¡Por unos minutos!
¡Por unos minutos, por un simple par de minutos!- replicaba el hombre bonachón, ensimismado, cansado de la cruz que carga sobre la espalda, mientras trata de recordar cómo era su vida, cómo pasaba un día con su familia.
Pensaba en una cama cálida, variedad y cantidad de alimentos, si eran antojitos mucho mejor; ropa limpia y con estilo, al menos para él; salidas de recreación o tardes de película; y las agradables pláticas.
Mientras recreaba alguno de sus días, por unos momentos su permanencia en este lugar sombrío parecía iluminarse con una estela de esperanza, pero al concluir sus memorias su mente lo regresa a la jornada laboral en la que por ahorrar un par de minutos, su existencia cambió de forma drástica.
Conforme pasaba el tiempo, buscaba miles de maneras de haber evitado el suceso, esperando que por arte de magia regresara a ese día y evitara cometer la serie de fallas que finalmente ocasionaran la fatalidad.
Sabía que era merecedor de culpa, pero después de cientos de atardeceres la culpa se convirtió en rencor y odio hacia compañeros de trabajo para aligerar su carga de conciencia, repitiendo constantemente – ¡Malditas viejas, malditos minutos, maldito trabajo!
Su mente colmada de pensamientos y sentimientos comenzó a reflejarse una apariencia física desmejorada, mientras que su salud mental era cada vez más escuálida y quebradiza, casi sin rasgos de raciocinio.
Finalmente la salvación llamó a su celda, como si fuera un capítulo de serie de narcos el custodio gritó – ¡Ramiro Hernández, a la reja con todo y chivas! – y en un santiamén el juicio regresó a su cabeza y la esperanza de una nueva vida iluminó su recorrido por los pasillos de aquel Centro de Readaptación Social hasta llegar a la puerta final que lo reingresa a la libertad.
Como su liberación fue sin aviso, ningún familiar lo esperaba en la puerta pero eso no opacó la alegría de estar libre y ver a su esposa e hijos. Hizo la parada a la unidad de transporte público que pasaba y curiosamente era la ruta en la que hace diez años trabajaba.
Mientras avanzaba y observaba el paso del tiempo reflejado en nuevas edificaciones, carreteras rehabilitadas y comercios de reciente creación, no podía contener la angustia de llegar a su casa y abrazar a su familia.
Sin embargo comenzó a notar que la velocidad incrementaba y a pesar de las quejas de los usuarios, el conductor parecía no escuchar, minutos después el encuentro fue inevitable; le quedaban dos minutos para llegar a checar a tiempo, estaba a un semáforo del checador, se pasó el alto y un autobús lo impactó a un costado.
Cuando recobró el reconocimiento, Ramiro Hernández estaba tirado, junto con otros pasajeros que milagrosamente salvaron su vida y sólo presentaban algunos raspones o torceduras, mientras que él no conseguía mover las piernas. Al querer manifestar su enojo con el conductor, recordó que por esos dos minutos, hace diez años él también se accidentó causando la muerte de una persona, lo que culminó en su condena de 10 años en el reclusorio.