* Morir en Francia
Podemos cerrar los ojos y pensar que todo está bien, que las muertes absurdas que se acumulan en nuestro país y el mundo deben verse en una perspectiva que arroje una explicación en que pueda justificarse el asesinato, porque atrás del mismo priva una historia de injusticia.
Sin embargo sabemos que no es así que nos espanta lo que aconteció en Niza, Francia, igual que la ola de crímenes que no para en México desde que un desquiciado mental, cuya esposa ahora quiere ser candidata presidencial panista, decidió que podría justificar su vida a partir de arrancar una guerra sin sentido.
Está claro que desde hace mucho tiempo que perdimos el asombro porque una multitud muera a manos de gobiernos, narcotraficantes, fanáticos religiosos y políticos. Algún tiempo nos cimbraba de pies a cabeza, porque estábamos ciertos que sin saber a ciencia cierta lo que pasa ya de difunto, resultaba obligatorio el miedo.
Resulta que gracias a una sobre comunicación falsa que manejan como espejismo las redes sociales, de pronto ver a cada rato videos de personas que son asesinadas, cercenadas, mutiladas, nos canceló toda capacidad de asombro, de espanto, y por momentos nos convirtió en seguidores asiduos de canales donde mirar sangre a diestra y siniestra era divertido.
Dejamos de temerle a la muerte un día cualquiera que pusimos una palomita de aprobación a la detallada videograbación de una mujer molida a golpes, un niño, un anciano. “Me gusta”, colocamos en el recuadro correspondiente y poco nos preocupó que alguien mal interpretara esa aprobación pública que hicimos.
El espectáculo en que un ser humano deja de respirar y es abrazado por la mujer de huesos y calavera resultó todo un éxito, una atracción soñada para muchos, pero sin otro interés que ver cómo exhalaba el último aliento para quedar en calidad de cadáver.
Por eso lo de Niza registrado el día de ayer empieza a ser historia repetitiva, con todo y que sea Francia el país atacado. Lo mismo sucede en las tierra de los que seguramente resultarán responsables del ataque, lo mismo en las naciones explotadas que las explotadoras. La nula capacidad de asombro es lo que debiera preocuparnos.
Porque no temerle a la muerte es menospreciar la vida. Y vida solo hay una como decían los viejos, de tal modo que no cuidarla es condenarnos a la nada absoluta, la que cancela toda razón al cúmulo de valores que decimos crear a falta de una guía verdadera llegada del cielo.
Sin embargo aún es tiempo para volver a pensar que la muerte es el último de los aspectos serios de la existencia humana, que podemos convertir en algo frívolo e intrascendente.
Amar la vida no es amar el fin de la misma, tampoco odiar ese instante pero sí respetar por lo menos. La existencia humana adquiere su justo valor porque es temporal y por lo tanto un día se acabará, pero no a la manera de lo que observamos en los últimos años.
Algunos, con todo esto de los atentados, podría pregonar que hay más de una prueba de que no hay espacio para el amor, y que quien lo pregone debe ser condenado a la hoguera.
No es así. No debe ser así.
Niza y tantas otras poblaciones, son la muestra de que pese a todo, el profundo y sentido del amor por otra persona es la única vía a la salvación, cuando menos la nuestra. Y salvarse es darle sentido de eternidad a los que a cada rato se van de manera violenta, es decir sin sabe el qué, el cómo o el porqué.
No hay otro camino.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.