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RETRATOS HABLADOS

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Decíamos ayer

 Todos los seres humanos creemos con absoluta sinceridad que nos quedaremos de alguna forma como recuerdo eterno

              Después de todo somos los de antes aunque Neruda diga lo contrario. A estas alturas sobrevivientes porque no pasa una hora de plática sin descubrir que tres de cinco de las personas evocadas ya murieron, así que absurdo sería pensar que todo sería asunto de poner en marcha el motor desde la última vez que nos vimos. No, el tiempo cambia a todos y qué bueno, porque sería una lástima ser el mismo de hace años, igual de incapaz para levantarse de la mesa y decir hasta mañana, hasta pronto, hasta de aquí a muchos años. Somos otros cada vez que nos ausentamos y por muchas razones todos creen que será la definitiva, es decir que nunca regresaremos, es decir que la mejor forma de guardar algo del que se va es un recuerdo simple, sin mayor sentido, sin nada especial como no sea que a lo largo de buena parte de su vida llegaba puntual el día menos pensado y se iba igual de puntual.

                Todos los seres humanos creemos con absoluta sinceridad que nos quedaremos de alguna forma como recuerdo eterno en alguna parte de la ciudad donde empezamos a vivir a los 20 y tantos, y a los casi 60 descubrimos que no habíamos podido ir a ninguna otra parte, porque es sentencia de la vida humana quedarse donde menos lo pensaba el que se sorprende de quién sabe qué.

                Si Fray Luis de León regresó a clases quitado de la pena luego de ausencia de cinco años y despreocupado dijo “decíamos ayer”, es asunto que confirmamos es cierto, en cualquier cristiano sea o no destinado a la posteridad, porque solo en los círculos más pequeños donde pasamos la mayor parte del tiempo, no dirán nada si repetimos la frase. Para ese lugar, el único que de alguna forma nos extrañó, no habrá pasado un año o dos, simplemente unos días, a lo mejor unas horas y la historia volverá a caminar hasta que uno de los personajes de la historia desaparezca, esta vez para siempre.

                Cada quien tiene la oportunidad única de volver, de rehacer la vida, de no hacerlo, de volver a empezar de cero, de seguir el kilometraje hasta que la máquina reviente.

                Al final de cuenta no es asunto de que la humanidad desaparezca si uno lo hace. No. Somos simples piezas en un gigantesco rompecabezas que tenemos como obligación rescatar, darle dignidad y esperar nos perdone el atrevimiento de sobrevivirnos a nosotros mismos.

                Así que no somos clave alguna en el misterio de la vida y la muerte. Somos pieza simple, necesaria para que una que otra se ajuste en el mecanismo gigantesco, inconmensurable de la existencia.

                Y lo mejor es aceptar esa condición;  que nadie, pasados 20, 30, 40, 50 años quedará en la memoria de nadie. Por necesidad somos olvido, presencia hasta que la última persona que nos recuerde viva. Después no.

                Es bueno darse cuenta de todo lo anotado a tiempo.

                Es sano y vital para que la rueda siga en su tarea eterna de dar vueltas.

                Quiere decir que nadie se espante del que de pronto no aparece por ninguna parte. Que cada quien recuerde lo que pueda y quiera de la historia. La historia más importante es la que se olvida, la que se hace nada, la que se pulveriza en el día lleno de luz y hace ver polvo a cada rato.

                Sí, decíamos ayer, y todo sigue, todo continúa.

                Eso es bueno.

 

Mil gracias, hasta mañana.

 

jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico

@JavierEPeralta