La Golpiza
Llegó muy arregladita a la celebración, todos los asistentes, sin distingo de edad; bebés, niños, jóvenes, adultos y también adultos mayores volteaban a verla, seguían su paso con la mirada, mientras observaban cada uno de los detalles que incluía su vestimenta.
Era alta, con el peso perfecto, cabellera larga y con apariencia de fragilidad, tez con un color parecido al piñón, cejas y pestañas perfectamente marcadas en negro azabache, labios completamente rojos; Lucía un vestido corte princesa, entallado y con un largo hasta los tobillos, en un tono rosa mexicano, que centelleaba luz, sin embargo, no caía en lo vulgar o grotesco.
Las miradas seguían sobre esta figura, que se perdió en una de las habitaciones, para esperar el miembro indicado para su presentación, para salir y deleitar al público, ese era su motivo principal, pero también su fin. Después de una hora escondida, su turno había llegado.
Pasaron una cuerda por una argolla que mostraba en la parte superior de su cabeza; las dos puntas de la soga fueron atadas a un par de postes para que quedara suspendida, en otra vida bien pudo ser trapecista, y después de tambalearla, comenzaron a golpearla salvajemente con un bate de béisbol, pero no se quejaba, por el contrario lanzaba magia endulzada, hasta que el último golpe la partió en dos.
Sus últimos recuerdos y sonidos fueron ¡Dale, dale, dale! ¡No pierdas el tino! Y ahora descansa en un contenedor de basura, después de haber cumplido su propósito.