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¿Por qué amamos a los gatos?

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¿Por qué amamos a los gatos?

Letras y Memorias 

Uno debe querer a los gatos como se quiere a los Dioses: sin pretender entender ni descifrar el enigma de sus místicas miradas, mucho menos domando su naturaleza cambiante; se les quiere así nomás, así porque aceptamos que un día llegaran a nuestra vida como fulminante rayo, sus huellas se plasmaran en nuestras raíces y pisadas.

Al gato uno debe abrirle los brazos para que en el momento en que su voluntad santa lo disponga, se acurruquen en ellos o, si no, elijan permanecer aislados mirando por la ventana aquello que sólo ellos pueden apreciar de este mundo tan volátil y efímero. 

Se le quiere con todo y esos arranques de ira que les genera una luz parpadeante en las paredes; se les quiere durmiendo hasta mediodía y dando saltos por la madrugada humana, porque así es como los felinos aprecian el tiempo; a ellos no los rigen las horas ni los sueños, mucho menos las órdenes absurdas y las gratificaciones… ellos son así, independientes y autónomos como quien nació en la libertad de una vida que presenta cadenas para el resto, pero no para sus bigotes o colas peludas.

A un gato se le quiere con la plena idea de que, en cualquier instante, nos verá postrados en una silla y dará por hecho que somos el trono terrenal en donde las pleitesías tienen lugar para pagarle todo lo que hacen por nosotros, sin que realmente hagan algo o muevan una garra.

Al gato uno le perdona el maullido exigente cuando clama por su alimento, porque esa órden dada, se compensa con el reparo de su ronroneo cuando el pecho está partido en pedazos y la mente se encuentra hueca y sin respuestas; al gato uno le da todo y aunque éste no parezca brindar mucho, su mera presencia nos devuelve el doble de ese “todo”. 

Un gato podrá sacarnos de quicio cuando rompe las macetas, los pequeños adornos de los muebles o desgarra los sillones, pero si uno cuenta con la dicha de tener tales obras en el día a día, debemos sabernos bendecidos por dicha cortesía, porque en su peculiar mente, ellos saben bien que no sólo han derrumbado a débiles oponentes, sino que el palacio al que llamamos “casa”, ahora está seguro y libre de entes que nos hieren.

Uno ama a los gatos porque muy en el fondo, añoramos ser como ellos, desearíamos imitar sus eternos momentos de descanso y vernos divinos ante la atónita mirada de terceros. Uno ama a los gatos porque su decisión de acompañarnos rebasa sus ganas de ser venerados.

A un gato se le ama por las heridas que dejan su garritas o los afilados dientes en la piel, y tales heridas son mapas que nos llevan hacia un puerto que antes de la llegada del minino, resultaba desconocido para nuestros pies. 

A los gatos los amamos porque nos enseñan que se puede ser sin pretender. Nos muestran que los afectos son legítimos y no los condiciona ningún regalo ostentoso, pues les basta con cajas interdimensionales para reposar la ardua labor que cargan: iluminar hasta el punto más oscuro con la dicha de sus inalcanzables almas.

Entonces, resulta que amamos a los gatos, porque su esencia es la de aquello que no tiene explicación o razón de ser, pero existe porque alguna clase de ser bondadoso dio por hecho que en la soledad nuestra, hacía falta un compañero que nos dejara pelos y amor por doquier.

¡Hasta el próximo jueves!

Postdata: Yo amo a mi gato, porque me enseñó a amar y amarme cuando las cosas no iban bien.

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