada hora, cada minuto, cada segundo, con nuestra participación consciente o inconsciente, pero participación.
Así que de ahora en adelante y hasta que termine este capítulo marcado con exactitud absoluta con fecha y hora, sería importante convocar para que justo a las cuatro de la mañana, no a las tres para desechar interpretaciones diabólicas que nunca faltan, cada uno de los que asumieron la vigilia apenas se reportó el primer caso, intente liberar espacio suficiente para que este tiempo camine con más prisa y deje los menos damnificados de la historia.
Esperamos por adelantado que amanezca y pase el mal sueño, y despertemos y por lo tanto empecemos a tener la seguridad de que todo puede volver a empezar, y por lo tanto es momento de olvidar.
Pero con toda seguridad no seremos los mismos antes que todo empezara, y con ello se entiende que la vida de pronto habrá cobrado una prisa inusitada, los relojes caminaran con tanta prisa que dejarán de servir para darnos la hora por la precisa y absoluta razón de que finalmente desapareció la certeza de que el año tiene 365 días, el mes con regularidad 30 y el día 24 horas.
Dejar de contar con la seguridad de que cumpliremos a la perfección el tiempo que nos fue asignado cambia la forma de ver la existencia humana, y surgirá con seguridad la tesis ya trillada y antigua de que la vida debe vivirse día a día, a toda prisa porque nada es seguro.
Sin embargo tarde o temprano el reloj caminará de nuevo a su paso, abriremos los ojos por la mañana para descubrir que de manera misteriosa igual que empezó, ya no despertamos sobresaltados a las cuatro de la mañana.
Porque de alguna forma la maquinaria siempre sabe autoregenerarse. Siempre.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.
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@JavierEPeralta