• Anuncios luminosos
Son decenas las personas que de buena y mala intención me insisten que debo preparar las cajas necesarias para envolver todos los instrumentos que hacen posible la impresión de un periódico en papel, además de sumarme con enjundia a la jauría de las redes sociales para “estar al día” y de este modo entrar a la verdadera competencia del que lo dijo primero, pegó primero, denigró primero, calumnió primero y todo con la gracia que da la fugacidad del texto en un espacio que existe y no existe, pero que fundamentalmente es capaz de esfumarse con oprimir una simple tecla.
No lo voy a hacer y pueden achacarlo a la necedad que provoca el paso del tiempo, es decir la edad; y tampoco voy a vaciar el librero donde guardo los libros que me permitieron vivir las vidas ajenas que añoraba o los que todavía esperan pacientes a que deje para siempre la tarea inútil de pasar horas y horas en el twitter, el face y últimamente el instagram.
Porque sin duda he perdido años de mi vida en una vigilia eterna, en espera de que alguien agregue algo, lo que sea, a sus redes sociales y de este modo tener lo más nuevo de lo nuevo acerca de tal persona, siempre con el funesto resultado de que no conozco, no reconozco a nadie, porque en esta obsesión de lo efímero empezamos a terminar por ser más y más desconocidos.
Alguien me dirá seguramente que lo mismo pasó con aquellos que se negaban a usar el teclado de una computadora, y peleaban con inusual rabia por escribir en su Olympia mecánica, pero que a la vuelta de la esquina comprendieron que eso era un absurdo, además de atrasar la edición del periódico, al obligar a que una capturista pasara su texto al Word del office.
Sin embargo quiero pensar que una cosa es agilizar un proceso, y otra cambiar totalmente el producto que se obtiene. Es decir que la tendencia a informarnos cada vez más con el menor esfuerzo, tarde o temprano será la misma clave para el que descubre un día cualquiera que los anuncios luminosos de la avenida no son más que eso: anuncios luminosos, cuyo único objetivo es golpearnos el rostro para atrapar nuestra atención, nunca para darnos una información profunda del asunto.
Estamos en la era de los “anuncios luminosos” y también de la adoración a las lucesitas que estallan en el cielo, con la seguridad de que leemos, aunque la realidad es que no lo hacemos, que día a día desembocamos en un analfabetismo funcional cada vez más patético, pero que deriva en que el consumidor camine casi hipnotizado rumbo al despeñadero de la ignorancia.
Por eso no creo ni puedo creer en los que apuestan su propia vida al reinado de los portales electrónicos, una vez que se cierre la última de las rotativas en el mundo, y de pronto tengamos por obligación abrir una y otra vez el celular para ver miles, millones de actualizaciones sobre un hecho, además de unirnos a otro número similar de grupos en whats para acabar con la sorpresa que daba no saber absolutamente nada de nada sobre un amigo o amiga de la escuela, y terminar por aburrirnos de los mismos comentarios, recomendaciones y oraciones para un buen morir, que a esta edad suele ocurrir sin aviso alguno.
Sé que la realidad avanza a pasos agigantados, y que de pronto es Marajá del periodismo aquél que suma miles y miles de seguidores en su cuenta, no porque escriba bien cuando menos, o nos cuente historias del simple ser humano que somos todos, sino porque de pronto es el más sanguinario de los que, -y son muchos-, hacen de correo público y nada privado, entre los hombres de poder que se pegan, se escupen y se de agarran del pescuezo con intenciones criminales.
Algo me dice que seguramente pasados pocos años esta modernidad de la información que no entienda y que nunca entenderé, serán sepultados los sueños de quienes tuvimos la certeza de que la letra impresa garantizaba que sobreviviríamos al olvido.
Mil gracias, hasta mañana.
jeperalta@plazajuarez.mx/historico/historico
@JavierEPeralta
CITA:
Sé que la realidad avanza a pasos agigantados, y que de pronto es Marajá del periodismo aquél que suma miles y miles de seguidores en su cuenta, no porque escriba bien cuando menos, o nos cuente historias del simple ser humano que somos todos, sino porque de pronto es el más sanguinario de los que, -y son muchos-, hacen de correo público y nada privado, entre los hombres de poder que se pegan, se escupen y se de agarran del pescuezo con intenciones criminales.