- Hay que ponerse en lo peor, y los aliados deben prepararse para un EU menos amistoso si gana
Hay dos clases de preparativos para lo peor que los aliados y amigos de EU pueden y deben hacer. Una es hacerse más fuertes para mejorar su capacidad de enfrentarse a los hostigamientos. La otra es apoyarse mutuamente, previendo que lo de “EU primero” provoque una ruptura de las viejas alianzas y del orden internacional liberal predominante desde los años cuarenta.
Amigos y aliados de Estados Unidos observan con estupor la perspectiva casi segura de que la elección presidencial de noviembre sea una competencia entre Hillary Clinton y Donald Trump. Pero con la ansiedad no se gana nada. Hay que esperar lo mejor y empezar a prepararse para lo peor.
El hecho central de esta elección de 2016 no es que un magnate inmobiliario y estrella de los reality shows, que nunca fue elegido para cargo alguno, de repente se haya convertido en el candidato más probable por el Partido Republicano, sino la enorme diferencia que supondría una victoria de Trump para el resto del mundo, en comparación con una de Clinton.
En toda elección presidencial de EU de tiempos modernos, amigos y aliados de EU han tenido, en privado, sus preferencias. Pero nunca antes los candidatos habían sido tan distintos como el agua y el aceite. Entre Reagan y Carter, entre Clinton y Bush, entre Bush y Gore, entre Obama y McCain no había un abismo insalvable. Entre Trump y Clinton sí lo hay.
Para el mundo, Clinton representa la continuidad y Trump cambios drásticos. No hay modo de saber cuán drásticos, pero en el caso de Trump no es posible confiar en el supuesto normal de que durante las primarias los candidatos buscan congraciarse con su núcleo duro de partidarios, pero después viran al centro para la elección general. La suya es una candidatura anormal.
Por eso tiene sentido prepararse. El 27 de abril Trump confirmó en su discurso sobre política exterior ante el Centro para el Interés Nacional de EU en Washington que “Estados Unidos primero” sería el tema dominante de su Gobierno. Está decidido a rechazar acuerdos de comercio e instituciones multilaterales, adoptar una línea más dura respecto de la inmigración ilegal y modificar el esquema de alianzas de seguridad y defensa de su país.
Trump declaró en ese discurso que quiere que Estados Unidos sea “predeciblemente impredecible”, pero también aclaró que no abandonará su posición básica. Los aliados tendrán que pagar más a cambio de su defensa. Y pueden esperar duras medidas de su Gobierno si mantuvieran por mucho tiempo un gran superávit comercial bilateral con EU. Los tratados regionales, como el NAFTA (Estados Unidos, México y Canadá), son un “desastre total”: han atado las manos de EU. Así que cabe suponer que Trump los derogará.