“La palabras del Derecho siguen teniendo
entre nosotros un alto ingrediente mágico
que las hace misteriosas, distantes, peligrosas.
Lejos de infundir seguridad, las palabras de la ley
producen sobresalto”.
Diego Valadés.
En el número 210 de la revista El Mundo del Abogado, correspondiente a octubre del presente año, el reconocido intelectual y jurista hidalguense, Don Raúl Arroyo González, publicó un interesante artículo, bajo el título El Nuevo Lenguaje de la Abogacía. Utiliza como soporte argumentativo al nuevo sistema de justicia penal, el cual se caracteriza por la oralidad en el proceso. “el lenguaje jurídico (dice el autor), inentendible para una población mayoritariamente ajena a su significado y, más todavía, reacia a su compresión, en tanto significa una situación de conflicto…” y vuelve a citar a Diego Valadés con la siguiente frase “Los abogados mexicanos han quedado atrapados entre quienes no los atienden y quienes no los entienden”.
De manera coloquial abordamos el tema en diferentes ocasiones. Ahora, él lo trata en un artículo con abundantes citas bibliográficas que dan testimonio de una investigación seria y acuciosa.
Aunque el objetivo del texto en comento se circunscribe básicamente al ámbito jurídico, provoca una serie de reflexiones referentes al uso del idioma, hablado, escrito o mímico en otros sectores de la cultura. Así, por ejemplo, fue proverbial antes de las computadoras (aunque aún no desaparece del todo) la expresión popular “letra de doctor”, para designar caracteres imposibles de leer, en alusión a que los médicos expedían sus recetas de tal manera que sólo ellos, los farmacéuticos y Dios podían descifrar una escritura amorfa y carente de sentido para los profanos. Tal hermetismo se hacía de manera intencional para mantener en secreto los nombres, de por sí complicados de los medicamentos.
Humberto Roque Villanueva se hizo famoso por una fotografía que lo pilló al hacer un ademán aparentemente obsceno en el momento de aprobar el aumento del diez al quince por ciento en el Impuesto al Valor Agregado (IVA), cuando coordinaba la Gran Comisión de la Cámara de Diputados en la LVI Legislatura. Quienes tenemos la fortuna de conocerlo sabemos que sería incapaz de una expresión de tan baja ralea. Tiempo después al presentar un libro sobre el tema desmintió expresamente, la intención de la fotografía y la autenticidad del momento en que se tomó. En conclusión: los economistas, son confusos no sólo en el lenguaje oral, sino también en el mímico.
Hasta hace relativamente poco tiempo, la iglesia católica ordenaba a sus sacerdotes, que las misas se oficiaran en latín, obviamente con afán de preservar la esencia de lo místico. Cerca de la masa, pero lejos de su comprensión.
En este orden ideas, prácticamente en todas las actividades del saber (científicas, artísticas, religiosas, filosóficas…) se maneja un argot exclusivo para miembros de su cofradía. La terminología que utilizan los especialistas es prácticamente intraducible; llena de arcaísmos y neologismos.
Personalmente considero el campo del Derecho como de interés social. En él puede radicar el patrimonio, la libertad, la seguridad y aún la vida del individuo y de su familia. Éticamente no se justifica la oscuridad en su ejercicio lingüístico. Cuando un ciudadano común recibe una notificación judicial, se llena de temores, básicamente porque no logra descifrar integralmente su esotérico contenido.
En este espacio, alguna vez nos referimos al libro Palabras Moribundas de Pilar Ga Mouton y Alex Grijelmo (también citado por Arroyo) en el cual se comentan viejos y nuevos términos en los diccionarios tradicionales. Hasta hace poco, varios de los segundos se rechazaban por impropios o soeces, hoy no sólo se aceptan sino que están de moda principalmente entre los jóvenes, “quienes consideran natural hablar así”.
“Por otra parte, la globalidad obliga al empleo de vocablos ajenos a la lengua nacional sin que ese uso signifique atentar contra aquélla, particularmente en las jergas económica y tecnológica. El lenguaje en las redes no sólo es procaz, sino que llega a ser inentendible para quienes no sean sus usuarios…”.
Es el documento Lenguaje Ciudadano, un manual para quien escribe dentro del Poder Ejecutivo Federal, cuya edición se atribuye a la Secretaría de la Función Pública, escrito con buena intención en este sentido.
La palabra “matrimonio” para designar el contrato entre personas del mismo sexo, dice el jurista, pudo sustituirse por otra de similar connotación pero de menor impacto en las buenas conciencias.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió que la libertad de expresión no puede incluir palabras homófobas, por arraigadas que estén en el habla cotidiana, como “maricón”, “puñal” y otras que “incitan al odio”. Desde luego la aristocrática cultura del futbol, desacata la disposición con refinada expresión coral.
Giovanni Sartori, en La carrera hacia ningún lugar, trata el tema, refiriéndose a las que llama “palabras concretas” y “palabras abstractas”.
Don Raúl pone el dedo en la llaga con esta propuesta que puede dar origen a una “reingeniería” del lenguaje en juzgados y tribunales, no sólo en materia penal sino en todas las ramas del Derecho.
Termino con la siguiente cita de David McCullough: “Escribir es pensar. Escribir bien es pensar claramente. Por eso es tan difícil”.
Noviembre, 2016.