* La vida que se va
Fidel Castro, el Che Guevara, fueron para los que rebasamos los 50 años y nos acercamos sin miramientos a la tercera edad, la encarnación de nuestros ideales, porque jurábamos que ser realistas era soñar lo imposible.
Decidimos por eso perdonar todo y generar todos los argumentos posibles, para convencer y convencernos que la Revolución Cubana, había triunfado incluso pese al brutal bloqueo decretado por un presidente estadunidense al que también perdonamos todo, lo que incluía que atentara contra nuestros sueños. Me refiero, por supuesto, a Kenedy.
Más de uno soñamos con remontarnos a la Sierra, a la Huasteca, para imitar aquellos barbudos que se atrevieron a dar el paso de las intenciones a la acción.
Ver cómo una pequeña nació echaba a patadas de de su territorio al imperialismo, nos ilusionaba, y traíamos al presente a nuestro Pancho Villa y Emiliano Zapata, porque éstos habían sido inspiración de los que ahora hacían realidad los sueños más grandes de cualquier joven.
Eran, lo sé, otros tiempos, en los que teníamos como obligación moral con la vida impulsar un cambio, y los dos barbudos se convirtieron por lo tanto en guía y ejemplo a seguir.
El Che murió a tiempo y se convirtió en el mito más hermoso de nuestros sueños. Dejó de ser mortal para convertirse en el referente de la lucha limpia, casi evangélica de quien no duda en dar su vida por la de otros.
Probablemente, de haber abrazado el poder, el recuerdo que de él tenemos sería otro, menos cercano al fervor religioso que despierta.
Debía morir para equilibrar el juicio que ahora mismo se hace a la memoria de Fidel.
Fidel se quedó en Cuba. Tenía que llevar a sus últimas consecuencias el movimiento que había iniciado, porque necesariamente una Revolución que se queda en el limbo de la palabra no sirve.
Fidel murió. Las personas mueren, los mitos como el Che no.
Cada cual tendrá su juicio de lo que acabó en convertirse Cuba. Algunos pondrán en la balanza los avances alcanzados en educación y salud, contra una condición dramática de la inmensa mayoría de su población en lo económico.
Sé que la razón asiste a quien ha vivido lo bueno y lo malo del régimen Castrista.
A mí, que admiré de corazón el valor de los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra, me resulta imposible emitir un juicio ajeno a este sentimiento.
Fue el tiempo en que soñar era una tarea vital, porque sin sueños vale poco la existencia.
Fidel tenía por obligación quedarse y hacer de la Revolución una realidad. Si el tiempo consumió las buenas intenciones, si confirmó la teoría de que todo se concretó al encumbramiento de una nueva clase caciquil, quiero pensar que no.
Como quiera se va un personaje vital del mundo ideal en el que creí, que idealicé, que admiré, que le dio sentido a mi juventud.
Algo de nueva cuenta se pierde en el corazón, el necio corazón que ve como cae, pedazo a pedazo, la realidad mágica de su juventud.
Mil gracias, hast mañana.
CITA:
Algo de nueva cuenta se pierde en el corazón, el necio corazón que ve como cae, pedazo a pedazo, la realidad mágica de su juventud.